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          LA EPOPEYA DEL MORRO

          VI. ANTES DEL ASALTO

¡Y luego habló el cañón! MORE el primero
que llenó los espacios con el grito
del ronco bronce fue. La inmensa flota
de invulnerable corazón de acero
ensordeció, al tronar, el infinito;
y tal como rebota
desgalgado peñón de la alta sierra,
rebotaba la voz, que de eco en eco
iba a perderse, como un ¡ay! de guerra
de los abismos en el sordo hueco...

Ya la hueste acampada
al pie del Morro ametrallaba fiera
la rebelde altitud, en que dó quiera
el Héroe, cabalgado, discurría,
fija en la diestra la desnuda espada,
seguido de un girón de su bandera;
por aquí, por allá, por donde había
un grupo de soldados en espera,
sintiendo del ardor el acicate,
o abocando el cañón, que parecía
brújula gigantesca del combate...

Y así acabó y por fin, hora tras hora
todo aquel primer día:
la Suerte se gozaba en la demora;
o acaso era cobarde todavía
para asestar traidora
el postrer golpe de su saña impía.

No tan fácil tampoco a los mortales
la Gloria ser podría:
preciso era sufrir con los delirios
de la ansiedad, entre cruentos males.
La Gloria está rodeada de martirios,
como un huerto cercado de zarzales...

El grupo aquel de capitanes fieros
decidió socumbir, pero en fulgores
bañando los aceros:
morir así, vibrando sus espadas,
hasta caer en la batalla ruda
cegados por sus propios resplandores,
no como hato de ovejas devoradas
por famélicos lobos, sin que acuda
la jauría de canes salvadores...

Eco halló entre los míseros soldados
la voz de los gloriosos capitanes;
y asi tras de esa lid no fatigados,
en torno de los símbolos sagrados
de sus patrias banderas, juramento
hicieron de luchar como titanes
hasta ser polvo y esparcirse al viento!

Como el licor de la volcada copa,
habíase esparcido, desde el alma
del héroe altivo hasta la humilde tropa,
el mismo sacro afán. En el paisaje,
Bolognesi era el tronco de una palma,
y la tropa, el ramaje...

En la comida luego de aquel día,
apuraron los tétricos soldados
su alimento postrer, fríos, callados,
con profunda atención ; y no se oía
risa profana que a turbar viniera
aquella calma de dolor sombría,
que se cierne en las almas y en las cosas,
cuando próxima está la nube fiera
a desatar sus iras tempestuosas...

¡Ah! ¡no fue más siniestra la comida
de Príamo y Aquiles! De esta suerte,
su tributo pagaban a la Vida
para después pagárselo a la Muerte.
El griego y el troyano
al fin comieron sobre el cuerpo inerte
de Héctor ¿qué iban a hacer? era lo humano...
Pero ¡ah! los héroes de esta cruda guerra
desdeñaban los póstumos tributos;
y antes de ser abono de la tierra,
le exigían el pago de sus frutos!...

Apartado hacia allá, viendo el oceano,
de aquella tarde al vivido reflejo,
un joven capitán, la arqueada mano
puesta en el entrecejo
como en defensa del fulgor que ardía
del ancho mar en el movible espejo,
bañado el cuerpo en la rojiza lumbre,
una estatua de bronce parecía
que se alzaba de pie sobre esa cumbre.

¿Quién era? Alfonso Ugarte, que a la hora
en que un beso de paz rompe su broche
de vaga luz, cuando encendida nube
finge barco con rumbo hacia la aurora
a través de los mares de la noche,
y cuando el alma de la tierra sube
al cielo entre perfumes y oraciones,
quiere buscar a su febril pupila
mudas contemplaciones,
que allá en la vasta soledad tranquila
le hablen de sus pasadas ilusiones...

Ahí, mirando el mar, cuyo horizonte
ábrese como se abre la esperanza,
el joven capitán, que así sentía
bajo sus pies la cúspide del monte,
amparaba el amor, que sin tardanza
a su ardoroso espíritu acudía
como ave de alas rotas...

                                              A manera
del viejo, que sentado en los umbrales
de su tumba, recuerda lo que era
en sus años de ayer primaverales,
el joven capitán, que entre la fiera
batalla ha de encontrar segura muerte,
pone el recuerdo del placer mundano
en el risueño amor; y altivo, y fuerte,
lleno de juventud... ¡se siente anciano!

Venus, de azules ojos
lo adora como a Paris: y Minerva
de ojos verdes, lo adora como a Aquiles.
Venus placeres y Minerva enojos
le brindan a la par. Nada lo enerva,
nada lo abate: es fuerte en sus abriles;
y enlazando los lauros a las posas
en torno de sus sienes juveniles,
es digno del amor de las dos diosas.

Mas... fíjase de súbito en la escuadra
que a lo lejos se tiende amenazante;
y cual la ola, que protesta y ladra,
a las plantas del Morro estremecido,
ruge él también, y en el confín distante
el trueno repercute ese rugido.
Vuelta la espalda al mar, mira la tierra
en que duerme la sombra sosegada:
sólo un reflejo por las nubes yerra
cual de un cadáver la postrer mirada...
y entonces jura que en el mar...

