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          ODA SALVAJE

Selva de mis abuelos,
Diosa tutelar de los Incas y de los Aztecas,
Yo te saludo, desde el mar, que estremece
Todas sus espumas para besarte, como besa
Un viejo esclavo
Los pies de su Reina;

Yo te saludo, desde el mar, sobre cuyas crines
Tus brisas perfumadas se restriegan
Y tus troncos mutilados
Señalan a la ventura el camino de las Américas;
Yo te saludo, desde el mar, que te es amable
Como un cacique de intonsa cabellera
Y que sabe que de los apretados renglones
De tu indescifrable leyenda
Sale el árbol hueco y alígero
Que lo muerde con la quilla y lo devora con la vela;
Yo te saludo, desde el mar, selva de mis abuelos,
Diosa tutelar de los Incas y de los Aztecas...

Vuelvo a ti sano de alma,
A pesar de las civilizaciones enfermas;
Tu vista me conforta,
Porque, al verte, me siento a la manera
De los caciques primitivos,
Que dormían sobre la yerba
Y bebían leche de cabras salvajes
Y comían pan de maíz con miel de abejas;
Tu vista me conforta,
Porque tu espesura de ejército me recuerda
De cuando, hace novecientos años,
Discurrí a la cabeza
De veinte mil flecheros
poesías selectas
Que, arrancándose del éxodo tolteca,
Fueron hasta el país de los lagos y los volcanes,
En donde el chontal sólo se rindió ante la Reina,
Y de cuando trasmigré al imperio
Del gran Inca Yupanqui, y le seguí, por las sierras
A las vertientes de Arauco,
En donde con las alas de cóndor nos improvisábamos tiendas.
Tu vista me conforta,
Porque sé que los siglos me señalan como tu Poeta,
Y recojo, del fondo alucinante
De tus edades quiméricas,
La voz con que se dolían y exaltaban,
En sus liras de piedra,
Los haraviccus del Cuzco
Y los Emperadores Aztecas,
Los jempines del Arauco indomable
Y los rapsodas que repetían, de selva en selva,
Las historias de los Palenques y Tahuantisuyos
Babilónicamente desaparecidos de la tierra...

Ahora que a ti me acerco
Y me siento con tu savia en las venas,
Creo desterrar las siglos
Y hacerlos desfilar por tu juventud perpetua:
Evoco yo los tiempos informes
En que tu primer árbol cuajó sobre una piedra
Y apareciéronte todos de repente,
Aquí y allá, con el ordenado desorden de las estrellas.

Y evoco yo los tiempos
Oue han pasado en una procesión monótona y lenta,
Hasta que tus raíces succionaron el ímpetu
Y tus troncos se acorazaron en sus cortezas,
Y los nudos de tus ramas se desataron
En este himno inacable de tu única Primavera
Jaula florida de pájaros sinfónicos,
Eres como el fantasma de una orquesta:
Sinsontes y turpiales
Ponen en tus oídos estupefactos músicas nuevas;
Y solamente mudo
El quetzal heráldico te ornamenta,
Arcoirisando el símbolo de sus largas plumas
Sobre las sienes de una gran raza muerta...

Tus mariposas azules y rosadas
Se abanican como damas coquetas;
Tus cantáridas brillan
Como las talismán ¡cas piedras
Incrustadas en las empuñaduras
De las espadas viejas;
Tus chicharras se hinchan clamorosas
En una fiebre de pitonisas coléricas;
Y en la pesadilla
De tus noctámbulas tinieblas,
Se confunde
El pestañeo de las luciérnagas
Con el temblor azufrado
De las pupilas satánicas de las fieras...

Tuya es la danta
Que sorprende en los charcos la deformidad de su silueta
Y se va abriendo paso entre los matorrales,
Al golpe enérgico de su cabeza;
Tuyo el jaguar, que brinca,
En el alarde acrobático de sus fuerzas,
A los árboles corpulentos
Para dejarse caer súbito sobre su presa;
Tuyo el trigrillo, que urde
Taimadas estrategias
Para los carnívoros alborozos
De sus dientes de alabastro y sus encías de felpa;
Tuyo el lagarto, dios anfibio y vetusto,
Que preside las lluvias y las siembras
Y condecora con las esmeraldas de sus ojos
Las taciturnas oquedades de las cuevas;
Tuyo el boa,
Que se dijera
Un brazo
Recortado a las sombras por un hacha dantesca...
Y con ser tan vasta
La vida animal que te puebla
Tu vida vegetal parece una esponja
Que, hidrópicamente, sorbiera
El hierro de todos los músculos
Y la sangre de todas las venas,
Para explotar en el laberinto
De una frondosidad desconcertante y gigantesca.

Allí el bélico penacho
De tus imperativas palmeras,
En cuyos lechosos frutos refrescaron su fatiga
Las tribus de las peregrinaciones pretéritas;
Allí el dosel legislativo
De tus patriarcales ceibas
A cuya sombra deliberaron los caciques
Sobre la paz y sobre la guerra;
Allí el pindárico roble y el bíblico cedro;
Allí la caoba madre, en cuya aromática madera
El divino artífice talla
Para las cortes europeas
Los estrados faraónicos de los reyes
Y los tálamos salomónicos de las reinas...

Selva de mis abuelos,
Diosa tutelar de los Incas y de los Aztecas,
Yo te saludo desde el mar: y te pido
Que en la noche —en la noche que está cerca
Me sepultes
En tus tinieblas
Como si me creyeses un fantasma
De tus religiones muertas,
Y me brindes, para salvajizar mi ojos
Con reverberaciones de fiesta,
En la punta de cada uno de tus árboles
Ensartada una estrella...

autógrafo

José Santos Chocano


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inglés Translation by John Pierrepont Rice