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        OFRENDA A ESPAÑA

                      I

Vengo desde la América española,
a ofrendar este libro, en que se siente
latir un corazón. Tal vez la ola
que me trajo hasta aquí gallardamente,
puso a Colón sobre la playa sola
también del ignorado Continente;
mas no en pausada y colonial galera
metálico tributo es el que envía
la indiana joven a la madre ibera,
sino en la de vapor, nave que un día
de ese mundo zarpó la vez primera,
es en la que, en vibrante poesía,
le ofrece el culto de su vida entera:
sus ídolos de ayer; la fe que abraza;
todas las ambiciones y desmayos
de la herencia latina en esa raza,
que el sol broncea con voraces rayos;
la vieja majestad de dos Imperios
indígenas; los épicos clamores,
resonanles en ambos hemisferios,
con que pasando van Conquistadores;
el desfile de líricos Virreyes,
llenos de hidalga brillantez y pompa;
la libertad de las criollas greyes,
digna de los elogios de la trompa,
ya que en ese fragor la sangre ibérica
lucha contra sí misma. Así la América,
pulsando, al pie de su nativa palma,
la castellana cítara armoniosa,
le ofrece un libro; y, entre el libro, el alma
prisionera como una mariposa.

                      II

¿Que título mejor en aquel día
en que el gran don Quijote alce la frente,
para mirar el astro sin poniente
de las Españas cuando Dios quería?
El abrirá su pecho alborozado,
al saber que el Amor en el Presente
hace más que la Fuerza en el Pasado;
el mirará a sus pies la vida entera
con que vive en las Indias esa gente,
¡que se hizo libre, pero no extranjera!

                      III

¡Cuál crece en don Quijote la figura
del que fantasmas al redor divisa!
Epopeya de escarnio y de ternura,
que es como el Evangelio de la Risa...
¡Ay! Para qué soñar? Los corazones
no han, cuando sueñan, venturosa palma:
es fuerte quien no vive de ilusiones,
quien no siente molinos en el alma;
pero ¿grande? Eso no.
                                          Tú sí eres grande,
España romancesca y luminosa:
tú eres la Fe que el corazón expande;
tú, la Esperanza que en la Fe reposa;
y tú, la Caridad que por doquiera
va prodigando su alma generosa.
Grande fue tu ideal, grande tu ensueño:
tan grande fuiste en la Cristiana Era,
que el mundo antiguo resultó pequeño
y para ti se completó la Esfera.

                      IV

¿Y de quién fue la gloria que el demente
logró en su excelsitud? ¡Oh gloria extraña
la de aquel triunfo sobre el mar rugiente!...
Colón puso el delirio de su mente;
pero la realidad... la puso España.
América surgió de la energía
y del ensueño, de la unión austera
de una mujer y un hombre, a la manera
de la cristiana redención un día;
porque no hay obra de inmortal renombre,
capaz de redimir la vida humana,
que, en consorcio ideal, no haya nacido
del cerebro de un hombre
al corazón de una mujer unido...

                      V

Y así América dice :

—¡Oh madre España!
Toma mi vida entera;
que yo te he dado el Sol de mi montaña
y tú me has dado el Sol de tu bandera.
Hay en mis venas el arranque hispano;
y no es hispano el que el amor concluya:
¡tuya fui, tuya soy!—

No piensa en vano;
que hasta la lengua en que lo dice es tuya.

No en vano aún la lengua castellana
presta la pompa de su augusto traje,
para cubrir la desnudez indiana...
No en vano el ardoroso Continente
refresca, así, su espíritu salvaje,
en esta lengua, pura y transparente
como aquella agua en que las reinas moras
refrescaban sus carnes pecadoras...

                      VI

Por eso, España, la gloriosa viuda
que de heráldico orgullo se reviste,
tendrá un consuelo cuando sienta duda:
saber que un mundo con amor la asiste
y con su propia lengua la saluda.

—¡Oh madre España! Toma —este es mi orgullo
la selva virgen y la escarpa ruda;
el turpial, que te atrae con su ruego;
el palmar, que te envuelve con su arrullo;
y hasta el Sol, que te excita con su fuego...

Toma la pampa de verdor luciente;
el lago en que la brisa se refresca;
la de los Andes cordillera ingente,
que contrae la faz del Continente
cual si fuese una arruga gigantesca...

                      VII

En las nevadas crestas de los Andes,
bajo un golpe de Sol, el agua brota
y palmotea entre peñascos grandes
como una carcajada que rebota;
y, en su carrera, sórdidos tumultos
suele arrastrar de piedras y de Iodo,
a la manera del que arrastra insultos,
pero que marcha en triunfo sobre todo:
se hunde luego debajo de las rocas
y se filtra en cascadas transparentes;
y, sin Iodo otra vez, llena las bocas
de los abismos e improvisa fuentes.
El agua, así, que de la andina altura
descendió por las ásperas pendientes,
cuanto más se ha golpeado está más pura.

¡No te importen a ti, madre de un mundo,
los golpes que te des!...
                                              En su caída
arrastra fango el manantial fecundo,
pero acaba por ser pureza y vida.
Y así en el ¡ay! de tus dolores grandes,
piensa que toda raza, en su aventura,
como el agua que brota de los Andes,
cuanto más se ha golpeado está más pura...

                      VIII

Tal la musa hacia ti se vuelve toda;
y, al ofrendarte el libro de su alma,
rejuvenece la vetusta Oda.
Antes que el numen tropicaI la excite
y pulse, al pie de su nativa palma,
la castellana cítara, repite:
—¡Oh madre España! Acógeme en tus brazos
y, al compás de mi cántico sonoro,
renueva el nudo de los viejos lazos;
que un anillo de oro hecho pedazos
ya no es anillo... ¡pero siempre es oro!

autógrafo

José Santos Chocano


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