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        A LA SALIDA DEL PUEBLO

Todos ellos eran hermosos, tristes, silenciosos, viejísimos.
Tomaban el sol y hablaban muy raramente.
Ah el sol aquel dulce, que parecía cargado de la misma viejísima vida que ellos.
Un sol casi melodioso, irisado, benévolo,
en aquellas lentas tardes de marzo.

No había que hablar con ellos, sino ingresar, demorarse.
El ideal allí parecía ser dormir suavemente
bajo aquel sol y en aquella densísima compañía.
A veces mirándolos se pensaba
en una piedra dorada, arcillosa, quizá pulida por el paso de las lluvias y de los soles.
Allí puesta la piedra repetida,
allí templada y existida, padecida,
victoriosa y comunicada bajo aquella piadosa luz solar.
Otros quedaban fuera del palio de las ramas
y estaban sentados, acurrucados y meditaban exactamente como la piedra.
Otros dormían como rodados del monte hace siglos, allí, en el borde de la inmóvil falda majestuosa.

Pero todos agrupados, diseminados en el corto trecho,
callados y vegetativos, profundos y abandonados a la benigna
mano que los unía.

Mucho allí se podría aprender. De tristeza, de vida, de paciencia, de limitación, de verdad.
Pasaban los jóvenes alborotando.
Cantaban las muchachas y se atropellaban riendo los niños.
Y nadie miraba.
A un lado del camino solían reunirse los viejos.
Próximo estaba el pueblo, y allí los domingos
era el tránsito y la vida, y la persecución y la agitada inocencia.
Pero ellos dormían, o ajenos miraban.
Solo con una casi metafísica presencia ya para el sol.
Viendo el vaporoso transcurso de los que pasaban.
Sí, como un vapor increíble,
como un vago sueño en que a veces filosóficamente se distraían.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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II. La mirada extendida