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          LA EPOPEYA DEL MORRO

          II. EL CANTO DE LA GUERRA

El ejército es músculo de hierro,
que tempestades de vigor desata
sobre los grandes pueblos de la Historía.
¿Quién rompe el triste y ominoso encierro?
¿Quién la cadena que a los pueblos ata?
¿Quién violenta las puertas de la gloria
y descerraja el calabozo obscuro,
arrojando los ídolos a tierra,
conjurando las albas del futuro
contra las noches de hoy? ¡Sólo la guerra!

Y guerrear es vivir, — la vida es lucha.
Aún, como el torrente que los campos
furioso asalta, rebramar se escucha
al pueblo rey, que en su marcial camino
iba rompiendo con sangrientos lampos
la tempestuosa noche del Destino.
Aún, entre la clásicas lecciones
del docto pueblo heleno, se oye el canto
de Homero a las belígeras legiones
de los dos lustros de fragor y espanto.
Aún la voz del luchador, que en donde
se enseñaba, a pensar, alta corona
alcanzaba en su olímpico deseo:
¡voz de victoria, a la que aún responde,
como eco eterno que vigor pregona,
la enronquecida voz del Coliseo!...

La guerra es tempestad que se desata
a las plantas de Dios; y que al pigmeo
hasta las plantas de su Dios encumbra:
¡Júpiter vibra el rayo con que mata;
Jehová vibra el rayo con que alumbra!

Grande es morir; mas con la frente enhiesta
en heroica actitud, interrogando
al Destino con labios de protesta:
más vale el pueblo que murió luchando
que el que sólo vivió, de fiesta en fiesta
en la enervante paz del ocio blando...

El pueblo que sus cóleras sepulta
en vil resignación, turba es de abyectos:
no, no es esa la paz; ¡esa que oculta,
bajo del mármol frío, hervor de insectos!

Cuando la sacra idea
de paz universal vibre sus palmas,
mil otras liras vibrarán sus notas,
a cuyos ecos vibrarán las almas.
Hoy canta, ¡oh musa! la feral pelea
y a Bolognesi como ayer a Aquiles;
que en el mar de visiones en que flotas,
no asoman ni siquiera los perfiles
de esas nuevas Américas remotas...

Digno es el héroe que la vida exhala
por la patria, que cantes su querella.
Canta la guerra, sí; ríndete a ella:
¡justo es que la condenes, porque es mala;
y justo es que la cantes, porque es bella!

La guerra con que Chile, el cóndor fiero,
acosara al Perú, que aunque vencído
deslumbró como el héroe a la Victoria,
no ha sido por blasón de caballero,
por la mujer de Menelao no ha sido:
ha sido por sentencia de la Hístoria.

Conquistador impulso abrigó el pecho
de Chile siempre; el del Perú la gloria
de sostener al débil contra el fuerte.
Diga Dios de que parte está el derecho:
¿lo está del Heroísmo o de la muerte?

La espada napoleónica que un día
—relámpago de sangre en noche umbría—
trazó linderos ensanchando zonas,
conquistadora fue: porque a su paso,
si ignorándolo acaso
libertó pueblos, conquistó coronas.

¡Ah! la Prusia después, como un torrente,
violó la sepultura del coloso;
y con voz de cañones elocuente
turbó del héroe el último reposo,
para decirle que no valen nada
las conquistas jamás, y que el glorioso
pueblo, en que un día relumbró su espada
veía al fin por extranjera gente
hasta su propia tierra desmembrada!...

¡Mas no el ardor de apostrofar inflame
el alma de la musa; y que, serena
como el cielo purísimo, derrame
luz y no sombras en el ancha arena!

La Guerra del Pacífico es proeza
que apenas pudo Marte haber soñado,
ya que es sueño la vida de los hombres...
Con el arrojo de Espinar empieza;
concluye con la fe de Leoncio Prado;
y se llena con Grau; ¡bastan tres nombres!

El Perú de Espinar corre a la cumbre:
es el que a coronar la cumbre aspira;
el que busca la gloria; el que no mira
como rueda a sus pies la muchedumbre;
y sube, y sube, hasta que al fin expira.
El Perú del estoico Leoncio Prado
es el que sonríe de su suerte:
es el que apura el néctar, sosegado,
hasta hacer la señal, cual buen soldado,
con que marca el instante de su muerte 1.

¡Oh Grau! Tu «Huáscar», redentor despojo
que envuelve el patrio pabellón parece.
El mar, que con la sangre se enrojece,
bandera bicolor finge en las brumas:
la sangre pone el rojo;
y el mar pone el albor de sus espumas!

Como el eco a la nota,
iba la Gloria misteriosa y grave
siguiéndote do quier, siempre atraída:
era cual una celestial gaviota
que seguía la marcha de tu nave,
a través de las brumas de la Vida...

¡Oh Grau, la musa que el ardor celebra
de Bolognesi, el último espartano,
postrado ante el altar en que te mira,
como vestal que quiebra
la sacra leña con robusta mano,
muda de admiración, rompe la lira!

¡Oh musa, canta! ¡Pero no... detente;
que tu labio, marchito
de sed y de dolor, apenas siente
la horrorosa ansiedad de dar un grito!...

autógrafo

José Santos Chocano


1 El comandante Ladislao Espinar murió coronando la cumbre de San Francisco en desigual batalla (1879).

El coronel Leoncio Prado fue fusilado, después de haber caído prisionero en la batalla de Huamachuco: bebió una taza de café, ante el pelotón de sodados que lo ejecutara, y dio él mismo la señal de la descarga al concluir su predilecto néctar (1883).


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