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        CLAUDIA

Con hermana y cuñado veranea
en quinta señoril sobre un ribazo,
asiento y gracia de salubre aldea.
Y no para en el rústico regazo,
y es como una paloma que aletea
por eludir o quebrantar un lazo.

¡Un amor doloroso e inconfeso
que le punza la sien como una espina
y que le sella el labio como un beso,
y que no es como un fruto que se inclina
en débil fibra, por el grave peso
y cae a la primera ventolina!

Como helénica estatua por la suma
corrección de la forma, tez morena,
negror y lustre de corvina pluma
en la rizada y pródiga melena,
y ojos que afectan en su gris de bruma
transparencias de linfa sobre arena.

¡Y qué voz! ¡Cómo vibra en cada nota!
Cambia de timbre y tono en un instante.
Emperlada y sutil fluye y borbota
cual por lecho de guijas onda errante,
y en transición violenta rompe y brota
con aristas que hirieran al diamante.

¡Hermosura infeliz! Arrostra y huella
fiero cráter, y a guisa de aureola
ciñe y carga en la frente una centella.
A un deber sacratísimo se inmola
y arde con el sigilo de una estrella
en los nublados indistinta y sola.

Prueba coraza en donde sufre injuria,
halla en su doble ser ímpetu y traba,
y hervorosa de honor y de lujuria,
y a un mismo tiempo meritoria y prava
muestra el pesar, la humillación, la furia
de una deidad que se sintiera esclava.

Huye del trato y se resiste al brillo,
y busca en el encierro una quimera:
la paz del corazón puro y sencillo.
¡Como si por milagro consiguiera
al golpe de la puerta en el pestillo
burlar sus cuitas y dejarlas fuera!

En pequeño batel hiende la rada
rigiendo con primor caña y escota,
y dice a la tormenta: "¡Camarada!"
Y en el peligro y sin temerlo flota,
y de todo su afán no arroja nada
en su curso y su grito de gaviota.

¡Pobre mujer! Al rayo de la luna
pasea su desvelo y su histerismo
lamentando el rigor de su fortuna,
Conversa con un faro del abismo
y a los misterios de la noche aduna
su secreto, su oprobio, su heroísmo.

¡Admirable amazona la doncella!
Pide un corcel y en el sillín se planta,
nerviosa y ágil, cimbradora y bella,
y parte con un nudo en la garganta,
y compele y fustiga y atropella...
¡y a su cruel torcedor no se adelanta!

Porta en alto su nombre como el lirio
su estambre, la palmera su verdura,
su airón el casco, su fulgor el cirio,
la fe su emblema y el volcán su albura,
y a veces los antojos de un delirio
infiernan a la extraña criatura.

Y en el espasmo súbito que al vuelo
de la colgante y columpiada soga
muerde y crispa las carnes del chicuelo,
Claudia gime, se increpa, se desfoga
y a pezones erguidos mira el cielo
y aun osa blasfemar, porque se ahoga.

Y luego ante una efigie se arrodilla,
y, ay, no logra en la espuma del torrente
aferrarse a la rama de la orilla.
Plañe y ora, confusa y penitente,
dase a Dios, azorada y amarilla,
y en un vértigo va por la corriente.

¡Ciega y tenaz la religión del triste
que demanda mercedes que no alcanza
y en adorar por obtener insiste!
Cándida y portentosa confianza
en una Providencia que no existe
en otra inmensidad que la esperanza!

Cabe un lago de múrice como radial corona
o escudo excelso y nítido, el sol occiduo esplende,
y por el claro piélago inflada y sesga lona
resbala, con un ósculo del astro que desciende.

El mísero casucho y la soberbia granja
ostentan igual fausto, bermejo al par que blondo
y entre plomizas nubes aurina y crespa franja
corta de oriente a ocaso el curvo y zarco fondo.

¡Mirífico el paisaje! Cromáticos vapores
ruedan en copos fúsiles que un hálito desliga,
y de arrebol purpúreos los bueyes aradores
surcan los mondos predios y mugen de fatiga.

En áspera y herbosa ladera que dilata
sus pliegues en profuso y ameno desarrollo,
lanuda grey blanquea como bullente plata
que sobre ponto glauco revela oculto escollo.

En el confín las cumbres cubiertas de celajes,
suspenden y subliman la extremidad agreste.
Así en pos de una prócer las manos de los pajes
levantan y sustentan la fimbria de la veste.

El fango en la hondonada resulta pedrería,
los pájaros gorjean en tumultuario coro,
y oblicuo el trapo túrgido, el barquichuelo estría
un mar que arruga en rasos el índigo y el oro.

Pero por amplio rumbo, abajo abierto adrede,
la nave se rellena de líquido salobre.
La tarde se destiñe y a la penumbra cede,
y el magno dombo asume la pátina del cobre.

Oscuro y vago aspecto de lira se dibuja
al noroeste, rachas con lúgubre armonía
llegan, y el agua es cólera que gruñe y salta y puja
y con fragor voltea nevada serranía.

Y cual humoso aroma venido por encanto
desde una catacumba que la piedad inciensa,
una melancolía de iglesia y camposanto
se añade augusta y fúnebre a la borrasca intensa.

Sentada en el esquife y con sayal de luto,
y sueltos en dos alas convulsas los cabellos,
y al firmamento el rostro, ya cárdeno y enjuto,
la joven ve apagarse los últimos destellos.

Y en su ánimo y su orgullo que de temblar la eximen,
se forja en la catástrofe patrañas prodigiosas:
figúrase que reina en el horror de un crimen
tan grande que perturba el orden de las cosas.

Rabia y estruendo y caos. Ni un plácido reflejo.
Ni rútilos encajes ni sábanas carmíneas.
¡Hostil y enorme cúpula como de bronce viejo
arquea, parda y próxima, sus implacables líneas!

¡Hora siniestra y larga, fatídica y suprema!
El bote combatido e hidrópico se hunde,
y cual de miedo loca, la vela en jiras trema
en las silbantes ráfagas, y la tiniebla cunde.

¡Ola que airada y túmida y resonante meces
en tus agruras íntimas el trágico despojo:
ten lástima y resérvalo al hambre de los peces
o recogido y grávido publicará un sonrojo!

autógrafo

Salvador Díaz Mirón


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