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        ANTIGUA CASA MADRILEÑA

                        I

Dura es la mano del que alzó esta piedra.
Dura fue, o fueron manos.
Esta calle se alza en barrio oscuro que huye de las luces novísimas,
rezagada en su historia, casi un túnel
desde «entonces» a «nunca».
Pero esta casa aún existe.
Aún o todavía son palabras, conceptos que nada tienen que ver con la presencia,
o su materia, y obvios.
Aquí está fundamental. Piedra hacia arriba.
Es esta la fachada: un muro; nunca dicho
mejor: un muro alzado, pertinente, continuo.
Al ras del suelo empieza, en la calle estrechísima,
con voluntad extrema de dejar eso fuera:
toda la calle, y otras: el mundo aquí termina.
Se levantó como un telón macizo, y hacia dentro la vida.
¿Qué veis? Una inmensa pared sin vanos,
determinada, y solo arriba, en lo alto,
en la esquina final, dos ventanitas,
un agujero doble por donde cumplir solo
el destino animal de echar aliento.
Pero la mole inmensa, sin distracción, recusa
que hacia fuera haya nada: ni luz ni dimensión.

Todo hacia dentro es vida.

La escalera se abre en un rincón opuesto, apenas se
abre: un agujero solo, porque el cuerpo es preciso que alguna vez se rehaga y huya, y vuelva luego.
A su enterizo estar dentro, sin aire, sin luz: su estar completo.
Un estar solo al alma,
solo al alma sombría, porque en sombra la luz se enciende y vese
y arde continua, y dura,
y vence y no se apaga
sino con el morir, que otras llamas alumbra.

Esta casa se hizo en 1607, unas letras lo dicen,
aún raspadas y vivas. Con un helor luciendo.
Y allá en la ventanita hay humildes macetas, cuatro flores rojizas
y un botón amarillo. Son olor y colores.
Son vida, vida innúmera que se asoma a un ayer de esta calle enterrada,
desde un hoy, desde un nunca.

                        II

Flores y unas macetas. Y unas rejas tramadas.
En su origen los hierros,
esos que aquí miramos, fueron puestos, cruzados,
para sujetar fija la veleidá imposible
de unos ojos oscuros.
Alguna vez una mirada en sombra,
entre finas pestañas profundas, se asomó a estas tres cruces
(no más da el vano férreo)
para mirar a una capa airosísima

deslizarse a lo largo, o a un sombrero en saludo barrer la calle en sombra.
Nunca una mano dijo adiós en ellos, pero los ojos fúlgidos,
avanzando su luz, rompiendo la oscuridad, lucieron
haciendo senda a un hombre.
La tentación a veces bajo las lunas pálidas
pone estrellas más bajas que los cielos perdidos.
Entre las piedras brillan, tras los hierros, y alumbran
y titilan y esperan, o confirman, y abrasan.
Sus hierros no son nube: menos vanos, y aún vanos.
Tapan menos las luces, y al fin son transparentes.

Pero estos hierros que sujetaron vida, inútilmente acaso,
porque las voluntades nunca fueron del todo
prisioneras y quiebran y quebrantan, y abaten,
hoy son sostén humilde
de una ñor, de un perfume.
Rojas, amarillentas —verdes sus tallos claros—,
exhaladas de un barro suben, trepan, aspiran
y a los hierros se engarfian y buscan luz, luz, cielo.
Y los hierros quietísimos mudos casi se ablandan,
casi ramas arbóreas de estas rosas crecidas,
y mezclados hoy nacen, hoy renacen, olvidan,
vida mezclada a vida bajo la luz del cielo.

                        III

Antaño eran apenas unos ojos recónditos,
aimas como una lumbre que en su materia ardiesen.
Y detrás solo sombra, sombra continua, espesa.

Si ayer ojos oscuros,
hoy flor, humildes flores con colores ardientes,
o en cándido color. Pero no existen solas.
Unas manos sitúan
el tallo, lo aproximan
junto a la luz, y crece, y permite las rosas.
Estas manos cada mañana apagan
la sed nocturna de estas vidas humildes.
Silvestre flor que un poco de amor pide. Agua o besos, caricias
de luz, las más delgadas para los justos pétalos.
Manos que se levantan de otra oscura faena.
No manos de una dama cuyo esfuerzo un pañuelo
mide cuando pendiente de dos dedos resbala
sobre el fiel guardainfante o inmensa rosa inversa.
Sino hoy manos activas que hasta muy tarde muévense,
con una aguja en vilo, o pasada en los lienzos.
Esas manos descienden de unos brazos aún jóvenes.
Sus venas delicadas suavemente se esparcen,
silenciosas de noche bajo una luz muy próxima.
Manos leves, cansadas, que ligeras se agitan,
fruncen, miden, extienden, graciosamente ajustan,
y como una escultura una forma levantan,
vacía, y allí luce. Y unos ojos la admiran.
¿La admiran? El artista dispuesto está a admirar,
a vivir lo compuesto. Vivirlo es darle vida.
Hacer es vivir más. Y verlo hecho es mirarlo
próximo y diferente, y su creador criatura
lo siente, siendo aún él mismo y otro. No admira: vive viendo.
Pero quien ha gastado su vida no en la llama sino en la negación
de vivir, no siente que hizo sino que gastó sin fuerzas,
ganando apenas para su ir perdiendo.
Estas manos se agostan cada noche y renacen
cada mañana. Manos vivas, y no por unas sedas baladíes
que pasan sin quedar nunca aquí,
sino quizá o aún por estas leves flores matinales que ellas hacen o empujan, y se alzan
y suben y respiran, y aspiran, fuera, libres...
Desde el barro paciente.

Manos de amor que aquí se dan por esta alta ventana,
tras estos mismos hierros que hoy no velan aquellos ojos fúlgidos,
sino que humildes toman los tallos cuando ellas los apoyan
y mezclan sus materias diferentes.
La ventana luce su vida, pues es de ella, y no es de ella.
Y efímera un instante, da su olor.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. IV. Incorporación temporal