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        UNA NIÑA CRUZABA

Éramos aún niños los dos,
y ella se cruzaba conmigo
en aquel monte verde por donde yo pasaba todos los días.
Ni una palabra. Pájaros y rumores. Y el eco de la mar allí cerca.
¡Ah, la mañana como una risa blanca que se extendiese!
Yo pasando, ligerísimo, sumo, casi vibrátil, rumbo al mar de allá abajo.
O rumbo a aquel sorprendente nudo de luz que cruzaba.
Un cabello, un rizo puro de resplandor, una idea
limpia: una niña; algo que no se tocara
y que todavía, en mí, sonriera mucho tiempo después de haberla pasado.

¿Cómo te llamas? Nunca lo pregunté. Su gran lazo
eran las recientes alas plegadas. Y nunca
me extrañé de no verla en el instante antes, posándose
generosa a mi lado, aunque sí comprendía
que su ligero cuerpo aún traía el envite del vuelo cuando a píe me cruzaba.

Sí, se perdía, y unos pasos más allá, sí, lo sé, levantaba
su luz, su cuerpo ingrave y tomaba
sesgadamente ahora su vuelo,
en una dulce curva de rumor que rondase
el paso apresurado, estremecido, con que yo descendía
aturdido hacia el mar, despeñado desde el alto monte de mi delicia.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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IV. La mirada infantil