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            DANZA GRIEGA
          (ODETTE VALERY)

La griega baila gravemente,
la griega baila gravemente con monorrítmico vaivén.

Alza su cuerpo
como en un brindis una copa que hirviese llena de placer;
y vibra toda,
con la violenta sacudida de un arrebato sin por qué.
Inmóvil quédase un instante;
y por detrás de la cabeza cruza sus brazos; y después
saca su tórax, y se quiebra
por la cintura en un escorzo de melodiosa languidez...

La griega baila gravemente,
la griega baila gravemente con monorritmico vaivén.

No es la guitarra palpitante
(así parece tal mujer)
que se destaca en los proscenios sobre las ferias andaluzas
con su chaqueta de caireles y su sombrero calañés.
No es el violín excitativo
(así parece tal mujer)
que en los tablados parisienses, entre compases cancanescos
vierte su copa de champaña sobre el erótico tropel.
Ella es el harpa. Ella es el harpa
del paganismo: árbol vibrante que echa sus flores otra vez
Ella es el harpa majestuosa;
harpa de nervios de mujer,
como manojo de cien cuerdas
que se retuercen y se enroscan desde la nuca hasta los pies.
Tal cuando luce castamente
el mármol griego de su impecable desnudez,
ni excita ardores contumaces,
ni erecta sondos apetitos, ni evoca músicas de harem:
es una estatua que se anima,
es una estatua que se anima cual si lo hiciese sin querer;
y que parece árbol movido por el aire de un misterioso no sé qué...

La griega baila gravemente,
la griega baila gravemente con monorritmico vaivén.

A veces juega con un velo,
que la circunda a la manera de un gran suspiro: entonces es
cuando simula una de aquellas
diosas de un tiempo que se fue,
que toda envuelta en una nube
desde su cielo baja al suelo, donde tropieza sin caer;
y a veces juega con el óvalo
de biselada luna y mango de marfil lírico, y se ve,
con movimientos siempre lentos,
desde el oleaje de sus bucles hasta las conchas de sus pies...
Quédase inmóvil de repente,
cual si rozándole la frente pasase el clásico laurel
Y abre los ojos
pestañeantes y repletos del más olímpico desdén:
y en el estuche de los párpados,
sus ojos brillan como piedras de un enigmático joyel,
y se revuelven, y se entornan,
y hablan de cosas nunca vistas y de otras vistas sin querer...

¡Oh quién pudiera
saber qué dicen esos ojos!... ¿Saber qué dicen?... Yo lo sé.
Hablan del cielo serenísimo sobre su azul Mediterráneo,
de las campiñas amplias que hace su Sol de Grecia florecer,
de sus boscajes voluptuosos en que los sátiros jadean
y las bacantes se abandonan a la caricia del vaivén...

¡Salve a ti, blanca y fresca ninfa!
Falta en tus manos el carrizo de siete huecos, en los que
juegan tus dedos, mientras soplas la melodía, a cuyos sones
llegan las bíblicas serpientes y se aletargan a tus pies.
¡Salve a ti, blanca y fresca ninfa!
¡Salve a ti, estatua del placer!
Sigue bailando gravemente,
sigue bailando gravemente con monorrítmico vaivén...

autógrafo

José Santos Chocano


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