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            EL PALACIO DE LOS VIRREYES

A Luis Fernán Cisneros

En el viejo Palacio donde finos Virreyes
dan su brazo a las damas y su pecho al amor,
de improviso se imponen democráticas leyes
como un pie de elefante que aplastara una flor...

¡Oh Pizarro! En las noches, cuando luna de plata
desenrolla una cinta sobre el denso capuz,
en el mármol del suelo brilla un signo escarlata
que recuerda la sangre con que hiciste tu cruz.

Por la puerta, que a veces se ha cerrado al derecho
y se ha abierto otras veces a tirano ruin,
el Virrey, constelado de medallas el pecho,
penetraba, a los sones de broncíneo clarín.

¡Oh tambores aquellos que atronaban el aire!
¡Oh guardianes aquellos enfilados en pie!...
¡Quién volviese a esos siglos del valor y el donaire!
¡Quién viviese la vida de ese tiempo que fue!

¿No es verdad que esta inútil libertad da tristeza?
¿No es verdad que la prosa de esta Edad no es mejor?
¿No es verdad que, en el nombre de la Santa Belleza,
debería el Palacio consagrarse al amor?

El edénico tronco de la clásica higuera
con que el propio Pizarro decoró su jardín,
luce un nido sin aves que parece que espera
y retuerce sus ramas con angustia sin fin.

No vendrán los Virreyes a sentarse a su sombra:
no ha de oír ya los dúos del amor colonial:
no han de echarse las damas en su idílica alfombra,
mientras cantan las fuentes su canción de cristal.

¡Oh las fuentes aquellas que alegraban el aire!
¡Oh jardín del Palacio que hoy tan triste se ve!...
¡Quién volviese a esos siglos del valor y el donaire!
¡Quién viviese la vida de ese tiempo que fue!

En los regios salones salpicados de luces,
se tejían pavanas y se hacía el amor:
diez casacas lucían, todas llenas de cruces,
tras de cada doncella como tras de una flor.

¡Qué tristeza más dulce la de flautas y violas!
¡Qué ternura más blanda la del baile fugaz!
Candelabros se erguían en doradas consolas,
ante fríos espejos de enigmática faz.

En las albas pelucas se fingían las nieves
do los Andes rendidos bajo el trono español;
abanicos flotaban como cóndores breves;
relumbraban cristales como Templos del Sol.

¡Oh gavotas aquellas que endulzaban el aire!
¡Oh mujeres aquellas que saraban el pie!...
¡Quién volviese a esos siglos del valor y el donaire!
¡Quién viviese la vida de ese tiempo que fue!

autógrafo

José Santos Chocano


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