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              FÁBULA QUE NO DUELE

Al encontrarse el pájaro con la flor se saludaron con el antiguo perfume que no es pluma, pero que sonríe en redondo, con el alivio blanco para el cansancio del camino. Echaron de menos al pez, al entero pez de lata que tan graciosamente bordaba preguntas, enhebrándose en todos los cantos, dejándolos colgados de guirnaldas, mientras la rosa abierta crecía hasta hacerse más grande que su alma. Estaba tan alto el cielo que no hubieran llegado los suspiros, así es que optaron por amarse en silencio. Tienes una cadencia tan fina, que ensordecen los pétalos de doloroso esfuerzo para conservar sus colores. Tienes tú, en cambio, un color en los ojos, que la luz no me duele, a pesar del cariño tan tierno con que tus dedos vuelan por el perfume. Ámame. Ámame. El pájaro sonreía ocultando la gracia de su pico, con todas las palpitaciones temblando en las puntas de sus alas. Flor, flor, flor. Tu caramelo agreste es la reina de las hadas que olvida su túnica, para envolver con su desnudez la armoniosa música de los troncos pulsados. Flor, recórreme con tu escala de sonrisa, llegando al rojo, al amarillo, al decisivo «sí» que emerge su delgadez cimera, sintiendo en su cúspide la esbelta savia olvidadiza del barro que le sube por la garganta. Canta, pájaro sin fuego que tienes de nieve las puntas de tus dedos para marcar la piel con tu ardiente guitarra breve, que hormiguea en los ojos para las primeras lágrimas de la niñez. Si cantas te prometo que la noche se hará de repente pecho, suspiro, cadencia de los dientes que recuerden en la sonrisa la luz que no dañaba, pero que iluminaba la frente, sospechando el desvestido ardiente. Si cantas te prometo la castidad final, una imagen del monte último donde se quema la cruz de la memoria contra el cielo, que aprieta en sus convulsiones el perdón de las culpas que no se pronunciaron, que latían bajo la tierra. ¡Flor, flor, flor, aparenta una sequedad que no posees! Cúbrete de hojas duras, que se vuelven mintiendo un desdén por la forma, mientras el aire cae comprendiendo la inutilidad de su insistencia, abandonando sus alturas. El ruiseñor en lo alto no parlamenta ya con la luna, sino que busca aguas, no espejos, recogidas sombras donde ocultar el temblor de su ala, que no resiste, no, el agudo resplandor que la ha traspasado. La verdad es. una sola. La verdad no es perdón, es evidencia, es destino que ilumina las letras sin descarga, de las que no se pueden apartar los ojos. Al fin comprendes, cuando ya es tarde para salvar la vida a ese ruiseñor que agoniza. Cuando la flor te ha dicho adiós, ultimando la postura de su corola ante la indiferencia de tu frente encerrada. Cuando el perfume te ha rondado sin que las yemas de los dedos acariciasen su altura, que no ascendía más que a las rodillas. Cuando tú solo eres un tronco mutilado donde tu pensamiento falta, decapitado por el hacha de aquel suspiro tenue que te rozó sin que tú lo supieras.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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IV  
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