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          LA COMPRA DE VENUS

(A Alfonso Caro)

Tal como el hijo de Neptuno un día
sorprendió a Galatea temblorosa
en brazos del pastor, que al fin lozano
era también cual ella, yo querría
mirar junto a tu faz de fresca rosa
las barbas blancas de tu esposo anciano.

¿Qué contraste mayor? Ni el que la nieve
con el sol estival forma en la cumbre....
¡Así se embriaga un moscardón aleve
en la miel de una flor!

La muchedumbre
se arrodilló ante ti: cayó rendida
ante el ara triunfal de tu hermosura;
y tú, al sentirte diosa, envanecida,
quisiste oro tal vez, y, en tu locura,
brindaste en el festín con larga mano
la copa de tu carne fementida
al oro mercader de un torpe anciano!...

¡Oh, la noche de bodas! Las cortinas,
que supieron cubrir el blanco lecho,
consumirse debieron en las llamas
de la bujía al fin. Lecho de espinas
debió tornarse aquél, en que deshecho
tu amor, más que tu honor, si es verdad que amas,
quedó apenas de pie sobre tus ruinas,
como árbol seco de desnudas ramas....

Amor no es árbol que arraigar pudiera
en abrupto peñón. Vano es que quiera
ser torrente tu amor; porque el torrente
sólo fecundaría la pradera,
nunca el yerto arenal.

¡La cana frente
de tu esposo contrasta junto al oro
de tu copiosa cabellera; cuida
de la risa jovial de Pan sonoro,
que vive del amor y ama la vida!

Hoy la luna de miel, luna menguada,
gozas en las campestres soledades;
y satisfecha con sentirte amada,
pero sin amar tú, bajo las frondas
pasas como ilusión de otras edades
viendo tu faz en las serenas ondas
de quieto lago, descansando al borde
de torrente locuaz, bebiendo lampos
y vientos y perfumes, dando un beso
a cada flor cual misterioso acorde
de arpa cólica, irguiéndose en los campos
como estatua gentil de carne y hueso....

Pero por más qae esfuerces el oído,
no podrás escuchar las siete notas
de la flauta de Pan, que esiá escondido,
miedoso de saber cómo a su nido
Amor ha vuelto con las alas rotas.
No escucharás el beso que las ninfas
le dan a los pastores, ni siquiera
el monólogo eterno de las linfas
en que se ve Narciso enamorado.
Soledad sin amor por donde quiera;
¡y allí tú, victoriosa y altanera,
como si fueses reina en despoblado!

Cuando el hijo de Venus, que travieso
armado va del arco de un suspiro
y de la flecha espiritual de un beso,
te halle, a la vuelta de robusto tronco,
tal vez soñando en el voluble giro
de un cántico sensual, oyendo el ronco
clamor de los torrentes, con el alma
puesta en los ojos y los ojos puestos
en ese cielo azul de eterna calma,
fruncirá el rostro con nerviosos gestos
y sorpreso ademán, al encontrarte
deshojando las hojas que cogiste,
a la manera que en la Edad del Arte
encontró a Psiquis, solitaria y triste....

No importa, no, que sobre el hombro acaso
sientas el peso de la cana frente
de tu dueño y señor: él en su ocaso
no da ni quita luces a tu oriente.
No importa, no, que el vivido reflejo
sombrío nubarrón encuentre al paso,
ya que al paso también le da una aureola:
para el Amor que te halla junto a un viejo
lo mismo da que si estuvieras sola....

Sus barbas sobre tu hombro: en sus cabellos
de alba espuma, relucen los destellos
de tu áurea cabellera que se agita
y al undívago viento se destrenza:
¡junto a la cera de su faz marchita,
tus mejillas son rosas de vergüenza!

Y sentirás inútil tu hermosura;
y en vano soñarás con la ventura
de oír, cual blanda música de quejas,
en torno del panal de tu dulzura
el susurro de amor de mis abejas....

Y al no poder batir las alas rotas,
rechazando a tu dueño con espanto,
soltarás ¡ay! como collar de notas
las desatadas perlas de tu llanto:
llanto inútil será. Sólo en tu sueño,
tal como el sueño de Endimión, podría
romper tus ligaduras en mi empeño
y atraerte a mi lado ¡oh luna mía!...

Te debes resignar: de oro es tu yugo;
de oro fue tu ambición.
Loco es tu intento
de soñar primaveras: tu verdugo
es como el tronco que te presta asiento.

Tronco reseco de nudosas ramas,
arraigado esqueleto del que un día
árbol fue, consumido por las llamas;
sin un nido de amor, abandonado,
como el atrevimiento de un malvado,
como la rebeldía de un protervo.
Como un Satán hecho árbol: ¡se diría
que es el asta simbólica de un ciervo!...

1899.

autógrafo

José Santos Chocano


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