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        VAGABUNDO CONTINUO

Hemos andado despacio, sin acabar nunca.
Salimos una madrugada, hace mucho, oh, sí, hace muchísimo.
Hemos andado caminos, estepas, trochas, llanazos.
Las sienes grises azotadas por vientos largos. Los cabellos enredados en polvo, en espinas, en ramas, a veces en flores.
Oímos el bramar de las fieras, en las noches, cuando dormíamos junto a un fuego serenador.
Y en los amaneceres goteantes oímos a los pájaros gritadores.
Y vimos gruesas serpientes dibujar su pregunta, arrastrándose sobre el polvo.
Y la larga y lejana respuesta de la manada de los elefantes.
Búfalos y bisontes, anchos, estúpidos hipopótamos, coriáceos caimanes, débiles colibríes.
Y las enormes cataratas donde un cuerpo humano caería como una hoja.
Y el orear de una brisa increíble.
Y el cuchillo en la selva, y los blancos colmillos, y la enorme avenida de las fieras y de sus víctimas huyendo de las enllamecidas devastaciones.

Y hemos llegado al poblado. Negros o blancos, tristes. Hombres, mujeres.
Niños como una pluma. Una plumilla oscura, un gemido, quizá una sombra, algún junco.
Y una penumbra grande, redonda, en el cielo, sobre las chozas. Y el brujo. Y sus dientes hueros.

Y el tam-tam en la oscuridad. Y la llama, y el canto. Oh, ¿quién se queja?
No es la selva la que se queja. Son solo sombras, son hombres.
Es una vasta criatura solo, olvidada, desnuda.
Es un inmenso niño de oscuridad que yo he visto, y temblado.

Y luego seguir. La salida, la estepa. Otro cielo, otros climas.

Hombre de caminar que en tus ojos lo llevas.
Hombre que de madrugada, hace mucho, hace casi infinito, saliste.
Adelantaste tu pie, pie primero, pie desnudo. ¿Te acuerdas?
Y, ahora un momento inmóvil, parece que rememoras.
Mas sigue...

autógrafo

Vicente Aleixandre


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II. La mirada extendida