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                  LA TAPADA
      (CRÓNICA DEL VIRREY CONDE DE NIEVA)

A D. Ricardo Palma

                                    I

Fue hermosa la limeña que alzó su celosía
para mirar la entrada de aquel Virrey, un día;
y sobre el Conde altivo cayeron sus miradas
como una fresca lluvia de rosas deshojadas:
así de los cohetes se ven caer las luces...
Alzó el Virrey la frente... y a modo de las cruces
que forman cuatro espadas en varonil querella,
los ojos del chocaron contra los ojos della.
¿Y qué pasó?... En la esquina doblando fue el tumulto;
pero el Virrey llevaba más regocijo oculto
que el que mostraba el eco de aquella algarabía.
Y era su regocijo porque, a la vez que había
su entrada sido un triunfo como en ciudad sagrada,
en corazón limeño también hizo su entrada.

                                    II

—Tapada: vuestro ojo me atrae.
                                                        —Impertinente
estáis.
              —Tapada, veros querría vuestra frente.
—Dejadme, voy al templo.
                                              —Tapada: abrid un poco,
por caridad, el manto.
                                        —¿Qué os habéis vuelto loco?
—Tapada, no es bastante veros un ojo apenas.
—Casada soy. Vizconde.
                                              —¡Yo sé romper cadenas!
Los pies que lucís breves y el ojo que entre el manto
mostráis y la cimbrada cintura, son mi encanto;
y yo en verdad os juro, tapada misteriosa,
que ni el Virrey es digno de tan gallarda esposa...

—¿Que... ni... el Virrey?—
                                            El ojo de la gentil tapada
brilló como si fuese la punta de una espada;
y en la nerviosa diestra se estremeció el rosario
cogido entre los broches de su devocionario:
fue un raudo movimiento; pero el Vizconde pudo
decirla astutamente:
                                      —¡Comprendo, seré mudo!

                                    III

Galanteador Vizconde, ¿qué piensas tú que quieres
que a poco de quererlo te quieran las mujeres?
¿Qué crees tú que sigues a la tapada bella;
y en un discreto quicio te ocultas cuando ella
llega a su hogar? ¿Te asombras? Es la mujer del viejo
Marqués, tu amigo, el propio que forma en el cortejo
de siempre trasnochados y eternos jugadores.
¿Felices son tus juegos? ¡Fatales tus amores!
En vano enamorarla pretendes.
                                                        Ningún día
sobre tus lentos pasos se alzó su celosía;
y, en vueltas y revueltas gastaste, inútilmente,
miradas y suspiros.
                                    La dama indiferente
fue hiriendo tu amor propio: te diste por vencido.
—¿Conque el Virrey tan solo...? ¡No lo echaré en olvido!—

¿Olvido? Muy en breve lo recordaste: cuando
trompetas y atambores rompieron tras del bando
famoso de las capas; famoso y tan famoso
que por un mes vivieron las lenguas sin reposo.

Al mes, todos sabían eso que tu callaste
El bando de las capas fue un bando de contraste:
que nadie en ciertas horas de noche se embozara.
¿Quién maliciar pudiese que iba a ocultar su cara
en capa, ese que en bando la declaró prohibida?
Al mes, Nieva pagaba su bando con la vida.

                                    IV

Y sucedió que en medio de alegre comentario,
dijo el Marqués:
                              —No atino qué fin extraordinario
persigue el Conde en ello. ¿Será contra algún mozo
galanteador que oculta la infamia entre su embozo?
¿Será que a ley severa de honestidad responde,
en pro de ajenas honras? Decid, señor Vizconde.

—¡Marqués, tened presente que la mujer no es juego.
—Ya sé: la mía es mía. No importunéis, os ruego;
que si por mala suerte perdisteis la fortuna
a un golpe de mis dados, ya no os valdrá ninguna
manera de desquite con frases de ironía.
¿Que la mujer no es juego? Ya sé: la mía es mía.—

Tal zumba a la manera de airoso rehilete
un diálogo brevísimo en torno de un tapete.

