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        CRÓNICA ALFONSINA

A Ramón del Valle Inclán

Fue en el mar que separa la América de Europa,
una noche.
                      Las nubes encrespaban su tropa,
el viento inflaba el grito de su clarín sonoro
y arrastraban los rayos sus espuelas de oro.

Se encontraron dios barcas: nnientras que una iba,
otra tornaba.
                        (Sólo Dios las ve desde arriba).
En el silencio de esa soledad y esa calma,
propias de los momentos decisivos del alma,

resonó entre las brumas la nota mortecina
de una bocina... y luego respondió otra bocina.
Y fuéronse las barcas acercando.
                                                          Y el cielo,
como una virgen loca que rasgase su velo,

se hacía mil jirones. El mar, cual cabellera
de un filósofo anciano de la Clásica Era,
sacudía los bucles de sus olas. El viento
devoraba las leguas como el Ogro del cuento...

Se unieron las dos barcas. Y eran iguales. Una,
por mascarón de proa, tenía la fortuna
de ostentar la cabeza de un gran león de oro;
y la otra un castillo labrado en plata. El coro

de las olas cantaba, con fantástico empeño,
al León de la fuerza y al Castillo del sueño...
Ambas tripulaciones se hablaron con la propia
lengua de España. ¡Oh lengua del País de la Utopía!

En una barca iba de viaje Dulcinea
al Nuevo Mundo: estaba grave como una Idea,
triste como un Ensueño, muda como un Encanto
y toda arrebujada dentro su propio manto.

En la otra, venía Jimena haciendo viaje
de regreso: en sus plantas el carcaj de un salvaje,
en su espalda el adorno de vicuña más rico
y en su diestra las plumas del más raro abanico...

Y se hablaron.
                            —Amiga: yo camino a las tierras
que nuestros ascendientes, en fabulosas guerras,
empaparon de sangre. Llevó a ellas la pura
ilusión, la fe dulce, la divina locura,

todo cuanto es Ensueño, todo cuanto es Encanto,
todo cuanto es Idea; todo, sí, todo cuanto
puede dar a esas gentes nuestra más bella gala,
para que se defiendan del Puño con el Ala...

—Amiga: yo hacia España regreso, porque ahora
parece que hace en ella su insinuación la aurora
y le es precisa el alma de grandes decisiones:
espumas de corceles, melenas de leones,

radiantes armaduras, heráldicas proezas,
espadas que se cansen de cercenar cabezas;
todo un ardor de lucha, toda una santa ira,
en cetro, crucifijo, tizona, yunque v lira—.

Don Quijote, que estaba sin decir una sola
palabra, ya no pudo; y habló: —Tú eres la ola
que de América viene. Tú empujasle el navío
de Colón a esas playas. Tu corazón y el mío

se completan, señora. —Don Rodrigo, que mudo
miraba persignarse los rayos, ya no pudo
tampoco; y habló y dijo: —Dulcinea, señora,
saltar dame a tu barca. Yo bendigo la hora

en que de oír tus frases alcancé la fortuna.
Yo tengo el alma llena de Sol... y tú de Luna—.
Después... la paz. Las olas se adormecen tranquilas,
cien puñados de estrellas dilatan sus pupilas;

y, de astro en astro, entre una nube que la recata,
la Luna va pasando su bandeja de plata...
En una barca vuelan a España Don Quijote
y Jimena; en la otra desafía el azote

del viento, Don Rodrigo que va con Dulcinea
al Nuevo Continente.
                                    ¡Maravillosa idea,
que al través de dos mundos y cuatro siglos crece!
(Crónica del Reinado de Don Alfonso XIII).

autógrafo

José Santos Chocano


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