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      POEMA INTERMINABLE A UNA BOCA AUSENTE

Con mi mirada toco el borde de tu piel
y con los ojos en la curva de tu boca pienso;
y el pétalo de tu regazo mi mano atiende,
ardiente y canso ahora el labio tembloroso,
palmo a palmo el peso de mi cuerpo deteniendo.

Tú, miradora indecisa, tu mano sobre mis labios pones
y con tus dedos mi boca espías,
acercándose tu aliento y respirándonos,
boca mágica ¡oh, Betsabé! sobre cálido sabor de boca.

Largo anhelo junto a tus labios siento
en inmóvil Apocalipsis esparciéndose,
cubiertos hasta ayer de viejas y febriles profecías,
relicarios de plata son: un escondido parpadeo
y una música profunda que de tu paladar emerge.

Los dedos, al refugio de tu pelo, acariciantes,
boca entre tu piel mi aire respirando;
guardada está mi mano en el hálito de tu suspiro
y la lengua al borde de la risa enloqueciente
que, amorosa, piérdese en el negro límite de la mirada.

Muerden lenguas dientes, y el aire haciéndose saliva perfumadora;
y, en silencio, manos buscan piel, sembrando de amor los cuerpos,
entre el alba sábana y la lágrima aterida.

De olores agridulces y de húmedos besos dolorosos,
Eurídice, tu miel mi cuerpo aprende;
y en pálpito violento se convierte el tibio aroma.

La tantas veces tu pupila por Cupido herida
anega en mi garganta la palabra entrelazada
que del fondo de tu entraña extrae la llama
sumergiente en la sangre de paloma de tus labios;
calmándose en el cáliz de tu boca de albahaca
y en el contorno cálido de las cerezas de tu sonrisa.

Respiras boca sobre mi boca cuando la aurora
muéstrame tu mejilla de jaramago y amatista,
extasiada ante el sollozo dulce y tierno
del arrullo dorado de tu cintura,
cual ánfora ¿sabes? mil mañanas imaginada.

Tu boca de amaranto es leve huida de medianoche:
alborada, niña, pasión, sendero, perennes iniciales
abrazadas al labio desnudo que se inunda,
desbordantes las frescas azucenas diluidas.

Respiro moridor y llanto nocturno tu boca callada es,
marihuana y plenitud de mis quimeras;
por tu ausente cuerpo viajan mil nostalgias,
la tan tenue sombra del otoño rociando de misterio.

Y es tanto el dolor que cruje en mis estelas
que solo el roce de tu carne transparente me sosiega.

Mientras, el viento preñado de tu respiración escucho
y oigo tus sueños de esperanzas ciegos:
son desvelos lastimeros de mi nostálgico deseo, el desvarío
que, de sudores fugaces, tu boca va meciendo.

En la alfombra de tu lengua nazco cada día
y mi oficio de amor acuna el sobresalto,
cuando eterna, e inocente, mi alma en tu incienso quemo.

Tardía llama y lamento de perfume es tu dulzura,
maravilla de coral y sinagoga de amor
en mi boca; tu mano estrechadora
como el agua por la espina de la rosa corre.

Humedad es en mi nuca el soplo de tu cuerpo
y amante escalofrío es de dientes sobre mis suspiros;
tímida tu voz flota sobre el contorno sudoroso,
eclipsado una vez más el indeciso beso,
un anárquico tragaluz la brisa de tus ojos siendo.

La atmósfera inmóvil en mi vientre recarga el beso largo
de nuestra temporalidad: gélido engaño.

En tu desnudo cuerpo hoy desmaya mi alma toda.

Solo sabores de madreselva hay en mi boca.

Por mi mente una muerte dulce aprisionada va en tu boca.

Y aún me estremece tu olor: tu boca.

David Pérez


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