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            EL ÚLTIMO CANTO DE NERÓN

Antes que mi arte interrumpido sea
por la turba mendaz, que ayer mi gloria
y hoy a los vientos mi baldón vocea;
antes ¡ay! de mis cláusulas de oro
mezclen su brillo a la menguada escoria
de fementida turba sin decoro;
antes ¡ay! que esa turba se sonría
del misterioso encanto de mis notas,
han de saltar bajo la mano mía,
que el timón tuerce a los seguros huertos
las siete cuerdas de mi lira rotas,
los treinta abriles de mi vida muertos.

Artista antes que César, mi corona
mejor es de laurel: soy el unjido
que de los dioses el elogio entona
y recibe de manos de los dioses
única lira.
                    Apolo: yo te pido
que me dejes cantar, mientras reposes.

La voz de Apolo apenas si podría
igualar de mi voz la euritmia grave
y el justo són y la ágil maestría:
temo así que la turba espante el eco
de mi voz blanda como el trueno al ave.

Llena es su voz y mi cantar es hueco :
mi cantar es la forma esbelta y pura,
que de rítmicas pompas se rodea
y que no precia ser en su estructura
mágico estuche de inmortal idea.

¿Idea para qué? La forma es todo.
Tengo en el mármol mi inviolable norma:
requiere ideas el humano lodo;
pero al mármol le basta con la forma.
La forma es todo. La beldad en ella
está al contacto de la idea, extraña.
El ferrado titán de la montaña
supo esconder la celestial centella
en el hueco también de frágil caña.

Venus no es sabia, pero siempre es bella.

Fue la belleza mi ideal. Collares
de perlas que ensartaba hilo sonoro,
parecían los férvidos cantares
que desataba en ánforas de oro,
de la inútil belleza en los altares.
Belleza fue lo que buscó mi anhelo
en el capricho de las iras locas:
sembrar rosas de sangre por el suelo,
ver el espanto en las abiertas bocas,
oír el grito de la carne herida,
sentir el choque de la lucha fuerte,
distraer el cansancio de la vida
con novedades trágicas de muerte,
depurar el placer de todo hastío
en inédito amor nunca explorado,
desviar las aguas del eterno río
y buscar nuevos cauces al pecado;
ese el afán poético, ese el mío,
cuidando siempre de estampar el sello
de originalidad al desvario.

¡Loado sea el mal, si el mal es bello!

Recuerdo aún el crimen que es el toque
de más alto carmín en mi delirio:
¡Agripina! ¡Agripina! Es como el choque
de un arma en el combate: un meteoro
que ensangrienta mi noche de martirio.

Era mi madre. ¿Y la maté? Lo ignoro.
¿Es culpable el puñal que abre la herida
o lo es la mano que lo oprime y blande?
Esos que huyeron ya, los mis amigos,
pusieron una valla con tal vida
a mi grandeza y decídí ser grande.

Luego, quise mirarla sin testigos,
inerte, maldiciendo en mi conciencia
que obstáculo y baldón se hubiera hecho
de mi existencia quien me dió existencia:
pude darla mi amor, no mi derecho.

¿Para qué verla así? Para que a solas
el propio marque arrebató la arena
en la épica furia de sus olas,
la llorase con lágrimas de pena.
El velo levanté: la vi dormida.
¡Oh blanca desnudez! En su hermosura
ostentábase pálida y sin vida,
como una praxitélica escultura:
y rígido quedé, tal como un muerto,
gozando, en actitud sobrecogida,
de sus líricas formas el concierto.

¿Qué tiempo quedé así? Fue como un siglo.
Palpitantes mis alas de poeta,
escondidas mis garras de vestiglo,
volando me lancé: lira de oro,
en el lejo palacio, ansiaba inquieta
romper quizás en cántico sonoro.
Y cantar quise. La belleza pura
de esa muerta mujer nubló mi vista.
Si yo hubiera sabido su hermosura,
la hubiera respetado como artista.

Hui lejos, hui, tal como fuga
timida estrella cuando Phebo nace:
saltó en mi frente la primer arruga;
verde cana brotó en mi cabellera;
y lloré cual la nieve se deshace
en torrentes que enfloran la pradera.
Tal llorara la muerte de una diosa:
y es que mi ánima estaba arrepentida
de haber robado el soplo de la vida
a esa mujer como ninguna hermosa.

Hui lejos, hui...
                          Cuando mi duelo
calmose al fin y regresé a mis lares,
saludáronme, en fiestas de consuelo,
las frentes abatidas hasta el suelo,
las lenguas desatadas en cantares.
Como hoja seca en alas de la brisa
arrastrose a mis pies la turba loca.
Y entonces —era justo— una sonrisa
de supremo desdén jugó en mi boca...

...Oigo el tumulto ya: piafan caballos.
Oigo ya el trote délos rudos callos.
¡Oh dicha, si en mis cánticos triunfales
se ajustara al acento de mi lira
el ritmo de los cascos musicales!

Tiempo es ya de morir. ¡Démonos prisa!
Debes lanzar por fin tu último acento,
lira polifonética que al viento
ora das un lamento, ora una risa,
ora das una risa, ora un lamento.

Ya que el esclavo resistió cobarde
a matarme, yo quiero con mi mano
hacer de gloria el postrimer alarde;
y me hundiré el puñal en la garganta,—
¡nudo de vida que en el cuerpo humano
tiene mi preferencia... porque canta!

autógrafo

José Santos Chocano


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