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          LO QUE DICEN LOS CLARINES

Los clarines suenan trémulos...
Los clarines suenan lánguidos...
Sus acordes brotan suaves, sus murmullos
brotan densos y sus gritos brotan ásperos...
¡Los clarines suenan roncos!
¡Los clarines suenan trágicos!

Se dijera que las notas de los épicos clarines
son los aves de la raza, son las voces del pasado;
se dijera que las notas de los épicos clarines
vienen, llenas de penumbras y misterios y milagros,
de países muy distantes
y de tiempos muy lejanos...
Tales fueron los clarines españoles,
tales fueron los clarines españoles que sonaron
en las cumbres luminosas
y en los lóbregos barrancos,
en el hueco de las cóncavas guaridas
y en los picos de los Andes solitarios,
en las pampas indolentes,
en los ríos encrespados,
en las selvas lujuriosas,
en los valles, en las cuestas, en las cumbres y en los páramos...
¡Los clarines suenan roncos!
¡Los clarines suenan trágicos!

Ya pasaron las historias que eran cuentos de heroísmo,
las audacias que eran timbres, los ensueños que eran lauros,
los arranques imperiosos de la raza primitiva:
ya pasaron... ya pasaron... ya pasaron...
Y lo lloran los clarines
con acentos desgarrados,
entumidos todos ellos,
cual si fuesen grandes pájaros
que volviesen con las alas abatidas y los picos
llenos siempre de tristezas en el fondo de sus cantos...
¡Oh los pájaros de bronce
que volaron y volaron y volaron,
por las tierras no sabidas,
por los mares no explorados,
por los mundos atractivos del misterio,
por los cielos tentadores del encanto;
y, al fin viejos
y gastados,
vuelven llenos de nostalgias
y suspiros y cansancios,
a decirles a los hijos la epopeya de los padres
y a gritarles que los timbres y los lauros
¡ya pasaron para siempre...
ya pasaron para siempre... ya pasaron...!
Los clarines suenan trémulos...
Los clarines suenan lánguidos...

En las noches polvorientas
y azuladas del verano,
la retreta de las plazas señoriales
insinúa los perfiles de pretéritos soldados;
porque evoca, sobre un fondo
de atarnbores palpitantes de entusiasmo,
a los gritos de los épicos clarines,
que unas veces suenan roncos y otras veces suenan lánguidos,
las figuras sugestivas
y los gestos legendarios,
que colmaran los asombros y gastaran las proezas,
de Balboas y Corteses y Valdivias y Pizarros...
Así el pueblo que se goza,
en las noches del verano,
con las músicas vibrantes de las líricas retretas,
siente en su alma repentinos arrebatos
y apetitos de aventuras
y deseos de otra vida y ambiciones de otro espacio,
cual se asoman en su nido
los polluelos de los cóndores temblando
cada vez que, por encima de sus débiles cabezas,
invitándoles al vuelo, pasa un viento huracanado...
¡Es el viento huracanado de la gloria,
el que ruge por encima de las plazas! Viento áspero,
viento henchido de fragores es el viento
que desatan los clarines en el vuelo de sus cantos:
viento heroico que desdobla las banderas
y estremece las panoplias y sacude los penachos
y resuena en las vacías armaduras,
como un soplo de esperanza que viniese del pasado...
¡Los clarines suenan roncos!
¡Los clarines suenan trágicos!

En las noches nebulosas del invierno,
pensativos los soldados
se estremecen en la sombra de los lúgubres cuarteles,
cual fantasmas de otros siglos que sacuden el sudario,
y a la hora del silencio,
cuando el sueño roza el párpado,
en sus lechos se acurrucan, mientras pasa por encima
una voz de clarín larga que se pierde en el espacio...
¡Cómo suena tristemente
la voz de ese clarín, llena de ternuras y de espasmos!
¡Cómo evoca los alertas...
los alertas prolongados...
en las noches inefables de las vísperas solemnes,
entre el frío de los cielos y el reposo de los campos!
¡ Cómo trae a la memoria
los prestigios ya borrados,
los orgullos ya caídos en el alma, los ensueños
ya marchitos en la raza para siempre, los encantos
ya sepultos en el fondo de la vida, los delirios
de grandeza ya sin alas, los sangrientos desengaños!...
¿Estos eran los clarines que sonaban
con un júbilo radiante de belígeros presagios:
los clarines que anunciaban epopeyas
y pasaban por debajo
de triunfales arquerías, en desfiles fragorosos,
con la escolta de tres siglos y entre vítores y aplausos?
¿Éstos eran...? ¿Éstos eran...?

Hoy apenas con gemidos siempre largos, siempre largos,
cuando tocan el silencio de las noches militares,
resucitan el milagro
de las clásicas figuras y los gestos fabulosos
que en la historia se acabaron para siempre... se acabaron

Los clarines suenan trémulos...
Los clarines suenan lánguidos...

Un clarín dice las cosas
nunca muertas del pasado:
—¡Oh ambiciones resonantes que atronaban las alturas!
¡Oh proezas de cien timbres! ¡Oh heroísmos de cien lauros!
En el alma de los nietos
de los héroes españoles hay tres siglos de entusiasmo...—

Un clarín dice las cosas
del presente solitario:
—¡Oh tristezas infinitas de las razas insepultas!
¡Oh fatigas sin remedio de los músculos gastados!
En el alma de los nietos
de los héroes españoles hay tres siglos de cansancio...—

Un clarín dice su pena
y otro dice su arrebato,
unos rugen y otros gimen,
unos gritan esperanzas y otros lloran desengaños;
y es así como en las músicas marciales,
con sus notas siempre llenas de nerviosos sobresaltos,
que parece que llegaran
de países muy distantes y de tiempos muy lejanos,
unas veces los clarines suenan roncos
y otras veces los clarines suenan lánguidos...

autógrafo

José Santos Chocano


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