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      EXTRAVAGANCIAS

Regnum meum est hujus mundi

Jesús de Nazaret

                  I

  Si la indolencia es tu norte,
alma loca y atrevida;
si no te importa la vida,
nada perderla te importe.
  Deja que la muerte corte
mi esqueleto baladí;
porque extranjera ¡ay de ti!
en el mundo en que no cabes,
lo que te falta no sabes,
pero tú sobras aquí.

                  II

  Reina altiva destronada
que a tus verdugos insultas
y llanto de sangre ocultas,
sufriendo incomunicada.
  Ya que la suerte irritada
te pone su faz tan seria,
ojalá que la materia
Dios a mi tumba la mande;
porque te siento muy grande,
y aquí no hay más que miseria.

                  III

  Tú a quien destino iracundo
hace un infierno sufrir,
puedes con Cristo decir:
No es mi reino de este mundo.
  Y qué ¿al dejar el inmundo
planeta, en que los malvados
son los bienaventurados,
alma, irás a que te quemen
a ese otro infierno que temen
los espíritus menguados?

                  IV

  Tras de tu negra orfandad
y tu negra pesadumbre,
¿irás al antro de lumbre
por toda una eternidad?...
  Levántate ¡por piedad!
No te acobarde el averno,
que si es tu destino eterno,
y eres tú soplo divino,
el aliento de Dios trino
¿podrá arder en el infierno?

                  V

  Tu porvenir es de flores
en ese cendal de estrellas,
do tal vez alguna de ellas
te encante con sus fulgores,
  y quizá de tus amores
cierre con su amor la historia,
sacude la vil escoria,
vete a la región bendita;
porque Dios te necesita
para que aumentes su gloria.

                  VI

  Muy pronto estarás allí,
libre del sucio capuz,
y bañada en mar de luz,
de una luz que no hay aquí,
  en palacios de rubí
dicha inefable gozando,
te espaciarás, encontrando,
vaporosos y tangibles,
esos mundos imposibles
que te fingiste soñando

                  VII

  Que tu vuelo se remonte,
águila regia, nacida
para cruzar atrevida
espacios sin horizonte.
  Disponte a partir, disponte,
que ignoro por qué delito
en este cuerpo maldito,
alma infeliz, te encadenas
tú a quien apenas, apenas
podrá bastar lo infinito.

                  VIII

  Dios que los astros enciende,
te impuso por expiación
solitaria reclusión,
que alma a quien no se comprende,
  es idioma que no entiende
ninguno; luz eclipsada;
vestal en vida enterrada;
niña que de hambre expirando
hace un esfuerzo gritando
en el destierro, olvidada.

                  IX

  ¿Por qué con tanta ansiedad
buscas lo desconocido?
Díme, ánima, ¿qué has perdido
en la etérea inmensidad?
  ¿No ves que tu vaguedad
sirve a la razón de velo,
y que tu febril anhelo
risa insultante provoca?...
¡Alma infeliz!... ¡si eres loca,
busca tu jaula en el cielo!

Antonio Plaza Llamas


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