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          EL DIÁLOGO DE LAS TUMBAS

(A don José Echegaray)

En el fúnebre y lívido paisaje,
donde salta el panteón blanco y austero,
la luna riega montecinos lampos,
que platean la sombra del follaje,
brillan sobre la arena del sendero
y huyen después a los vecinos campos...
Parece que la luz se acobardara
al romper en la tumba: es como el riego
de un agua pura, refrescante y clara,
en un campo de sed, que es todo fuego.
¿Por qué tiemblas, oh luna misteriosa?
¿Por qué pareces vacilar? ¿Tú, acaso
no eres un astro muerto? Ama la fosa;
desata tus collares cristalinos
sobre las tumbas; y con firme paso,
cruza, por la alameda de los pinos,
¡que fingen ayes de crujiente raso!...

Alineadas las tumbas, ora abiertas
como bostezos de hambre, ora cerradas
como ojos de pereza, siempre juntas,
bóvedas son a cuyas anchas puertas
se asoman de la luna las miradas,
en busca de las vírgenes difuntas...

Acaba de morir la Ofelia casta,
de alma de cera y juventud de lumbre:
¿quién el cirio apagó? Pasión nefasta
con soplos de huracán. Fue un ansia loca
que arrojó un corazón, desde la cumbre
a la profundidad, como una roca...

Dulce Ofelia, ¿en qué sueñas? ¿En la vida?
Torna a la realidad; salta; despierta:
¡tal como hablabas al soñar dormida,
debes hablar también soñando muerta!
¿Qué Hamlet criminal y pensativo
Te ha sepultado en su alma taciturna?
¿A dónde está quien apagó tu aliento
con su aliento mortal? ¿Acaso vivo?

Rasga el silencio de la paz nocturna
un suspiro, un rumor un hondo acento,
que viene a ti, desde lejana urna,
como, confiado a la piedad del viento,

¡Es su voz! Es la voz de tu asesino,
implorando perdón. Y se oye apenas,
como si se tardara en el camino
toda una eternidad... Es clamor de ola,
que, rompiendo en su limite de abenas,
se esfuerza por gritar: —¡No, no estás sola!...

¿Qué respondes. Ofelia, qué respondes
a ese grito de horror? ¿Por qué te escondes,
como una flor flor que plega su corola?
Tienes miedo, tal vez... ¿Qué puede hacerte?
Repulsión, odio... no, no sabes de eso!
Hoy tú no eres más débil, ni él más fuerte;
doblegados estáis al mismo peso.
Y un arma tienes : tu virgínea palma.
Él penetró en tu vida, con la muerte;
pero no pudo penetrar en tu alma!...

Oye su voz y dile tu reproche;
que, entre la paz de la callada noche
en la que apenas el follaje zumba.
Tendrás, cediendo a su postrer instancia,
mientras el viento borra la distancia,
un diálogo con él de tumba a tumba...

—¡No, no estás sola, Ofelia! Eras mi vida
y contigo acabé.., Pero, despierta;
que es lo mismo estar muerta que dormida...

—¡Dormida, para Dios; para ti, muerta!
—Tenme piedad y escúchame un instante,
el instante fugaz que nos separa
de la justicia eterna... Delirante
como nunca, corrí tras de tu huella;
¡y, al mirarte volar, con mano avara
cogí tu vida y me escapé con ella!
Robé tu vida asií; tú me robaste
el corazón, que es más. Ya sé que he sido
la sombra de tu sol; y si el contraste
resaltar hace más el bien perdido,
más saltará tu mérito, que asombra
y seduce á mi espíritu, afligido
y orgulloso á la vez de ser tu sombra...

—Mas ¿Por qué deshojar la flor temprana,
antes que rompa su cerrado broche?

—La rosa sólo vive una semana
por salvarse del hielo de la noche.
¡Ah! si hubieras sentido un solo instante
la sed de fuego, el ansia delirante,
que mi lóbrego espíritu sentía,
mayor angustia desgarrase tu alma
que la angustia fugaz de la agonía,
tras la que vino tu perpetua caima.
Duele así la inyección de adormidera,
que, si hiere la piel, infunde sueño
reparador al fin: mas suerte fiera
es la del infeliz que desespera,.
Y desvelado en excitante empeño
Pasa sin descansar la noche entera...
¡Qué horrible es el dolor, cuando perdura
Y se goza en matar así las galas,
Una tras otra, en siglos de amargura!...

¡Nada importa el dolor, cuando tiene alas!
Hoy gozas de la paz. ¡No oyes el grito
de eterna lid de los humanos seres,
que conturban la paz de lo infinito?
Te libré de la vida ¿qué más quieres?...
La vida es el dolor: la mejor parte,
del dolor siempre fue. ¿Mas, tú quién eres
para saber de la revuelta sirte
del pesimismo arrollador? Tú mueres,
como viviste, sin por qué. Yo el arte
sé en cambio del dolor. ¿Quieres medirte
con la vara del mal? Mira tu huella;
y fíate después en la falacia
de la vida... ¿La ves? Repara en ella:
te creías feliz porque eras bella;
y tu felicidad... ¡fue tu desgracia!

