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        EN EL BOSQUECILLO

Así la vida es casi fácil. La vida no es tan difícil.
Es día de fiesta, nos levantamos por la mañana, y el mar está enfrente.
Pesada plata con luz, con lomo tranquilo.
A veces una barquilla resbala; apenas se mueve. Y estamos los dos asomados.
¡Qué hermoso ese cielo!
Cielo grande, rendido, redondo, completo. Cielo todo sobre las aguas.
Y salimos. Y la ciudad asciende, y arriba está verde. Ah, tranquilo bosque donde a veces moramos.

Largo es el día en sus troncos. Y allí
la tarde de arriba adviene. Es la luz. Tamizada
entre los pinos, pura, fresquísima.
Toda la idealidad se presiente invisible, más allá de las copas ligeras.
Pero a nosotros nos basta esta pasión serenada en bondad,
este alegrarse a la hora en que mirar el mar alejado que aguarda
es casi inocencia,
es casi alegría continua que, en un instante sin bordes, se diera.

Aquí en la eminencia, el bosquecillo, y allí abajo el mar desplegado, el mar contenido,
el mar en que tantas veces hemos bogado, sumos, en la mañana.
La tarde se cumple, y tú estás tendida, y yo veo las mariposas estivales,
los lentos gusanillos de colores, el diminuto insecto rojo que sube.
Por tu falda ruedan briznas, parecen rodar, descolgándose para ello, los cánticos de los pájaros.
En tu dedo brilla una mota de sangre. Pulcra coccinela que ha ido ascendiendo
y sobre tu uña un instante se queda y duda. Elitros leves,
finas alas interiores que sorprendentemente despliega. Vuela y se aleja
en el zumbido del bosque, puro, caliente.
Casi hubiera podido mirarla sobre tus ojos. Punto dormido,
punto encendido, allí como la vida toda, dulce en tus ojos.

Y luego bajamos. Crujen las púas secas de los pinos bajo el pie claro.
Tarde encendida y clara. Tarde con humos.
Lejos el mar se calla. Pesa, y aún brilla.

¿Oyes? Sí, allá la ciudad parece lentamente encenderse, baja, sin ruido.
Y nosotros ya no nos vemos. Ven. ¡Qué ligeros!
En tu talle, la vida misma. Casi volamos.
Casi nos derrumbamos, corriendo, desde aquel monte, rumbo a la gloria.
Rumbo al silencio puro de ti,
oh noche.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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III. La realidad