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            EPÍSTOLA

Desde las tristes márgenes del Sena,
Cubierto el cielo de apiñadas nubes,
De nieve el suelo, y de tristeza el alma,
Salud te envía tu infeliz amigo,
¡A ti más infeliz!... y ni le arredra
El temor de tocar la cruda llaga,
Que aun brota sangre, y de mirar tus ojos
Bañarse en nuevas lágrimas... ¿Qué fuera
Si no llorara el hombre?... Yo mil veces
He bendecido a Dios que nos dio el llanto
Para aliviar el corazón, cual vemos
Calmar la lluvia al mar tempestuoso.

Llora pues, llora: otros amigos fieles,
De más saber y de mayor ventura,
De la exótica virtud en tus oídos
Harán sonar la voz; yo que en el mundo
Del cáliz de amargura una vez y otra
Apuré hasta las heces, no hallé nunca
Más alivio al dolor que el dolor mismo;
Hasta que ya cansada, sin aliento,
Luchando el alma y reluchando en vano,
Bajo el inmenso peso se rendía...

¿Lo creerás, caro amigo?... Llega un tiempo
En que gastados del dolor los filos,
Ese afán, esa angustia, esa congoja,
Truécanse al fin en plácida tristeza;
Y en ella absorta, embebecida el alma,
Repliégase en sí misma silenciosa,
Y ni la dicha ni el placer envidia.

Tú dudas que así sea: y yo otras veces
Lo dudé como tú; juzgaba eterna
Mi profunda aflicción, y grave insulto
Anunciarme que un tiempo fin tendría...
Y le tuvo: de Dios a los mortales
Es esta otra merced; que así tan solo,
Entre tantas desdichas y miserias,
Sufrir pudieran la cansada vida.

Espera pues: da crédito a mis voces,
Y fíate de mí... ¿Quién en el mundo
Compró tan caro el triste privilegio
De hablar de la desdicha?... En tantos años,
¿Viste un día siquiera, un solo día,
En que no me mirases vil juguete
De un destino fatal, cual débil rama
Que el huracán arranca, y por los aires
La remonta un instante, y contra el suelo
La arroja luego y la revuelca impío?...

Lo sé: contra los golpes de la suerte,
Cuando solo en nosotros los descarga,
El firme corazón opone escudo;
Mas no acontece así... ¿Y acaso piensas
Que no he perdido nunca a quien amaba
Más que a mi propia vida?... Si un momento
Te da tregua el dolor, vuelve los ojos
A un huérfano infeliz, enfermo, triste,
Solo en el mundo, sin tener ya apenas
A quien llorar... que a todos en la tumba
Unos tras otros los hundió la muerte.

En la misma estación (¿ves? tu desgracia
Ha vuelto a abrir mi dolorosa herida)
Perdí una madre tierna, idolatrada,
Mi dicha y mi consuelo; tras sus huellas
Mi triste padre descendió a la tumba;
Y abrazados bajaron, de consuno
Pronunciando mi nombre, que a lo lejos
Sonó en mi corazón, no en mis oídos...
Corrí, volé, llegué; mas ya fue en vano:
La fatal losa a entrambos cobijaba;
Y para colmo de pesar y angustia;
Aun encontré la tierra removida!

Tú has hallado, si es dable, más consuelos
En tu grave aflicción... Aunque rebelde
Se vuelva contra mí tu pena misma,
Por fuerza has de escuchar mi voz severa,
Que no aduló jamás a la fortuna,
Ni ahora adula al dolor. —Tú en tu desgracia
Hallaste mil consuelos, que la suerte
Cruelmente me negó: viste a tu esposa
Y la cuidaste en su dolencia extrema;
Tú recibiste su postrer suspiro;
Tú estrechaste su mano; tú la viste
Tender a ti los brazos, y cual prenda
En los tuyos dejar su amada hija...

Pero yo propio, sin querer, ahondo
El puñal en tu pecho, renovando
Ante tu vista la funesta imagen
De la noche fatal, en que aún luchaba
La vida con la muerte... Ya sus penas
Para siempre acabaron: ella misma,
Vueltos al cielo los piadosos ojos,
Se lo rogó en su angustia; y la esperanza
Brilló al morir en su serena frente.

