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      EL CARNAVAL

Hic summa est insania.

Horacio

Callad, no me sopléis, diosas del Pindo,
Y tú, crinado Apolo, aparta a un lado,
Que hoy de tu numen délfico prescindo.

A ti, Momo procaz y descarado,
A ti te invoco, mofador eterno,
Ya del estro satírico impulsado.

Tu influjo, con permiso del gobierno,
A mí descienda, y reirán los hombres,
Y reirá Caronte en el Averno.

Y tú, lector benigno, no te asombres
Si a las nueve doncellas no demando
Inmortales proezas y altos nombres;

Que ni es este su siglo, ni en su bando
Me acogerán los Píndaros; que el búho
Mal con los cisnes brillará cantando.

Ingenuo en lo que valgo me valúo,
Y no soy como Clori la italiana,
Que exige pesos mil por cada dúo.

No, hinchando mi pellejo cual la rana
Que reventó de orgullo, hasta las nubes
Alzar pretendo yo la frente vana.

Tú, que al Olimpo sin escala subes,
Allá pulsa mi lira, Fabio mío,
Y dancen en tu torno los querubes.

De ti, de tu sublime desvarío,
Y del humano género demente,
Y de mí, de mí propio yo me río.

¿Y por qué no reír? ¿Soy yo intendente?
¿Soy padre provincial? ¿Soy covachuelo?
¿Quién me obliga a fruncir la adusta frente?

Quien no espera una toga, ni un capelo,
Ni cruzarse del santo Hermenegildo,
Siquiera de reír tenga el consuelo.

Respeto a quien me manda, y no le tildo;
Sus timbres, su decoro, su importancia
Por mí no ha de perder ningún cabildo;

A nadie ofendo yo. Pues, pesia Francia,
¿Por qué no he de reír, si a la chacota
Me provoca doquier la extravagancia?

Mas no te admires, no, si alguna gota
Mezclo de amarga tuera con la risa
Que me respinga ya naturalota.

¿Oís? Ya, maldiciendo al que le pisa,
Petardos vende el ciego por la plaza,
Y petardos el dengue de Melisa.

Ya la pueril caterva se solaza
Prendiendo al elegante  remilgado
Sobre el rico sedan hedionda maza.

¡Oh Carnaval risueño y anhelado!
Haciendo gala ya del sambenito,
El pueblo te saluda alborozado.

¡Ya, abusando del público apetito,
Esta es la mía!, dice el pastelero,
Y el hojaldre encarece y el cabrito.

Ya la manola con procaz salero
Cantando al son de ronca pandereta
Alborotado tiene el barrio entero.

Ya al avaro, ignorante de la treta,
Cabe el umbral de alegre barbería
Escarmienta clavada la peseta.

Ya, cuando el manto de la noche fría
Al mundo vela, en lúbrica algazara
Madrid aguarda el presuroso día.

¡Filósofos! Mirad. ¿Quién lo pensara!
Rubias, cetrinas, espantosas, bellas...
Ya no hay mujer contenta con su cara.

¡Filósofos! Reíd. Veinte doncellas,
Modelos de beldad, Fileno esquiva,
Y de vieja salaz sigue las huellas;

Vieja salaz, que un soplo la derriba,
Y aun en el pecho siente, a par del asma,
De ridículo amor la llama activa.

¡Huye a rezar, escuálida fantasma!
¡Huye, y sumida en olvidado lecho
Ponte la consabida cataplasma!

¿Veis aquel que tan vano y satisfecho
Arrastra en el salón purpúreo manto?
Pues no tiene ni viña ni barbecho.

¿Veis aquel otro que se engríe tanto
Porque ostenta una toga? Ayer me dijo:
¡Qué morazo  sería aquel Lepanto!

Necio y sabio, la corte y el cortijo...;
Todo se amasa aquí. Cada viviente
Es una farsa andando, un acertijo.

Ya el guirigay resuena impertinente.
¿Y cómo no reír cuando a un becerro
Oigo charlar en tiple aunque reviente?

¿Y cómo no reír cuando por yerro
Se ciñe diplomática venera
Quien debiera llevar rudo cencerro?

