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LA MUERTE

A Manuel del Cabral

La muerte viene, sí, con resplandores,
con el hueso del hombre de la esquina;
trae las discusiones del periódico, la política,
el nudo aquel del vino
que ahogaba, a voces, al gendarme.

La muerte viene, hoy, ejemplar, enérgica
en el desgarrón de este mi solo traje;
se le cayó un botón a la dulce camisa de mi amigo
y en él la muerte estaba, sudorosa,
con su cálculo máximo, matemática,
comiéndose al botón,
las coles, las manzanas de esta venta.

Y las pobres mujeres, los soldados,
la vieron tercamente pararse en las esquinas
y decirles: «No hay paso para ustedes»,
enseñando su cuerpo de hojas secas,
sus huesos sin milagros, su alma seca.

La muerte se ha metido en los teatros,
en los taxis de agosto, en el invierno puro
            de diciembre,
en las relojerías donde fabrican el tiempo de las
            gentes,
en la Gran Vía. Allí comió muchachas ejemplares,
dejó un hueco, no notado por nadie.
Quemó un verso, purísimo, en el aire.
Se sentó en «California» , comió helado.

La muerte está de fiesta, en la taberna,
donde quema gitanos, donde bebe un coñac extraño,
            extraño,

José Emilio González


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