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        EL ÚLTIMO AMOR

Dices que el tiempo pasó
en que sabías amar:
¿quién seca el agua del mar
porque en ella naufragó?
Este fuego en que ardo yo
a provocarte se atreve;
porque su desdén aleve
completaría mi afán,
al poner sobre el volcán
el contraste de la nieve.

El otoño del amor
da los frutos del placer;
y yo busco en la mujer
más el fruto que la flor.
De los huertos del candor
las aves siempre han huido;
porque en la árbol florido
pero sin frutos, cuando ama,
suele quebrarse la rama,
al peso de un solo nido!...

Ya las blancas mariposas
de tu inocencia están lejos:
los dioses nunca son viejos;
menos lo serán las diosas.
¿Por qué a ti mismo te acosas
con tan singular idea?
Si la mujer no desea
de la edad sufrir los daños,
no es por lo que son los años,
sino por lo que es ser fea...

Ya que intacta tu hermosura,
con firmeza de diamante,
ofrece a su Adán amante
una manzana madura,
disipa la idea oscura
que te punza con su espina;
y deja tu amor en ruina
que brinde un nuevo retoño.
Salve ¡oh belleza de otoño!
Salve ¡oh Venus vespertina!

La juventud candorosa
es primicia de ignorancia,
que pasea su arrogancia,
con alas de mariposa;
y tu madurez hermosa
es como un fruto en sazón...
Vale para el corazón,
que tiene su arqueología,
más qué una estatua del día
un friso del Paternón!

Me gustan más las mujeres
que tocan la edad madura:
Un otoño de hermosura
Da cosecha de placeres.
Me gustas tal como eres
más que como fuiste un día:
hoy lograr tu amor sería,
para aquel que te enamora,
¡la promesa de una aurora
que hace un sol en agonía!...

El amor que mi alma siente
sobre tu desdén se ensancha,
como un arrebol que mancha
el azul de su poniente...
Antes de humillar la frente
como un mísero cobarde,
el sol en su último alarde
Aviva su resplandor...
¡Venus —la estrella de amor—
Es la estrella de la tarde!

¿Qué los labios virginales
saben del amante exceso?
Forma la abeja del beso,
beso a beso sus panales.
No son tus besos iguales
a los que otros labios dan;
y es porque en ellos están
todas sus antiguas galas,
cual si quemasen sus alas
en el rubí de un volcán...

La maestría en tus labios
y la oración en tus ojos,
cuando sacian mis antojos,
valen por los siete sabios.
En tus últimos resabios
acaso más dulce eres;
y así alcanzas cuanto quieres,
porque al fin has devorado
bibliotecas de pecado
eruditas de placeres...

El amor nunca envejece,
sino que, como el arroyo,
cae al hoyo, llena el hoyo
y luego rebalsa y crece...
El candor se desvanece
en cuanto el placer se apura;
y prefiero en mi locura
de tanto amor que me abrasa,
¡más que el primero —que pasa
el último— que perdura!...

1894.

autógrafo

José Santos Chocano


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