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            EPITALAMIO REGIO
      (S.S.M.M. DON ALFONSO XIII Y DOÑA VICTORIA EUGENIA)

El Rey se va de caza.
                                        Su rutilante espuela
se clava contra el flanco de un gran bridón, que vuela
por montes y collados, detrás de una gacela.
        Precédele un tumulto de canes ladradores;
y sigúele una escolta de intrépidos señores,
que arrojan, como flechas, sus potros voladores.
        Entre el ladrido alegre de la veloz jauría,
el cornetín de caza da al aire la armonía
que en el poema trágico Hernani oyera un día;
        y aquella voz que sale del retorcido hueco,
encuentra en lo más hondo de la montaña un eco
que empieza fragoroso, pero que acaba seco.
        En tanto el Regio potro, que ensaya los clarines
de un resoplido, al ábrego bace silbar sus crines,
como si fuesen dignas de acariciar violines;
        y va, de brinco en brinco, por selva y por llanura:
y el Rey, a cada salto, se afirma en la montura
con un sacudimiento de toda su figura.
        La selva se acobarda y el llano eleva al cielo
las nubes de su polvo. Y aquello es como un vuelo:
apenas si los potros rozando van el suelo.
        Y por los arcos verdes que hacen las ramas flojas
(ceremoniosamente saben doblar sus hojas)
pasa el tropel vistoso de las casacas rojas,
        en una cinegética evocación pagana,
bajo el imperio siempre feliz de la mañana,
que tiene ojos azules y es rubia como Diana.
        ¡Oh, nobles cacerías! Estrépito de fiestas;
halcones, perdigones, venablos y ballestas,
persiguen, por en medio de todas las florestas,
        al corzo galopando con ímpetu gentil,
al pájaro inundando de trinos el pensil
y al jabalí enseñando sus dientes de marfil
        ¡Sus, bravos cazadores! Se escapa la gacela.
Salta un ribazo (el potro del Rey detrás); y vuela.
Penetra en la maraña; y el Rey hinca su espuela.
        Cautiva en la maraña queda por fin: los perros
rodéanla clamando. Y hay un fragor de hierros
Y todas esas voces resuenan en los cerros.
        Pero, ¡oh prodigio! ¡oh gloria del Rey! en el instante
mismo en que la gacela se rinde, hacia el distante
confín un hada surge. Su carro de diamante,
        que tiran seis corceles, llega al paraje. El hada
al Rey le habla en secreto (se entiende su mirada):
—Esa gacela es una Princesa, está encantada.—
        El Rey la cacería concluye aquí. Regresa;
y de regreso trae, ya nupcialmente presa,
encima de su mismo bridón a una Princesa.
        ¡Oh, Princesa encantada de una selva de amor!
Yo te diré al oído que tu triunfo es mayor;
porque en tus gracias tienes cazado al cazador.

autógrafo

José Santos Chocano


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