¡Oh, si nos fuera dado del sepulcro
Penetrar los arcanos!... ¡Cuántas veces
Nuestro acerbo dolor se templaría!
En este mismo instante, en que lamentas
De tu mísera esposa el fatal hado,
¿Quién te ha dicho, infeliz, que más dichosa
No esté gozando de eternal ventura?
¡Callas, y sobre el pecho la cabeza
Dejas caer!... No calles, no; responde:
Sondea, si te atreves, el abismo
Que de tu amada esposa te separa;
Cruza la eternidad; y luego dime
En dónde está, si es mísera o dichosa,
Si pide luto o parabién.
                                        No ha mucho
(A ti contarlo puedo; alegres otros
Riyeran de mi triste desvarío)
Hallándome en la orilla encantadora
Del mar tirreno, la ciudad dejaba,
Madre de los placeres; y a Pompeya
La débil planta absorto dirigía...
Fuentes, jardines, quintas y palacios
A mis ojos brillaban; mas la mente
Penetraba más hondo, y poco a poco
Se iba estrechando el corazón... las flores
Entre lava nacían, y esos pueblos,
Hoy ricos, florecientes, ocultaban
Otros pueblos felices algún día,
Labrados sobre otros que ya fueron.

Llegaba al fin a divisar los muros
De la ciudad desierta, y ya anunciaban
Que fue un tiempo morada de los hombres
Los sepulcros que orlaban la ancha vía:
A su arrimo descansa el pasajero;
Que ellos le dan sombra y reposo... Al cabo,
A las puertas tocaba; y en su linde
El vacilante pie se detenía,
Cual si temiese profanar osado
La mansión de los muertos. —Ni un acento,
Ni una voz, ni un murmullo... hasta parece
Que el eco está allí mudo, y no responde.
Cruzaba lento las estrechas calles
Sin huella humana; pórticos y plazas
Sin un solo viviente, en pie los muros,
Desiertos los hogares; y en los templos
Sin víctimas las aras... y aun sin Dioses.

¡Qué pequeño, qué mísero y mezquino
El mundo ante mis ojos parecía
Cuando me hallaba allí!... Sonrisa amarga
Asomaba a mis labios, recordando
La ambición de los hombres, sus venganzas,
Sus proyectos sin fin: un breve soplo
Sus bienes y sus males como el humo
Disipa, y la ceniza a cubrir basta
Una inmensa ciudad, cual leve polvo
Cubre un vil hormiguero...
                                              Así abismado
En tristes reflexiones, recorría
Aquel vasto recinto silencioso,
Cual una sombra vaga entre sepulcros:
Los lazos que me ataban a la tierra,
Aflojarse sentía, y libre el alma
Lanzábase, dejando atrás los siglos,
Al espacio sin límites... ¡Si vieras
Lo que es la triste vida, comparada
A aquella inmensidad! De cierto, amigo,
Cuajadas en tus ojos quedarían
Esas copiosas lágrimas que viertes;
Y en la tierra fijándolos, tú propio
Allí vieras el término a los males;
El descanso y la paz, de que ya goza
La que tú lloras, tú que por el suelo
Arrastras como yo la dura carga.

Mas en tanto que el cíelo te concede
Volverte a unir a tu adorada esposa,
Consagra a su memoria los instantes
Que de ella ausente estés, y su recuerdo
Tu corazón anime; y en tus labios
Resuene siempre su apacible nombre...
¡Ni cómo de tu esposa olvidarías
El claro ingenio, el alma generosa,
La divina beldad; dotes preciados
Que rara vez el mundo admiró unidos!

Mas ya te veo hacia el opaco bosque
De cipreses y adelfas caminando,
Pendiente de tu diestra una corona
De tristes siemprevivas; y los ojos
Apenas alzas, descubrir temiendo
El monumento de perpetua pena
Que de tu esposa las cenizas guarda...
Tanto infeliz como acorrió piadosa,
Tanto huérfano pobre y desvalido
De que fue tierna madre, los que un día
Su bondad y sus prendas admiraron,
En largas filas, silenciosos, mustios,
Tus pasos lentamente van siguiendo,
Y cercan su sepulcro... ¿No los oyes?
Suyos son los tristísimos sollozos,
Suyas las quejas y el confuso llanto
Que interrumpen las fúnebres plegarias...
Yo aquí no tengo, para ornar su tumba,
Ni una flor que enviarte: que las flores
No nacen entre el hielo; y si naciesen,
Solo al tocarlas yo se marchitaran.

autógrafo

Francisco Martínez de la Rosa


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inglés Translation by James Kennedy