—Es que yo era feliz, porque en mi pecho
a espiritual amor prestaba abrigo...
—¿Pero el rico, oh mujer, tiene derecho
de insultar con sus pompas al mendigo?
Cuando la ley de la armonía irradie,
como un sol, en las cumbres de la idea,
podrá gozarse el bien que se desea,
si gozar ese bien no daña a nadie.
Tu bien era mi mal. Si fue egoísmo
arrastrarte hacia mí ¿también no lo era
en ti, vivir sin reparar siquiera
un punto en mi pasión? Era lo mismo.
¿Qué mal era mayor? ¿Qué alma más fuerte?
¿Cuál pudo ser la senda preferida:
la paz reparadora de tu muerte
o la lucha angustiosa de mi vida?

Y ya que estás en la mansión serena,
ya que plegaste por la fuerza el ala,
confiésame: la muerte menos buena
es mejor que la vida menos mala!...

—¡Oh Hamlet! ¿y tú hablaste de armonía?
Deja que tras de ti mi rumbo tuerza
y que te arguya, ante la suerte mía,
que nadie quiere el bien, cuando es por fuerza...
—¿Y yo por fuerza no te amé? Y acaso
la fuerza no es el título de muerte.

Con que Naturaleza va a su paso
arrollando a los débiles? El fruto
vale más que la flor, porque es más fuerte
porque tiene más vida; así en el bruto,
así en el hombre, así ¿qué bestia insana
pudo hacer lo que yo: matar por celo
y matarse después? Es que mi anhelo
tiene una fuerza superior: ¡la humana!

—Perdona ¡oh Hamlet! que sabor retenda
el ardor, el afán, el vivo fuego,
que te empujó por la terrible senda
ciego de amor...

—Es que el Amor es ciego,
te amé, te quise mía; y como tu alma
era ya de otro amor, pensé en la calma
de los sepulcros; y cedió mi suerte,
cual cede al viento la marchita hoja;
y, a modo de Colón hacia otro mundo,
quise arrojarme al seno de la muerte,
desde mi juventud, como se arroja
el ágil nadador al mar profundo...
Ya que era refractaria el alma mía
a la flor de los locos entusiasmos,
tuve sed de gozar en mis espasmos
la voluptuosidad de tu agonía...
Te maté, porque sí: fue tu destino.
Ofrecerte mi vida era muy poco:
quise ofrecerte más; me sentí loco,
y te ofrecí mi honor: ¡fui tu asesino!

Así lo quiso nuestra infausta suerte:
para siempre apartados en la vida
o para siempre unidos en la muerte...
Y si culpable fui, no lo fui en vano;
que al empuñar el arma del suicida
me hice justicia con mi propia mano!...

—¿Pero no te arrepientes? ¿No te llena
de zozobra ese Dios, que acaso escucha
cómo conturban la mansión serena 1
las desgarradas voces de tu lucha?

—Miedo, ¿por qué? Sorpresa de alegría;
puesto que en nada mí razón creía.
y me encuentro que hay Dios. Es lo que siente
el mendigo, que, huyendo maldiciente
del vano ruido del festín sonoro,
por las escuetas calles, de repente
ve brillar en el suelo un disco de oro...

Dios juzgará. Filósofo elocuente
en breve frase mi razón encierra:
amarse y generar es solamente
perpetuar el dolor sobre la tierra...
Halle del griego el epitafio impío
quien el misterio de mi tumba viole:
¡Oh qué felicidad, si el padre mío
hubiera muerto, como yo, sin prole!...
No en vano hasta Satán, ya que le veo
acercarse hacia mí, razón me muestra;
pues si en medio al ardor de su deseo
y si en medio al fragor de su palestra,
óyese el ¡ay! de un hijo, en su locura
no sabría qué hacer: Dios lo maldijo;
pero, entre su indecible desventura,
no aumentó su dolor con el de un hijo!...

—¡Calla, calla, por Dios!

—Ofelia amada,
no estás sola: ¡aquí estoy!...

Era ya hora
de que en la obscuridad, cual carcajada
en medio de un dolor, saltase Aurora.
Aurora. Allá en los límites distantes,
que de visiones el misterio puebla,
rompieron a temblar los vacilantes
diálogos de la luz con la tiniebla.
La luna, como Ofelia, se moría
llena de palidez, lánguidamente,
copiando, en su agonía, la agonía
de la marmórea virgen inocente...
Rumoreaban los árboles. Las aves
trinaban en el hueco de las fosas.
Soplaban brisas de perfumes suaves,
llevándose y trayendo mariposas..,

De pronto, en la capilla, entre la urna,
donde yace un Jesús de la agonía,
al desgarrar la lobreguez nocturna,
espántase la luz del nuevo día;
porque, sallando del recinto estrecho
que sujeta sus miembros mal ligados,
el Cristo, en medio de una paz que arredra,
sentado se halla sobre el duro lecho,
mientras que de sus ojos entornados
deja rodar dos lágrimas de piedra...

¿Por qué llora, por qué? Toda la noche
oyendo estuvo el diálogo elocuente;
y a las últimas frases que, en derroche
de luz y sombras, desató el demente,
sintió acaso nublarse la conciencia,
porque pensó, con alma arrepentida,
que debió haber dejado descendencia
como ejemplo de amor para la vida!...

1899.

autógrafo

José Santos Chocano


1 Otra versión trae este verso: cómo contristan la mansión serena


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