Ved. En vano Damón busca a Glicera,
Y en tanto un licencioso mancebillo
De su mórbido talle se apodera.

¿Y quién se guarda del osado pillo?
¿Y quién le acusa, quién, si cada bulto
Puede apenas pisar medio ladrillo?

¡Qué bulla! ¡Qué sudar! Acá un singulto;
Allí se escucha un ¡ay, que me sofoco!
Allá de un pisotón nace un insulto;

Otro acullá da vueltas como loco;
Otro, creyendo oír plática tierna,
Oye tal vez rabaneril descoco;

Más allá con las náyades alterna
En muelle danza un sátiro nefando
Que cinco lustro s mueve en cada pierna.

No allí de puro amor el eco blando;
Que el metro de Reaumur  sube con furia.
¿Dónde es ido el rubor? Es contrabando.

Ya al oído más casto no es injuria
Torpe solicitud. Ya su veneno
No reboza galante la lujuria.

¡Oh cuadro escandaloso! Mal enfreno
Mi horror al contemplarte y mi quebranto;
Que cristiano soy yo, no sarraceno.

No llega, oh Momo, mi locura a tanto
Que a carcajadas sin pudor me ría
Cuando debo anegarme en triste llanto.

Ya opresa de dolor el alma mía...
Mas ¡llorar un satírico poeta!...
¡Y en Carnaval!... No, no. ¿Qué se diría?

«¿Eres tú, me dirán, anacoreta?
¿Tendrás más juicio tú, que nos reprendes,
Si el dominó  te cubre y la careta?

»¿Acaso el mundo reformar pretendes?
¿No ha de otorgarse al pueblo algún recreo?
¡También contra las máscaras la emprendes!»

Basta, no me creáis; que me chanceo.
Torno a reír, y el dominó  me pongo,
Y en bacanal festín me regodeo.

¿Yo llorar? Solitaria como el hongo.
Llore la fea que el cartón desata,
Al componerse incauta su zorongo.

El necio llore que gastó su plata,
Y acudiendo a la cita de una Elena,
Topa una bruja legañosa y chata.

Llore aquel que su capa, mala o buena,
Pierde en la confusión; y más si en tanto
Goloso Micifuz  traga su cena.

Llore a lágrima viva don Crisanto,
Que buscando un amor pesca una fiebre,
Y su viaje apresura al camposanto.

Llore y alfalfa coma en un pesebre
Aquel que por bailar una galopa
Deja que otro galán cace su liebre.

Llore el que gasta miles en su ropa,
Y un clavo se la rasga, o vierte en ella
Beodo bailarín la henchida copa.

Llore y maldiga su menguada estrella
El que se ve de un fatuo perseguido,
Que le soba, y le tunde, y le atropella.

Llore y se ahorque el mísero marido
Que de la mano lleva a su consorte
Donde la espera incógnito el querido.

Llore y escarnio sea de la Corte
El que en la fe descansa de su novia
A quien de micos sitia una cohorte.

«Que se divierta. Es fiel. Si uno la agobia...»
¡Bien! Serás venturoso en tu himeneo
Como yo soy obispo de Segovia.

¿Qué mucho, si en tan cínico bureo
Tal vez sucumbe Porcia, y Artemisa
Afrenta a su llorado Mausoleo?

Amor en Carnaval anda de prisa.
¿Veis? Por allá desfila una pareja.
¿Dónde van? ¿Qué sé yo?... No irán a misa.

Allá sueña placeres una vieja,
Y a su hija entre tanto un mozalbete
Placeres no soñados aconseja.

«¡Clara!... Lléveme usted al gabinete.
Allí estaba bailando la mazurca...
No la veo. ¡Ay Jesús! ¿Dónde se mete?

»¡Clarita! Y yo que estoy hecha una urca,
¿Cómo pasar?... ¡Dios mío, qué empellones!...
Quien sepa el paradero de una turca...»

«¡Eh! ¡Que deshace usted los rigodones!»
«¡Clara!...» ¡Sí, buenas noches! Ya está Clara
Donde no la hallarás ni con hurones.

Llore el que paga triple en cada vara
La tela que en egipcio le convierte
A un mercader ladrón, que no es Guevara.

