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        FAMILIA DE LA NOCHE

                    I

Si entro por esta puerta veré un rostro
ya desaparecido, en un clima de pájaros.
Avanzará a mi encuentro
hablándome con sílabas de niebla,
en un país de tierra transparente
donde medita sin moverse el tiempo
y ocupan su lugar los seres y las cosas
en un orden eterno.

Si contemplo este árbol, desde el fondo
de los años saldrá una voz dormida,
voz de ataúd y oruga
explicando los días
que a su tronco y sus hojas hincharon los crepúsculos
ya maduros de hormigas en la tumba
donde la Dueña de las Golondrinas
oye la eterna música.
¿Es con tu voz nutrida de luceros
gallo astrólogo ardiente,
que entreabre la cancela de la infancia?
¿o acaso es tu sonámbula herradura,
caballo anacoreta del establo,
que repasa en el sueño los caminos
y anuncia con sus golpes en la sombra
la cita puntual del alba y del rocío?

Estación del maíz salvado de las aguas:
La mazorca, Moisés vegetal en el río,
iba a lavar su estirpe fundadora de pueblos
y maduraba su oro protegido por lanzas.
Parecían los asnos
volver de Tierra Santa,
asnos uniformados de silencio
y de polvo, vendiendo mansedumbre en las canastas.

Grecia, en el palomar daba lecciones
de alada ciencia. Formas inventaban,
celeste geometría,
las palomas alumnas de la luz.
Egipto andaba en los escarabajos
y en los perros perdidos que convoca la noche
a su asamblea de almas y de piedras.
Yo, primer hombre, erraba entre las flores.

En esa noche de oro
que en pleno día teje la palmera
me impedían dormir, Heráclito, tus pasos
que sin fin recomienzan.
Las ruinas aprendían de memoria
la odisea cruel de los insectos,
y los cuervos venidos de las rocas
me traían el pan del evangelio.

Un dios lacustre andaba entre los juncos
soñando eternidades
y atesorando cielos bajo el agua.
La soledad azul contaba pájaros.
Dándome la distancia en un mugido
el toro me llamaba de la orilla.
Sus pisadas dejaban en la tierra
en cuencos de agua idénticos, muertas mitologías.

En su herrería aérea las campanas
martillaban espadas rotas de la Edad Media.
Las nubes extendían nuevos mapas
de tierras descubiertas.
Y a mediodía, en su prisión de oro,
el monarca de plumas
le pedía a la muerte que leyera
el nombre de ese Dios escrito sobre la uña.

Colón y Magallanes vivían en una isla
al fondo de la huerta
y todos los salvajes del crepúsculo
sus plumajes quemaban en la celeste hoguera.
¿Qué queda de los fúlgidos arneses
y los nobles caballos de los conquistadores?
¡Sólo lluvia en los huesos carcomidos
y un relincho de historia a medianoche!

En el cielo fluía el Amazonas
con ribereñas selvas de horizonte.
Orellana zarpaba cada día
en su viaje de espumas y tambores
y la última flecha de luz
hería mi ojo atento,
fray Gaspar de las nubes, cronista del ocaso
en esa expedición fluvial del sueño.

Por el cerro salía en procesión la lluvia
en sus andas de plata.
El agua universal pasaba la frontera
y el sol aparecía prisionero entre lanzas.
Mas el sordo verano por sorpresa
ocupaba el país a oro y fuego
y asolaban poblados y caminos
Generales de polvo con sus tropas de viento.

                    II

Tu geografía, infancia, es la meseta
de los Andes, entera en mi ventana
y ese río que va de fruta en roca
midiendo a cada cosa la cintura
y hablando en un lenguaje de guijarros
que repiten las hojas de los árboles.
En los montes despierta el fuego planetario
y el dios del rayo come los cereales.

¡Alero del que parten tantas alas!
¡Albarda del tejado con su celesta carga!
El campo se escondía en los armarios
y en todos los espejos se miraba.
Yo recibía al visitante de oro
que entraba, matinal, por la ventana
y se iba, oscurecido, pintándome de ausencia
¡alero al que regresan tantas alas!

En esa puerta, madre, tu estatura
medías, hombro a hombro, con la tarde
y tus manos enviaban golondrinas
a tus hijos ausentes
preguntando noticias a las nubes,
oyendo las pisadas del ocaso
y haciendo enmudecer con tus suspiros
los gritos agoreros de los pájaros.

¡Madre de la alegría de la tierra,
nodriza de palomas,
inventora del sueño que consuela!
Madrugadores días, aves, cosas
su desnudez vestían de inocencia
y en tus ojos primero amanecían
antes de concurrir a saludarnos
con su aire soleado de familia.

Imitaban las plantas y los pájaros
tus humildes afanes. Y la caña de azúcar
nutría su raíz más secreta en tu sien,
manantial primigenio de dulzura.
A un gesto de tus manos milagrosas
el dios de la alacena te entregaba sus dones,
Madre de las manzanas
y del pan, Madre augusta de las trojes.

¡Devuélveme el mensaje de los tordos!
No puedo vivir más sin el topacio
del día ecuatorial.
¡Dame la flor que gira desde el alba al ocaso,
yacente Dueña de las Golondrinas!
¿Dónde está la corona de abundancia
que lucían los campos? Ya sólo oro
difunto en la hojarasca pisoteada.

                    III

Aquí desciendes, padre, cada tarde
del caballo luciente como el agua
con espuma de marcha y de fatiga.
Nos traes la ciudad bien ordenada
en números y rostros: el mejor de los cuentos.
Tu frente resplandece como el oro,
patriarca, hombre de ley, de cuyas manos
nacen las cosas en su sitio propio.

cada hortaliza o árbol,
cada teja o ventana, te deben su existencia.
Levantaste tu casa en el desierto,
correr hiciste el agua, ordenaste la huerta,
padre del palomar y de la cuadra,
del pozo doctoral y del umbroso patio.
En tu mesa florida de familia
reía tu maíz solar de magistrado.

Mas, la muerte, de pronto
llegó al patio espantando las palomas
con su caballo gris y su manto de polvo.
Azucenas y sábanas, entre luces atónitas,
de nieve funeral
el dormitorio helaron de la casa.
Y un rostro se imprimió para siempre en la noche
como una hermosa máscara.

Es el pozo, privado de sus astros,
noche en profundidad, cielo vacío.
Y el palomar y huerta ya arrasados
se llaman noche, olvido.
Bolsa de aire no más, noche con plumas
es el muerto pichón. Se llama noche
el paisaje abolido. Sólo orugas habitan
la noche de ese rostro yacente entre las flores.

autógrafo

Jorge Carrera Andrade


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