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        LA ELEGÍA DEL ÓRGANO

A Francisco Navarro Ledesma

Suena el órgano,
suena el órgano en la iglesia solitaria,
suena el órgano en el fondo de la noche;
y hay un chorro de sonidos melodiosos en sus flautas,
que comienzan blandamente... blandamente...
como pasos en alfombras, como dedos que acarician, como sedas que se arrastran
y, de súbito, se encrespan
y se hinchan y rebraman,
a manera de ancho río que sepulta
en un lecho rocalloso la solemne pesadumbre de sus aguas...

Una flauta cuenta historias increíbles
de las épocas pasadas;
otra flauta dice cosas que debieran ser verdades
y que apenas son ensueños y delirios y fantasmas;
una ríe y otra llora; una ruge y otra canta;
una es macho que persigue
y otra es hembra que se escapa;
y entre tantas variaciones de sonidos melodiosos,
hay un cuerpo y hay un alma,
que se juntan, se penetran, se confunden,
y, a los soplos animados de una gracia,
van cantando por los aires que Toledo viste el luto
de sus pompas funerarias,
para gloria de su iglesia de doscientos cincuenta años
y más gloria de la estirpe que esa iglesia levantara...
Suena el órgano,
suena el órgano en la iglesia solitaria,
suena el órgano en el fondo de la noche;
y hay un chorro de sonidos melodiosos en sus flautas...

—¿Por quién doblan?
¿Por quién doblan y se quejan y suplican las campanas?
Una flauta lo pregunta y otra flauta lo contesta:
—Por un hombre que fue herrero, fue soldado, fue poeta... ¡y eso basta!
Por un hombre que tenía tres estrellas en el alma:
el trabajo, la energía y el ensueño;
el trabajo que da fuerzas, la energía que da audacias
y el ensueño que da glorias:
¡las tres gotas de la Sangre! ¡los tres sellos de la herencia! ¡los tres gritos de la raza!
Sueña el órgano, sueña el órgano en la iglesia solitaria.
Sueña el órgano en el fondo de la noche:
Y hay un chorro de sonidos melodiosos en sus flautas...

Un herrero
con sus manos de coloso forja espadas;
y con toda la destreza y el cariño de un artista,
les da lilo suavemente, las repuja y acicala;
y clavándolas al suelo, las encorva, las encorva, las encorva...
y une el puño con la punta sin quebrarlas.
Él es joven, él es fuerte:
como el cuerpo tiene el alma;
y sus manos que se crispan contra el yunque,
acarician a la madre, resbalando blandamente por encima de sus canas...

Cada golpe de martillo de ese atleta
representa, cuando estalla,
en los montes, en las nubes y en el pecho de la anciana...
Una tarde,
desde lo alto de una cresta de montaña,
el herrero, sobre el yunque crepitante,
trabajaba... trabajaba... trabajaba...
Y la noche,
protectora del trabajo que descansa,
fue tendiendo por encima de esa frente,
por detrás de esas espaldas,
a manera de una túnica de ensueño
sus tinieblas silenciosas y estrelladas...

Y el herrero
su martillo resonante contra el yunque descargaba...
¡y fue aquella la apoteosis del trabajo!
porque, encima de la cumbre desolada,
eran chispas solamente
del martillo contra el yunque las estrellas que brincaban.
Suena el órgano,
suena el órgano en la iglesia solitaria,
suena el órgano en el fondo de la noche
y hay un chorro de sonidos melodiosos en sus flautas...

Un guerrero
que se ciñe su tizona, que se ajusta su coraza,
que se cala su cimera, que se fija su penacho,
monta un potro de repente; lo espolea... y anda... y anda.
¿hacia donde va el guerrero?
¡Va a la Atlántida!
En la corte del glorioso Carlos V,
oye un día que Pizarro se entusiasma,
relatando sus primeras aventuras y ofreciendo las primicias
de esas tierras fabulosas ante el trono del Monarca;
y él, entonces, como siente
que en su sangre la energía se hace audacias,
pide en breve su cimera, su penacho,
su tizona, su coraza,
y, empuñando su bandera
desplegada,
se confunde con el grupo que en la senda taciturna
de Toledo va alejándose entre el polvo que levanta...
y, en su mano la bandera
se desdobla, se sacude, se envanece de sus alas;
y, en el viento, es como un signo que retorna los adioses
que les hacen los pañuelos de las madres que se quedan a los hijos que se marchan...
Suena el órgano,
suena el órgano en la iglesia solitaria,
suena el órgano en el fondo de la noche;
y hay un chorro de sonidos melodiosos en sus flautas...

Un poeta
De los tiempos de Cervantes comparece, comparece; y así habla:
—Yo quisiera de mis versos
hacer músicas extrañas;
pero músicas vacías, sin conceptos ni pasiones,
con palabras, y palabras y palabras...
¡Oh! las veces en que siento
el tirano pensamiento que me abruma con su carga,
¡cual quisiera sacudirlo... sacudirlo!...
y hacer versos sin ideas como pájaros que cantan!
¡Oh las veces que en el pecho me rebosan
decepciones o esperanzas!
¡cual quisiera sepultarlas en el fondo;
sepultarlas... sepultarlas!...
y hacer versos sin pasiones,
como rugen los pamperos, como ríen las cascadas!
¡Pensamientos que me abruman!
¡Sentimientos que me engañan!
Piensen otros, sientan otros;
¡yo no quiero pensar nada! ¡yo no quiero sentir nada!
¡yo no quiero decir nada!, ¡nada!... ¡nada!...
¡ay! ¿y el ritmo de los astros en sus orbitas eternas?
¿y la música celeste de las noches estrelladas?
Todo vive, todo piensa, todo siente,
en la vida de mi mente, de mi pecho, de mi alma...
Por doquiera me persiguen,
por doquiera se levantan
pensamientos que me abruman, sentimientos que me engañan;
y es en vano que repita:
¡yo no quiero pensar nada! ¡Yo no quiero sentir nada!
¡yo no quiero decir nada!; ¡nada!, ¡nada!...
...y las voces del poeta se confunden
con las risas y suspiros de las plantas...
y la música del órgano, en que truenan las estrofas,
va subiendo, va subiendo por escalas;
y, de pronto, llena el bosque de columnas de las naves;
y estremécese en los vidrios de las góticas ventanas;
y retumba sobre todas las tinieblas,
con el ruido estrepitoso de una épica batalla,
entre ángeles terribles y demonios irritados,
que estuviera disputándose en el fondo de las tumbas el imperio de las almas...
¿Por quién doblan?
¿Por quién doblan y se quejan y suplican las campanas?...
Una flauta lo pregunta y otra flauta lo contesta:
Por un hombre que fue herrero, fue soldado, fue poeta...
y eso basta. Por Miss Alpha que tenía
tres estrellas en el alma:
el trabajo, la energía y el ensueño;
el trabajo que da fuerzas, la energía que da audacias
y el ensueño que da glorias:
¡las tres gotas de la sangre!;
¡los tres sellos de la Herencia!
¡Los tres gritos de la Raza!
Suena el órgano,
suena el órgano en la iglesia solitaria,
suena el órgano en el fondo de la noche;
y hay un chorro de sonidos melodiosos en sus flautas...

autógrafo

José Santos Chocano


Esta poesía fue dedicada al Ateneo de Madrid, para la velada fúnebre en memoria del Presidente de la Sección de Literatura. La Musa de América, que supo llorar la muerte de los Monarcas, llora hoy la muerte de un joven Príncipe de las Letras. — (Nota del Autor)


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