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            CIUDAD MODERNA
    SANTA MARÍA DE LOS BUENOS AIRES
          (A LA MANERA YANKI)

                            I

Juan de Garay no duerme: ha siglos que hubo muerto,
pero años que en el mismo sepulcro está despierto.
Hastiado de laureles, cansado de fragores,
se echó a dormir un sueño de paz con sus mayores;
pero ¡cuán pocos siglos pudo quedar inerme!
Desde hace cinco lustros, Juan de Garay no duerme.

                            II

Ciudad que abre sus puertas al viento huracanado
que de las siete cumbres de Roma echó el pasado;
al viento generoso, que desde Iberia un día
envió tres carabelas cargadas de osadía;
y a ese otro viento henchido de besos y rumores,
en el que París vuelca sus ánforas de amores:
ciudad tres veces sacra, ciudad tres veces bella;
porque no en vano corren a confundirse en ella
¡el ímpetu romano, la ibérica arrogancia
y el paganismo alegre de la divina Francia!

Juan de Garay; ¡recorre las calles!... En la fosa
deja esa tu armadura de hierro fragorosa.
La Gran Ciudad te espera: los lazos se desata;
y abre su seno. En tanto, con su rumor el Plata,
que gentilmente dóblase y besa las orillas,
anuncia en siete estrofas sus Siete Maravillas...

                            III

¡Palermo! ¡Ese es Palerrao! No en él ya la figura
del épico tirano resalta entre la obscura
prisión donde la Patria suspira en cautiverio,
no en él da nuevas frutas el árbol de Tiberio.
Jardines fabulosos, de pájaros cantores
tan raros que parece que fueron antes flores;
grutas en que se arquean iris hechos pedazos;
ramas que se dislocan como si fuesen brazos;
jaulas en que las fieras hacen chasquear su cola;
penas en que el gran buitre luce su blanca gola:
tal Palermo. En donde era la mansión del tirano,
la gentil Buenos Aires con prolífica mano
ha vaciado sus arcas de esplendentes derroches,
cual si fuese en un cuento de las «Mil y una noches».

El Jockey Club impera, como mansión dorada,
que evoca el triunfo griego de una épica olimpiada.
Y bien: en el Palacio que juventud discreta
alzó al deporte nuevo, no canta ya un Poeta;
pero en la regia escala de mármol y ónix, pura
como una flor de novia, resalta una escultura,
donde Falguiére impuso la desnudez pagana
con que en las selvas corre la cazadora Diana.

iCuál tiende el arco y yergue la juvenil cabeza!
¡Cuál saca el pecho y dobla con blanda gentileza
la fina pierna, a modo que para dar un salto!
¡Cuál sigue con la vista su flecha a lo más alto!...
Así en la escalinata, la Vida a cierta hora
suspéndese ante el mármol de Diana cazadora,
para admirar el símbolo, en su perpetua calma,
que robustece el músculo y que suaviza el alma...

¡Oh Gutemberg! Es tuya la redención presente;
porque la hoja diaria que va de gente en gente
reparte las ideas, logrando en sus afanes
el realizar un nuevo milagro de los panes.
Tal es como si el puerto de Nueva York se precia
de hacer por un instante la evocación de Grecia,
con el ingente bronce, donde, en el mar profundo,
la Libertad levántase «iluminando al Mundo»,
en Buenos Aires se alza, con más audaz anhelo,
la estatua de la Prensa como alumbrando al Cielo.

Palacio del Congreso con cada nueva roca
del escombrado Foro la majestad evoca.
Si el sabio Rey que une cien pueblos en un dia
en una arquitectura de ensueño y de osadía,
levanta aquel su Templo maravilloso, en donde
a la magnificencia de Dios todo responde,
es justo que la América en su entusiasmo eterno
levante también otro para otro dios moderno;
y para levantarlo digno del dios, reúna
los bloques de su mármol como fulgor de luna,
los hierros de sus minas abiertas como entrañas
y todas las maderas de todas sus montañas...

                                    *
                                *     *

Casa de la Justicia, casa de la conciencia,
donde el derecho acusa, donde el deber sentencia.
Cuando ella abra su pórtico al Tribunal severo,
Astrea con sus ojos vendados, con su acero
vibrante, con su inmóvil balanza, con su manto
sin un repliegue solo, con su inflexible encanto,
con su solemne porte, tranquila, sosegada,
irá en sus firmes pasos, subiendo grada a grada
hasta el estrado, en donde reposará en su asiento,
como reposa un mármol encima de un cimiento.

                                    *
                                *     *

Mansión del Agua, plena de milagroso encanto,
en donde vuelca el río la copa de su llanto.
Si Faraón entre urnas, para vivir tranquilo,
hubiese atesorado las aguas de su Nilo,
no diese a tales urnas más primorosa caja
que este monstruoso estuche de la más bella alhaja:
dijérase una caja de música fluida,
de donde escapa un chorro que va cantando vida...

                                    *
                                *     *

¡Y el Puerto! Diques; muelles; sonantes cremalleras;
estrepitosas grúas; naves de cien banderas;
mástiles de cien lonas; humos de cien hornazas;
cánticos de cien lenguas; músculos de cien razas.
¡Todo en una armoniosa música de trabajo!
Ya es un grito de alerta, ya es un golpe de tajo,
ya es un salto de olas, ya es un choque de gentes,
ya es un largo engranaje que rechina los dientes...
Es ahí donde, en grupo, las enérgicas manos
que entrecruzan espadas en las guerras de hermanos,
se confunden y anudan, como unión de progreso,
para alzar en los aires todas juntas un peso...
Es ahí donde el trigo lanza a Europa el tesoro
que recoge en la Pampa las pepitas de su oro,
para dar pan al hambre de la anciana, que luego
manda ríos de gentes cual prolífico riego.
      Es ahí donde, en cita misteriosa, esas gentes
llegan, llegan y llegan: el sudor de sus frentes,
el vigor de sus brazos, la altivez de sus pechos,
son los signos mejores de sus propios derechos...

Roma fue la madrastra, que, con épico trato,
a cien razas diversas sujetó a su mandato;
y París, la nodriza, que, con arte que encanta,
a cien otras diversas en su seno amamanta;
Buenos Aires, que a todos una patria asegura,
¡es la madre ya en cinta de la Raza Futura!

                            IV

Y tal piensa en su asombro, quien la fundó... Medita
Juan de Garay sobre ello, cuando de pronto grita
un huracán, que sopla desde el gran llano abierto...
Es el desesperado rugido del Desierto,
que a la Ciudad se acerca: trae, en sus alas, flores
de cardo estremecidas y envueltas en rumores.
Y en el Pampero vibran el gaucho y el salvaje;
el potro que galopa; y el trémulo ramaje
de los ombúes: todos los mágicos acentos
de la llanura verde, que se abre en sus alientos
hasta cansar los ojos... Y el viento enfurecido,
como ira de las Pampas disuelta en un rugido,
sacude en los palacios de la ciudad el ala
de una bandera al tope, que hacer parece gala
de sus sonantes pliegues y flota, flota, flota...
Juan de Garay: ya puedes volver a tu remota
Edad; ya has visto en triunfo la bicolor bandera:
un blanco entre dos cielos... ¡Ese pendón bravío
es un jirón de espumas sobre el azul de un río!

Tal triunfa Buenos Aires, ciudad tres veces bella;
porque no en vano corren a confundirse en ella
¡el ímpetu romano, la ibérica arrogancia
y el paganismo alegre de la divina Francia!

autógrafo

José Santos Chocano


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