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    LAS MONTAÑAS ÉPICAS

A mis amigos de Monterrey

... sur ces sommets clairs où le silence vibre,
dans l'air inviolable, inmense et pur, jeté, je
crois entendre encore le cris d'un homme libre!

HEREDIA

                  I

Cuando clarea o ya cuando atardece,
se destacan informes a lo lejos
cual una sombra azul, que a los reflejos
del crepúsculo gris se desvanece.

Mas su contorno gigantesco crece
festonado por árboles añejos
que se erizan cual ásperos cadejos,
cuando el día triunfante resplandece.

Y en la noche, los áridos peñascos,
las vértebras enormes del coloso,
sus empinados riscos y crestones,

semejan, en bosquejo tremebundo,
el esqueleto rígido y monstruoso
de un muerto sol pesando sobre el mundo.

                  II

Contempladas de cerca, repentino
asombro se apodera de la mente
y en los nervios y músculos se siente
circular el pavor de lo divino.

No el blando helecho ni el robusto encino
predominan en la áspera vertiente,
ni fulgura en las cumbres castamente
la blanca nieve del paisaje andino.

Sus arrugas de piedra, sus picachos
donde el hierro incrustóse en rojas vetas
y plantó el jaramago sus penachos,
aparecen cual hachas formidables,
titánicos puñales y saetas,
lanzas ingentes y ciclópeos sables.

                  III

¿Por qué muestra tan épica figura
esa enorme cadena de montañas?
Sus formas terroríficas y extrañas
sólo Dios modeló, no la ventura.

Bajo su prodigiosa arquitectura
se guarecen palacios y cabañas,
fructifican los trigos y las cañas
y el abundoso manantial murmura.

Y allá, sobre las cumbres de granito,
las águilas indianas siempre alertas,
bajo el dosel azul del infinito

guardando están de nuestro honor las puertas,
al ultraje cerradas y al delito,
a la esperanza y al amor abiertas.

Manuel José Othón


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