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      DEA

Recio y amplio edificio que no brilla
por la elegancia y el primor del arte.
Fue convento y capilla
y es hospital. Elévase a la orilla
del mar, hacia la parte
de oriente, por la cual hay un baluarte,
de dos que duran a evocar memoria
de antiguos tiempos de tumulto y gloria.

Junto a ríspida rampa de granito,
roña de ruinas y despojos muerde
restos de la muralla de circuito
que son postrer vestigio que se pierde,
y entre la playa bruna y el amparo
de los pacientes míseros, un claro
borda en rústico alarde alfombra verde.

Al norte, recta y espaciosa vía
que a un lado y otro del arroyo cría
y a despecho del régimen propaga
mantos de zacatillo y verdolaga,
y que a un extremo y a cerrar el fondo
tiene un médano gris, enhiesto y mondo.

Al sur y herboso como inculto predio,
un parquecillo ruin en cuyo medio
un zócalo mezquino espera en vano,
con una obstinación que infunde tedio,
la estatua de un gran hombre mexicano.

He ahí mi asilo y el contorno. Cruda
flegmasía me trajo de mazmorra
a celda en que perezco de modorra
y que, quizá por imitarme, suda.
Compasivo guardián me imparte ayuda
y cuando halla ocasión me da permiso
de visitar un rato el paraíso.
Y a frescos y desnudos corredores
que rodean en cuadro un patiezuelo,
salgo a ver sonreír frondas y flores
y a mostrar a la fe de mis dolores
un pedacito del azul del cielo.
Y de gracia mi espíritu se viste
y entonces me pregunto si la suerte
hará otra miel como la paz del fuerte
y otro esplendor como el placer del triste.

Holgábame una vez en tal encanto
y una moza, con rostro de delirio,
pasó, blanca y derecha como un ciño,
lírica y turbadora como un canto,
odorífera y prócer como un lirio.
Parecía ilusión de la mirada.
Iba con paso cadencioso y lento,
y alba ropa de lino almidonada,
y un susurro de brisa en enramada,
y cual fuego la crin volando al viento.
Era de tarde por abril que adoro,
y en un silencio perturbado apenas,
y efluvios de azahares y azucenas
desleían al sol ámbar en oro.

Quedéme absorto y lúgubre. Sufría
présaga desazón. ¡Oh imagen pía!
Ancha y tersa la frente sin pecado,
helénica nariz, boca de fresa,
zarco el ojo de antílope asustado,
elación y decoro de princesa
y un secreto de angustia en un nublado:
¡así te llevo en el sensorio impresa!

Costumbre de inquirir, sabia y notoria,
a la que rindo y pagaré tributo,
movióme a interrogar. Y oí una historia.
¿A quién? A un servidor del instituto,
a un cubano feraz en viles tretas,
a un practicante crapuloso y pigre,
a un mancebo de sórdidas chancletas,
facha de orangután, gesto de tigre.
Pero atended. Su relación incluye
un imán de rumor de agua que fluye.

«La doncella gentil se llama Dea.
Su padre, Juan Falot, vino de zuavo
y aquí, como en Italia y en Crimea,
ganó prez en las lides como bravo.
Herido y preso en Camarón, no pudo
seguir camino a Francia el regimiento;
y ya en salud y en libertad a rudo
trabajo demandó noble sustento.
Cansado de labrar y con su ahorro
adquirióse un tenducho y un ventorro.
Y casó con la reina del poblacho,
una mujer de singular trapío,
modesta y cauta sin ficción ni empacho
y enemiga mortal de todo lío.
Y los meses corrieron, y la esposa
engordaba, soñando con querubes;
y una chica nació sana y hermosa
con un cutis de pétalos de rosa
y un olor como de astros y de nubes.

»¡Qué suplicio el del parto! ¡Cuál estreno!
¡Fruto de humano amor cumple lo escrito:
no se desgaja sin romper un seno
y no respira sin lanzar un grito!
Fausto auroral surgió del horizonte
y a la sangrienta luz que despuntaba,
y en el aroma del cercano monte,
y en las perlas de un trino de sinsonte
¡ay! la madre infeliz agonizaba.
Por hemorragia sucumbió al puerperio.
El cadáver cayó bajo el imperio
de la química, numen de las cosas,
y es en el más humilde cementerio
polvo siempre fecundo en tuberosas.
Pero alma de valer, limpia y cristiana,
yergue aliento que nunca se consume
y aquélla se fue a Dios como un perfume,
disuelta en el carmín de la mañana.

»El pobre viudo encaneció en un día.
¡Cuán tierno y delicado a la pequeña
el que antes, por su indúctil ardentía,
resultaba feroz bajo la enseña!
Arrapiezo el bebé, y en la dulzura
del mimo y al alcance de la mano,
campó sin probar gota de amargura.
¡Frágil y bullidor, lindo y ufano
colibrí del vergel de la ventura!
Su aspecto de pictórico angelito,
su inventiva, su charla, su despejo,
aliviaban con bálsamo exquisito
el ulcerado corazón del viejo.

»¡Precoz muchacha! Con presteza suma
se adiestraba en su hogar según crecía,
y llegó con el medro de la espuma
a la núbil y sacra lozanía.
Y en gusto y dignidad honró penates,
y en cuidar su conducta puso esmero,
y escuchando episodios de combates
retempló su virtud como un acero.
Jamás anduvo en triscas de festines
y sola con sus caras aficiones
vivió en intimidad con sus jazmines
y hablábase de tú con sus gorriones.
Su pensamiento, si salvaba el muro,
era de filo en el espacio, allende,
como el soplo sutil, cimero y puro
que por alto pinar vibra y trasciende.»

Al estro el narrador detuvo el giro
y luego continuó, tras un suspiro.

«Al destino la dicha es una injuria
y el oasis un tósigo al desierto.
El anciano enfermó de albuminuria
y con la virgen trasladóse, al puerto.
Arriba está. Malísimo, por cierto,
y de congoja convertido en furia.
La bella y santa joven —que reside
no lejos, en unión de unas beatas—
acude con frecuencia y lo decide
a someterse a pócimas y natas.
Y bebe horrible hiel en vasta copa
y con firme palabra y sin misterio,
dice que pronto marcharáse a Europa
a gemir su orfandad a un monasterio.

»Musca jerga y nevada muselina
ofrecen a la mártir hechicera
disfraz de prodigiosa golondrina,
palma en inmarcesible primavera.»

Mayo de 1895

autógrafo

Salvador Díaz Mirón


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