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        EL CANTO DEL PORVENIR
      (PALABRAS INTERNACIONALES)

En un lejano día, se incorporó Balboa;
y vio su mar.
                        Corlado por la mitad el boa
de los Andes, entonces, ya el Canal era hecho.
Magallanes lloraba: ¡cuán inútil su estrecho!

En el mar de Balboa, la gran Isla del Oro,
el País de Zipango, resaltaba en el foro,
como un protagonista que inesperado llega
en la mitad de un acto de una gran farsa griega.

Japón, que atrajo un tiempo toda la audaz codicia
de las velas hinchadas al viento de Fenicia,
era el clásico centro de la amarilla raza,
que veía a los blancos con ojos de amenaza;
y levantaba el puño, cual diciendo al Destino:
—¡O los demás me lo abren, o me abro yo camino!
Era el caso que Rusia, que en sus pieles de oso
durmió, sobre los hielos, en secular reposo,
se doblegó vencida; y, aunque supo a millones
malgastar en la guerra rublos y corazones,
cayó bajo el Imperio que en su pendón flotante
luce el ensangrentado disco del Sol Levante.

Pero ¿es verdad? ¡oh Pueblos! Rusia no fue vencida.
Japón, breve y punzante, le atormentó la vida,
como un moscón que llena la noche de un enfermo
o un alfiler que araña la piel de un paquidermo.

Entonces, sabiamente, la Yankilandia vino;
y, cual si fuese enviada por Dios a tal destino,
suspendió los aceros de entrambos combatientes
y sonrió... mostrando triple fila de dientes.

La Paz fue. No era bueno para el País del Norte
el triunfo decisivo de la amarilla Corte,
ni menos el temible dominio de los Czares
en tan ansiadas tierras y codiciados mares.

Así, en la Paz, vencieron los Estados Unidos;
y certeros, astutos, ágiles, prevenidos,
trepanaron las tierras, cercenaron los Andes,
unieron dos océanos... y se sintieron grandes.

Los Estados Unidos con su mano de atleta
realizaron, entonces, la visión del poeta;
y midieron con rieles las inéditas zonas
que hay de Paita a una margen del paterno Amazonas.

El gran Río, ese Río que fue un tiempo el Dorado,
más que el Ganjes fecundo, más que el Nilo sagrado,
se hizo en rápidos días capital de un emporio,
donde fue carne viva lo que es sueño ilusorio;
y, ganando al futuro las más épicas palmas,
en sus bosques rozados, levantó bosques de almas...
Quiso el clima do aquellas tropicales regiones,
que latinos llegaran en audaces legiones;
y fundieran su raza con la raza que habría
replegádose al Norte, porque es rubia y es fría.
A manera que, hace años, el Transvaal, esa raza
que nació en el gran Río, fue una nueva amenaza
para aquella del Norte, que, ya viéndose en ruina,
acabó en tres combates con la raza latina...
¡Oh! la raza latina quedó siempre en las zonas
de esa unión de dos razas que fundiera Amazonas;

y se impuso su sangre sobre el doble concierto,
como planta que brota de la tumba de un muerto...
—¡Libertad! —dijo a voces esa raza —la nueva—
(el Adán fue del Norte, fue latina la Eva)
—¡Libertad!—
                        Los Estados, ya no Unidos entonces,
desplegaron sus naves, despertaron sus bronces
y encresparon las olas con sonora arrogancia...
El Japón, todo armado, se asomó a la distancia.
¿ Y pasó?...
                        Que más tarde, joven, libre y fecundo,
el País de Amazonas era el Centro del Mundo.

autógrafo

José Santos Chocano


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