Llore el menguado cuya dura suerte
A escuchar le conduce un desengaño,
Y le dicen después que se divierta.

Mas ¿qué digo llorar? Aun en su daño
Todo prójimo ria y se alboroce;
Que no hay dos Carnavales en el año.

Y en buen hora Semíramis retoce,
Y con Dido Temístocles meriende,
Y baile Jezabel con Carlos Doce.

Y aquí y allá Cupido como duende
Gire triunfante, sin cuidarse un punto
De si Holanda sucumbe o se defiende;

Que también de la guerra es un trasunto
Danza de Carnaval, por más que en ella
Pocas damas imiten a Sagunto.

Y si teme la púdica doncella
Que audaz alguna diestra la analice,
No al baile tentador lleve su huella.

Y con tu prenda en tálamo felice
Duerme y ronca, oh marido, si la danza
Funesta cefalalgia te predice.

Haya broma, haya júbilo, haya holganza.
Alégrese Madrid: puto el postrero;
Que ya el terrible Miércoles  avanza.

Jóvenes, vaya todo al retortero.
Descolgad las cortinas de damasco,
O víctimas seréis de algún prendero.

«¿Dónde está mi broquel? ¿Dónde mi casco?»
Se lo llevó Fabián el meritorio.
«¿Y qué me pongo yo? ¡Vaya, que es chasco!»

«Venga usted a ayudarme, don Liborio;
Que no sé yo ponerme los gregüescos.
Acuda usted... ¡Jesús, qué purgatorio!»

«¿Y usted no tiene traje? ¡Estamos frescos!
Vamos, póngase usted esa chamberga,
Que un día espanto fue de los tudescos.

«Tú en esa funda de colchón te alberga;
Tú ponte el casacón de la otra noche,
Y tú el refajo y el jubón de jerga»

«¿Estamos todos?» «¡Ay! Me falta un broche.
—¡Mi careta! —¡Mi liga! —¡Oh pierna...! —Vaya,
No mire usted, don Blas. —¡El coche! ¡El coche!»

¡Oh bien haya mil veces, oh bien haya,
Farsante Carnaval, tu amable caos
Que previene al placer tan ancha playa!

Niñas, de la estación aprovechaos.
¡Buen ánimo, donceles!, ¡arma!, ¡guerra!;
Que gran cosecha habrá de Menelaos.

Si llora algún Heráclito y se emperra,
Ya veréis como a sátiras le hundo
Y le diré: no hay santos en mi tierra.

Ayer cierto doctor, hombre profundo,
Con tétrico semblante me decía:
«Perpetuo Carnaval es este mundo.

»Tal vez a la infernal hipocresía
De la piedad cobija el sacro velo,
Y en la humildad se esconde la osadía.

»Máscara de amistad viste Juanelo,
Que hoy te acaricia, y forjará mañana
Contra tu honor anónimo libelo.

»Tal vez entre la turba cortesana
Fidelidad parece la lisonja,
Y celo ardiente la calumnia insana.

»Aquel que siente escrúpulos de monja
Si por la puerta pasa del teatro,
Es de los hijos pródigos esponja.

»Don Luis, que dice a Laura: te idolatro,
Es máscara también; que su falsía
Anda a caza de tres y engaña a cuatro.

»Y mujeres sin fin te nombraría
Que, con ungüentos que inventó una bruja,
Estrenan una cara cada día.

»Juan, que andaba no ha mucho a la granuja,
De noble patriotismo se disfraza,
Y es del erario público sanguja.

»Máscara lleva aquel que de su raza
La nobleza desmiente, y en su mano
No sentaría mal una almohaza.

»Y máscara también el publicano
Que con plumas de cándida paloma
Garras esconde de rapaz milano.

»Y es máscara falaz el suave aroma
Que compra a Petibón  aquel mancebo,
Ciudadano asqueroso de Sodoma.

»Y aquél... Mas callo ya; que me conmuevo,
Y me ciega el furor, y en esta era
A predicar verdades no me atrevo».

Dijo el doctor, y echó por la otra acera;
Y me guardó las vueltas; y con maña
En un burdel entró. ¿Quién lo creyera!...
Muchos doctores hay de esta calaña.

autógrafo

Manuel Bretón de los Herreros


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