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          EL IDILIO DE LOS CÓNDORES

A Alejandro Sawa

Como si fuese en pedestal de plata,
en un témpano enorme, en cuya frente
se desespera el Sol, un grupo alado
bulle, sobre la abrupta escalinata
de los Andes.
                          El cóndor, que se siente
junto de su hembra, un ala enamorado
tiende sobre ella en forma de abanico,
la oprime con vigor a su costado
y en el trémulo moño húndela el pico.
¡Es el amor!
                        El viento se desata
cual se desata un lazo. Nubarrones
pasan en fugitivos escuadrones,
como una fabulosa cabalgata...
El señor de los Andes, que fulmina
su mirada de cólera hasta el hondo
valle que hay a sus plantas, adivina
la tempestad que se insinúa: inclina
la señoril cabeza; y, en redondo,
veinte leguas domina
de tierras desdobladas en el fondo...

Y el cóndor ve los campos, que parecen
telas tijereteadas por los ríos;
y las llanuras, a sus ojos, crecen
cubiertas de pintados sembradíos:
la cañada... el cafeto... Allá, una ruina;
más allá, un humo de ondulante sombra:
a veces, el perfil de una colina,
que en la tierra aplanada se adivina
como un zurcido en opulenta alfombra...

Y el cóndor va arrastrando la mirada
hacia el atrevimiento de su cumbre:
la selva le parece muchedumbre,
que va, de una quebrada a otra quebrada,
en escalonamiento portentoso,
en el que todo monte es una grada
y todo abismo un salto de coloso.

Luego, ya no ve selva. La pelada
roca, musculatura en carne viva,
se contrae en un ímpetu nervioso:
lánzase a la altitud, en superpuestas
arrugas cual de frente pensativa,
hasta turbar, con el fragor vidrioso
que se estremece en las plateadas crestas,
el mudo terciopelo del reposo...

¡Ah! Y el cóndor miró, como en un sueño,
que, desde allá, desde el rastrero llano,
se desprendió la audacia de un empeño
a sojuzgar las cúspides. No en vano
hasta la cuiiilire sola
en que el cóndor está, férrea serpiente
fue arrastrándose, en círculo ascendente,
como queriendo ensortijar su cola.

¡El tren!... En donde el pájaro salvaje
imperó sin rival, ya el tren impera.
Él, soberbio, sacude su plumaje;
invita a su amorosa compañera;
y rompe el vuelo: entonces, de soslayo,
lanza al tren su mirada, a la manera
de un nubarrón que descargase un rayo...

¡Un rayo! Otro después...
                                            Y nube obscura
rodeó el picacho y ensayó un estruendo.
¡Qué lobreguez en derredor!
                                                  La pura
limpidez de la nieve iba saliendo
de esa nube, cual de ancha sepultura;
porque esa nube, en derredor, sombría,
cubrió la tierra y se espació en la altura:
Sólo el picacho, en la mitad, se erguía.

El cóndor y la hembra, en sus amores,
rasgaron el azul, viendo a sus plantas
la tempestad, que, envuelta en resplandores,
tiene el delirio de las iras santas;
y escucharon del trueno el estampido,
mientras caía el agua en los regazos,
de las profundas selvas, con el ruido
de una cristalería hecha pedazos...

Y se amaron así: sobre los vientos
suspendidos los dos. ¡Eran dos vidas
y una palpitación; o dos alientos
y un óbsculo de amor! Las dos figuras
simulaban dos breves carabelas;
pero, al batir las alas confundidas,
destacábase el grupo en las alturas
como una embarcación de cuatro velas...

autógrafo

José Santos Chocano


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