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  RECUERDOS DE UN BAILE DE MÁSCARAS

A Dorila

    Yo no sé cómo mi acento
Te diga que al ciego niño
Por ti rendido me siento,
Porque me sobra cariño,
Y me falta atrevimiento.
    Por más que el temor me enfrena,
Callar no puedo la pena
En que por tus ojos vivo;
Que el más humilde cautivo
Gime al son de la cadena.
    Mas ¿quién me asegura, di,
Que si te digo: «¡ay hermosa!,
Muero de amores por ti»,
Con sonrisa desdeñosa
No te has de mofar de mí?
    Mientras halla mi talento
Algún término a esta lucha
Que me da fiero tormento,
Hermosa Dorila, escucha,
Que voy a contarte un cuento.
    Érase que se era un baile
Donde yo también dancé,
(Si danzar aquello fue)
Porque nunca he sido fraile,
Ni lo soy, ni lo seré.
    Allí estaba media Europa,
Medio mundo. ¡Qué de trajes!
Y entre galopa  y galopa
Cegríes y abencerrajes
Bebían en una copa.
    Abriendo paso los codos
Corrían de ceca en meca,
Alegres y no beodos,
Dido, Cleopatra, Rebeca,
Cimbros, lombardos y godos.
    La música hacía son,
Y bailaban la mazurca
Sin maldita la aprensión
Un paleto y una turca,
Una china y un valón.
    Otros van al ambigú
Y entre damas y clientes
Consumen medio Perú.
¡Y qué llaneza de gentes!
Todos se hablaban de tú.
    Allí el gigante, el enano,
La ochentona, la pupila,
El agreste, el cortesano;
Todos, ¿lo creerás, Dorila?
Tenían voz de soprano.
    ¡Cuánta cabeza al través!
¡Cuánta farsa de entremés!
¡Oh qué de figuras raras!...
Todas, todas con dos caras.
Y algunas tenían tres.
    No se andaban por las ramas
Más de cuatro mozalbetes,
Y entre galanes y damas
Llovían los epigramas
Y los dimes y diretes.
    Te digo a fe de varón
Que no sé cómo describa
Tan amable confusión,
Y tanto dulce empellón
Por activa y por pasiva.
    No faltó algún colegial
Que viendo tanto bullicio
Dijo con voz doctoral:
Este es el final del juicio,
Si no es el juicio final.
    Dudé yo si aquel salón
De palaciegos sería;
Y no extrañes mi opinión,
Porque a millares había
Semblantes de quita y pon.
    ¿Cuándo se ha visto en Iberia
Reír con la cara seria?
¿Quién muestra el rostro sereno
Con un áspid en el seno?
Pues de todo hubo en la feria.
    ¡Qué estrepitosa alegría!
¡Qué broma! ¡Qué algarabía!
¿Quién no estaba divertido?
Sólo algún sandio marido
O bostezaba o gruñía.
    Muchas hembras con tesón
Conservaban el cartón;
Y otras muchas al instante
Lo apartaban del semblante:
Todas con mucha razón.
    Todo allí se confundía:
La viuda con la doncella;
La sobrina con la tía;
La horrorosa con la bella;
La paloma con la arpía.
    ¡Oh! si te contara yo
Milagros de una careta,
Prodigios de un dominó...
Detente, lengua indiscreta.
¿Chismecillos? Eso no.
    «Farsas, caretas... ¿Hay tal?
En vez de pintar su amor,
Un baile de Carnaval
Me pinta ese buen señor»,
Dirás tú ahora. --Cabal.
    Temo que un no me escarmiente
Y busco rodeos mil;
Mas ¿qué amador es prudente?
Huyendo del perejil
Me va a salir en la frente.
    Has de saber que en la sala,
Volviendo al baile y al cuento,
Me embromó cierta zagala
Que era de gracia un portento
Y de hermosura y de gala.
    Desnudo el brazo de nieve,
Ceñía airoso corpiño
Aquella cintura leve.
La madre del ciego niño
Con menos gracia la mueve.
    Peine de plata labrada
Con gentileza prendía
Su cabellera trenzada,
Y el propio metal lucía
En una y otra arracada.
    No pintaré su primor;
Que aquel dorado cabello
Me parecía mejor,
Y aquel torneado cuello
Es plata de más valor.
    De matizado percal
Era el limpio zagalejo,
Y a su talle celestial
Daba más brío y gracejo
El ligero delantal.
    Aunque envidioso cubría
Cándido cendal su pecho,
¡Ay! yo vi cómo latía,
Y en mi amoroso despecho
¡Mal haya el cendal! decía.
    Mostraba el pie sin cautela,
Y algo más, la alegre saya;
Y, aunque soy buen centinela,
Aun decía yo: ¡Mal haya
Tanta abundancia de tela!
    La careta que llevaba
Apenas sus labios rojos
Como al descuido enseñaba,
Y dos rayos en sus ojos
Con que mil almas llagaba.
    ¡Cuán grato y suave su aliento
Llenaba de aroma el aire,
Mi corazón de contento!
¡Cuál brillaba su donaire
En el menor movimiento!
    No se muestra tan lozana
Al despuntar la mañana
La gaya rosa de Abril,
Cual mi máscara gentil,
Cual mi fresca valenciana.
    ¡Qué garbo! ¡Qué bizarría!
¡Qué despejo de mozuela!
¡A cuántas sonrojaría
En la huerta de Orihuela,
Y en la playa de Gandía!
    Yo le dije mil amores,
Que no tuvo por agravios,
Porque, grata a mis loores,
Las palabras de sus labios
Fueron otras tantas flores.
    Su mórbida mano hermosa
Me abandonó generosa;
Yo en las mías la estreché,
Y aun en mi fiebre amorosa
Jurara que la besé.
    Depuesto el cartón esquivo,
Vi luego en su cara bella
Tan poderoso atractivo,
Que desde entonces sin ella,
Dorila hermosa, no vivo.
    Y este imán de mi deseo,
Tesoro de los placeres,
Envidia de las mujeres
Y de los hombres recreo...,
Dorila amable, tú eres.
    He aquí mi cuento acabado.
¡Ah! no me muestres ahora
El lindo rostro enojado;
No la que esperaba aurora
Se torne fiero nublado.
    Si eres conmigo inhumana,
Si mi esperanza aniquila
Tu tibieza cortesana,
Me quejaré de Dorila
A mi dulce valenciana.
    Otra vez dame la mano,
Y tú verás cuán ufano
El néctar en ella bebo...,
Aunque te cubras de nuevo
Ese rostro soberano.
    Niégueme Dorila  el sí
Y, pues mi bien sólo fundo
En la máscara que vi,
Dorila  para el mundo;
Valenciana  para mí.
    ¡Ah! no imites por mi mal,
Pues tu hermosura me hechiza,
Esa costumbre fatal
De convertir en ceniza
Las glorias de Carnaval.
    Y si al fin me has de afligir
Con un no; si desdeñado
Decretas verme morir...,
Haz cuenta que te he contado
Un cuento para dormir.

autógrafo

Manuel Bretón de los Herreros


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