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            CORAZÓN ABIERTO

A una limeña

Yo soy, Señora, un viejo castellano
que retorna al cariño de su tierra,
con la espada mohosa entre la mano
y el alma ensordecida por la guerra.

Nací en las Indias bajo el Sol de España;
y, a modo de un señor de horca y cuchillo,
tengo en mi corazón una montaña
y en la montaña un lago y un castillo.

En las noches de luna irradia el lago;
suena un rumor de músicas lejanas;
y del castillo de contorno vago
sale un fulgor por todas las ventanas

En una de esas noches misteriosas
me visitó la heroica Poesía,
ciñó a mi sien sus lauros y sus rosas
y me dijo: —¡Soy tuya!— y yo: —¡Eres mía!

Sueño Sufro Con íntimo quebranto,
veo en mi noche relumbrar las dagas;
mas no le pidas al dolor un canto,
porque jamás enseñaré mis llagas.

Clavando en el Destino la pupila
sin que la empañen lágrimas, me entrego
del todo a mi dolor, con la tranquila
fe con que el mártir se entregaba al fuego.

Canto, pero al cantar no me doblego.
Ni el canto es triste, ni el dolor se aleja
y así este canto con que a ti me llego
será de ira, pero no es de queja.

Y otra vez, en mis versos olvidados
que hoy se renuevan en mi santa ira,
«yo sabré encarcelar a los malvados
y como reja les pondré mi lira».

¿Por qué, por qué bajo mis pies las olas
se encrespan como sierpes irritadas?
¿Por qué tranquilo estoy si estoy a solas
y me turbo ante todas las miradas?

Los hombres no comprenden el milagro
de mi virtud en la mitad del vicio.
Como a mirar las nubes me consagro,
pongo a veces el pie en el precipicio;

pero una fuerza celestial, un ciego
ímpetu que me lleva por la vida,
me retiene tal vez cuando me entrego
y basta me hace crecer en la caída.

Yo sé apurar la copa acibarada
con mano firme y ánimo sereno,
parear despreciativa la mirada
y abrir las alas al fragor del trueno.

En vano, sí, la sociedad maldita
escribiera en mi frente un «aquí yace».
La ilusión como el fénix resucita;
y la melena de Sansón renace

Los que dudan de mí porque han dudado
de Daniel en el foso de leones,
dudarán si es que sienten que el pecado
se insinúa en sus propios corazones.

Libre, así, del contacto del delito,
comprendo en mi interior el que no hay nada
que se parezca más en lo infinito
a un cielo azul que una conciencia honrada.

Señora: digno soy de ser tu amante;
porque en la misma fragua en que encendido
brota el rayo de Júpiter tonante,
se hacen también las flechas de Cupido...

autógrafo

José Santos Chocano


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