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        EPÍSTOLA

A Déltima

Me hallo solo y estoy triste.
Tu viaje, que no maldigo
porque tú lo decidiste,
me hundió en la sombra. Partiste
y la luz se fue contigo.

Somos en este momento
en que el amor nos consume,
dos flores de sentimiento
separadas por el viento
y unidas por el perfume.

Ay de los enamorados
que están en diversos puntos
y viven —¡infortunados!—
con los cuerpos separados
y los espíritus juntos.

Pero el mal de que adolece
nuestra pasión, que Dios veda,
en ti mengua y en mí crece:
aquel que se va padece
menos que aquel que se queda.

Sufres pero no ha de ser
cual tu ternura me avisa;
tu dolor ha de tener
a menudo una sonrisa:
lo nuevo causa placer.

Mas yo, pobre, abandonado,
no encuentro paz ni consuelo;
desde que te has alejado
estoy ausente del cielo
porque tú te lo has llevado.

Extrañarás que hable así,
pero ¡qué quieres! te juro
que no miento. Para mí,
cuanto es halagüeño y puro
empieza y termina en ti.

Y fuera de ti, bien mío,
la infinita creación
no es más que un inmenso hastío:
¡el espantoso vacío
del alma y del corazón!

Tú resucitaste a un muerto.
Yo era —recuerdo importuno—
algo monótono y yerto,
tal como un campo desierto
y sin accidente alguno.

Era un ente sin historia,
una conciencia en asomo
cuando ¡esplendente memoria!
tu presencia hizo en mí como
un cataclismo de gloria.

Derramaste en mi existencia
—en una mística esencia—
la desgracia y la ventura,
el delito y la tortura,
la razón y la demencia.

El ideal canta y gime,
es un abrazo que oprime:
lo dichoso y lo funesto
constituyen lo sublime.
El amor está compuesto

de todas las inquietudes,
de todas las agonías,
de todas las plenitudes,
de todas las poesías,
y de todas las virtudes.

Es el fanal y la tea,
es el hálito que orea
y es el turbión que alborota,
es la calma que recrea
y es la tormenta que azota.

Es un galvánico efecto,
es lo rudo y es lo suave,
es lo noble y es lo abyecto,
es la flor y es el insecto,
es el reptil y es el ave.

Semejante al aluvión
resulta de la fusión
de la rastra y de la pluma,
de la hez y de la espuma,
del pétalo y del peñón.

Tu belleza seductora
dio un destello a mi alma negra,
como el rayo que colora
pone en la nube que llora
el arcoiris que alegra.

Tu imagen grata y radiante
fue un rápido meteoro,
una hermosa estrella errante
que abrió en mi noche incesante
un ardiente surco de oro.

¡Lúgubre suerte me cabe,
contemplar un ígneo rastro!
¡Infeliz de mí! ¡Quién sabe
si cuando el eclipse acabe
veré como antes el astro!

1883

autógrafo

Salvador Díaz Mirón


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