El gran reloj que triunfa sobre la escueta sala,
con péndulo de bronce, como severa gala,
única que se muestra contra el pelado muro,
las doce marca.
                              El cielo cuelga un crespón obscuro
en la ojival ventana y hunde una clara estrella.

Así el Marqués entonces —¿Si será un ojo della?
Y luego: —¡Basta! ¡Basta!
                                              —Pensad en lo que he dicho
—reitera el perdidoso —Marqués: no es un capricho;
porque, en verdad, yo creo que disipáis las noches
y que mejor os fuera dejar tales derroches
para cuidar la honra, que es más que la fortuna,
¡Ah! ¡la fortuna es varia, pero la honra es una!
—Y bien, señor Vizconde, gardad ese consejo
que viejo soy... y...
                                  —Justo: lo recibís por viejo.
—Y digo que no es propio de gente bien nacida
buscar tales desquites. Yo os juro, por mi vida,
que si tenéis veinte años menos que yo, mi estoque
veinte años más que el vuestro se ejercitó en el choque.
Cuidad la lengua, amigo; que mi hoja toledana
tiene más fina punta.
                                      —¡Ya lo sabréis mañana!—

                                    V

—¡¡Tú eres!!
                        En ambos ojos puesto el mayor espanto,
clama la hermosa joven, que se deshace en llanto
y que se arrastra y grita.
                                          —¡Mujer, mujer! ¿qué has hecho
de mí honra? ¿hay alguno debajo de mi lecho?

—Las doce son, ¡Dios mío!
                                                —¿Ésta será la hora?
¿No tardará el infame galán que te enamora?
Quizás por los balcones... Si tal... Aquí la escala...
La calle obscura... Apenas un bulto que resbala :
¡que suba, sí, que suba!... Trabaja en la subida;
pero verá ¡qué fácil en cambio es la caída!—

Y luego, un grito.
                                  El grito resuena en el profundo
silencio de las sombras en que descansa el mundo;
y crujen los balcones de la vecina casa;
y agrupa sus linternas la ronda cuando pasa.
¡Un muerto! ¿Quién? Al punto, sobre su rostro brilla
una linterna. ¡Asombro! Y el jefe de cuadrilla
que ve la escala y sabe que es el Virrey el muerto,
le dice así a los otros:
                                        —Esto que veis ¡no es cierto!—

                                    VI

El viejo Marques lánzase en busca del Vizconde;
y lo pregunta cómo pudo saber y en dónde
de aquella su deshonra.
                                            Y el joven perdidoso
le dice:
              —Os di el alerta, pero os quité el reposo;
y fue, en verdad, a un golpe de aquel instinto ciego
que pone una fortuna sobre una carta en juego.
Vos me ganasteis. Dicen los buenos jugadores
que el que es feliz en juegos fatal es en amores...

—Sabed, yo necesito silencio al fin.
                                                                —¿Y cómo?
¿Vais a ofrecerme plata?
                                              —¡Voy a ofreceros plomo!
Cuando ya en alto oprime pistola amartillada,
lleva el Marqués las manos al pecho:
                                                                  ¡hay una espada!

                                    VII

En el siguiente día, según mandó la Audiencia,
cadáver en el lecho fue hallado Su Excelencia;
y aunque las lenguas largas hicieron su relato,
disimulose el crimen en gracia del recato.
Cuando a las seis llegaba tal día en su carrera,
para el audaz Vizconde, que el gran culpable fuera,
cerrojos de la cárcel abriéronse un momento;
y para la limeña cerrojos de un convento.

                                    *
                                *       *

Limeña: esas miradas que, en memorable día,
sobre el Virrey cayeron desde una celosía,
hacen pensar en rasgos de un nuevo Juan Tenorio
al relumbrar en medio del triste locutorio...

Vizconde: estás perdido. Te queda un gran consuelo
un ojo de limeña te causa tal desvelo;
pero ¡ay! si la tapada se rinde a tus antojos
¡y, en vez de mirarle uno, le miras los dos ojos!

autógrafo

José Santos Chocano


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