                                                      ¡El grito
del vibrante clarín, pregona al viento
que la silente paz del infinito
ha bajado también al campamento!...
Aquí y allí esparcidos los soldados,
en sus improvisadas fortalezas,
quédanse en vago ensueño aletargados,
pensando en los amores ya pasados;
y cual repletas copas de tristezas,
rebosan una lágrima escondida
que cólera veloz enjuga luego,
porque esa gota al corazón caída
es una gota de ácido en el fuego...

Por entre la tiniebla silenciosa
que envuelve el campamento,
prolóngase el alerta,
como una voz obscura y temblorosa,
como la voz con que se queja el viento,
como la voz de la extensión desierta
llorando en profundísimo lamento...

Y entre la paz del campamento inerte,
de pronto, en su corcel, con raudo vuelo,
cruza a escape la Muerte,
como una blanca ráfaga de hielo...

¿Y el relámpago aquel hermoso y puro
alma errante del cielo desprendida,
que en carrera de luz hiende lo obscuro
como un ensueño da la Eterna vida?
¡Esa visión, que los espacios puebla
de otras mil era fantástico derroche,
y arroja desde lo alto de la noche
semillas de astro en campos de tiniebla?
¡Es la Gloria inmortal, que cruza el cielo,
atronadora, mientras todo calla,
con dominante y anchuroso vuelo
por encima del campo de batalla!...

Bolognesi no duerme. Incorporado
en el intacto lecho,
fija un dulce recuerdo en el pasado;
y siente encima de su noble pecho
sus gloriosas medallas de soldado.
Entre la obscuridad, la fantasía
finge el combate aquel, en que valiente
a la Victoria arrebatara un día
eterno lauro con que orlar su frente.
Oye la atronadora vocería
que alza en Tarapacá la tropa fiera,
semejante al rebote de un torrente,
de peñón en peñón, por la pradera...

Parece que alguien le hable o que algo mira.
A veces la pupila incierta toma
repentina fijeza; frunce el ceño;
siente que a su redor la sombra gira;
y allá en el fondo, una visión se asoma
que le hace preguntar: —¿Pero es un sueño?

¡La visión de la Patria!
                                        En desconcierto,
se atropellan visiones y visiones,
corno los espejismos del desierto
rasgándose en nerviosas vibraciones.
Ante su fantasía, a las miradas
que hunde en aquella obscuridad de fosa
muévense esas visiones reflejadas,
como sobre las aguas agitadas
se retrata una imagen temblorosa...

¡Es la Patria, ella es!
                                      Procesión rauda
de heroicos hechos y gigantes hombres
pasa, arrastrando la gloriosa cauda
de mil y mil inolvidables nombres...
¡La visión de la patria! Es ella misma
que copia entre las sombras su reflejo;
y no al través de un ilusorio prisma,
sino en la Historia como en fiel espejo...

¡Es la Patria, ella es!
                                      Fija y segura
queda su imagen sola,
mientras la procesión finge una ola,
que al fin se pierde por la playa obscura...

Viste negro crespón; y su mirada
busca sólo la abierta sepultura
que le espera tal vez, en la crispada
mano, la empuñadura
tan sólo muestra de su rota espada;
está pronta a morir... Pero, ¡ah! fulgura,
en sus ojos el toque con que empieza
la conquista del cielo el nuevo día;
que a veces, sin querer, Naturaleza
toma por nacimiento la agonía:
¡Y quién sabe si al fondo, en las conciencias
del Hoy y del Ayer y del Mañana,
nada vienen a ser las apariencias
siempre engañosas de la vida humana!...

¡Ah! Por entre la negra vestidura,
su desgarrado corazón chispea,
como una estrella titilante y pura
por entre el nubarrón que la rodea...
¡Y sin dejar la espada, con la mano
empapada en su sangre todavía,
muestra su corazón, —como al cristiano,
en las visiones del dolor humano,
también le muestra el corazón María!

Y así la noche entera...
                                          Otro sol vino
del grupo heroico a contemplar la gloria;
de ese grupo divino,
que en la escarpada cumbre de la Historia
lucha contra las huestes del Destino...

Volvió el cañón a hablar,
                                          y así indecisa
la Suerte estuvo nueva vez. La brisa
agitaba en el Morro la bandera,
sin que el furor de la enemiga flota
desgarrarla pudiera
al soplo de huracán de la derrota;
acariciada por la brisa, era
el supremo desdén de la arrogancia,
hasta que al tercio sol la hueste fiera
cubrió rápidamente la distancia...

¡Llegó el primer minuto del asalto!
El grupo lo esperó con la segura
idea de morir... Sereno y alto,
destacaba entre todos su ñgura
el héroe en su corcel, sobre el basalto.

Cinco veces mayor, el enemigo
todo lo arrollará, todo... ¡qué importa!
Cinco veces mayor será el renombre
que cada héroe llevará consigo
al sepulcro también. La Vida es corta
para que pueda apetecerla el hombre...
¡Y a la manera de ese grupo fiero
que ante innúmera tropa no se abate,
ni empaña el lastre de su limpio acero,
siempre acosada del dolor, la Vida
es sólo un grupo de años que combate
contra una Eternidad desconocida!...

autógrafo

José Santos Chocano


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