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      EL SILENCIO DE LA AMADA

Ella era su amada.
Era su vida, su fe, su esperanza,
su amiga, su mundo, su recuerdo,
su anhelo, su alegría, su tristeza...
Ella era su amada,
y como su amada, era el temor y el
deseo, la sombra de la duda, la rosa
y la espina, la mañana, la noche,
la rutina, el dolor, el cielo, porque era
su amada, y aunque no lo sabía, siempre
sería la que él quería que ella fuese...
Unos días se conformaba con mirarla,
y sus ojos le decían tantas cosas...
Ella no las entendía, ¡pero qué bella era!
Era cierta, como el amor, alegre, como el
mar, pequeña como un suspiro, y sobre
todas las cosas, era su amada, perfecta,
única, preciosa.
Era el otoño, con sus hojas tristes,
la Primavera, con todo su esplendor,
inteligente, notable, verdadera, la
amada era la luna y el sol y las estrellas...
Por eso, cuando aquél día,
la vio caminar en silencio, en compañía de
otro, no dijo nada, se quedó pensando,
sin corazón, vacío,
proyectando el amor que en ella habitaba,
un dolor en el alma lo llenó de frío,
y comprendió que jamás sería ya su amada.

Juan Miguel Melgar Becerra


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