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        TERCER PAR
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Vida

Aquí en la vida presente este niño es un niño.
Pesaroso, si triste, pero pidiendo risas.
Tiene ese mismo pelo rubio, pero no cae abatido
por una luz severa de los altos vitrales.
Aquí cae silencioso pero gracioso, hacia adelante y quiere
reír con brillos generales de un sol abierto y libre.
Llega a la frente el pelo y rueda, y un flequillo cercara,
enmarcando los ojos que allá chispean lícitos.
Ojos entre pestañas espesas, oscuros como la sombra que el sol mismo prestase.
Y dentro la pupila tan pura que es el alma,
el infantil estar, con grandes ojos.
No es un salón, ni un muro, ni un mármol donde el pie grave pisa.
Ni son tapices lentos, gualdrapas, ni armaduras.
No son bóvedas altas. Que dan, hueco, el gran eco.
Más alta, más, hay bóveda. La gran bóveda, insigne,
solar: el cielo inmenso. Aquí el niño está mudo.
En pie, su ladeada cabeza descansa sobre el bracito, apoya
su fina traza en la madera erguida:
el mango de una pala que el borde tiene en tierra.
He aquí un instante quieta una figura ilustre.
Ilustre pues que existe, porque del suelo yérguese,
suelo también erguido, terral, y su hombro es tierra.
O luz. Lo mismo, y arriba su delicada testa,

un triunfo numeroso: la boca, el labio, el cuello, la suave
mejilla, la tersa frente y luego luz, más luz: el pelo en brillos.

Este niño ha movido su mano. Ha alzado esa pala con tierra al aire,
en horas, en más horas. El sol crecía
reciente cuando empezaba su jornada virgen,
y decaía el sol cuando el templado niño suelta su mango y cesa.
No: sube su mano y pasa su dorso sobre su frente mate.
¡Sudor! No es el rocío. Sus gotas matinales, cuando existen, son frescas,
pero estas tan pequeñas que apenas se originan en el menudo espacio,
son vespertinas gotas abrasadas
que caen y no de un cielo, y sí: mas ruedan.

Este niño es hoy niño. Como un hombre trabaja. Y es niño aún. Y dura.
Y pasa. Dulce expresión reciente cuando amanece el día:
acorde luz. ¡Qué corta! Dudosa sombra extinta,
casi sin luz, o luz callándose,
cuando, volviendo, avanza sobre el terrón espeso, la grama, el tallo erguido.

Y al fin llega. Y el niño es aún más niño
cuando en más sombra duerme.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. VI. Retratos anónimos