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              SENSACIÓN OLOR

A Remigio Crespo Toral

Iba yo en mi caballo, por una angosta senda,
Entre un bosque de encinas. Soñaba una leyenda
De encantamientos, hadas, monstruos, duendes y endriagos;
Y, con mis sueños mudos y con mis ojos vagos

Marchaba lentamente, pero tan lentamente
Que el caballo mordía las yerbas.
                                                            Un torrente
Culebreaba en un flanco; y en el otro, las rocas
Me enseñaban sus puños y las cuevas sus bocas.

De repente, el caballo se detuvo. Las crines
Sacudió; en su relincho se insinuaron clarines;
Y sus cascos sonantes arrancaron del suelo
Cien chispas. En el musgo, como en un terciopelo,
Vi el mentón de una ropa de mujer ¿Quién sería?
Desmonté; y en mis manos, con nerviosa alegría,
Levanté aquella ropa que aun estaba caliente,
Y aspiré sus perfumes y hundí en ella mi frente...

¡Oh, qué olor! Una onda de embriagantes vapores
Me envolvió. Por en medio de un aroma de flores
(Dalias, magnolias) una penetración de vida
Sentí, como saliendo de una gruta escondida,

En la que ninfas griegas y lúbricos salvajes
Tuviesen una danza de amor entre follajes.
Era aquello una aguda provocación, un reto
O una audacia en el fondo de algo siempre discreto;

Una como memoria de los tiempos paganos
En que iban las bacantes tomadas de las manos
Y orladas con las hiedras. ¿Hiedras? ¡Oh, maravilla
Fuese verlas orladas con hojas de vainilla!

¡Ese, el olor! Vainilla de bosques tropicales
Que afina y enardece los olfatos sensuales,
Con el culto que es propio de una virgen montaña,
Que bajo el Sol se estira y en un caudal se baña,

Pomposamente llena de ese perfume intenso
Que tiene algo de almizcle, de sándalo y de incienso...
Pero no; que hay, a veces, en el traje, otro aroma
Que es más que fuerte extenso, que a nido de paloma

O que a seno de virgen huele: huele a inocencia;
Y hace pensar en una celeste transparencia.
Evoca a las cristianas doncellas, que el martirio
Sufran con gentiles actitudes de lirio,

Podas llenas de tibia castidad, todas llenas
de un Sol que hacía auroras por dentro de las venas.
Es un olor a pinos resinosos, un suave
Hálito que es a modo del ensueño de un ave

O de una mariposa. Las densas trementinas
De los bosques caducos impregnan, con sus finas
Evaporizaciones, los trajes que entre ellas
Pasan; y los viajeros imprimen menos huellas

Que las que llevan luego, de esos bosques, sus trajes.
Tal vez tiene su choza por entre los ramajes 1
De un pinar resinoso, la criolla, que acaso
Zabulle en el torrente su desnudez de raso.

Y, en fin, en una onda que llegó a inflar mi pecho,
Olí caoba. Entonces imagineme un lecho,
Un diván a su lado y un ropero labrado:
Una alcoba de aquellas con que siempre he soñado...

Solté el traje. Jinete nueva vez, el camino
Proseguí entre la selva digna del Florentino;
Y mientras que el caballo relinchaba, yo olía
En el viento un perfume de mujer todavía.

El torrente alargaba su estrangulado grito,
Hilaba espumarajos en ruecas de granito;
Y sonaba, rompiéndose en las rocas filudas,
Como un gran palmoteo sobre carnes desnudas...

autógrafo

José Santos Chocano


1 Otra versión trae este verso: Ha de tener su choza por entre los ramajes


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