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    JUNIO DEL PARAÍSO

A José Suárez Carreño

Sois los mismos que cantasteis
cogidos de la mano, hombres alegres, niños,
mujeres hermosas, leves muchachas.
Los mismos que en el mediodía de Junio,
dorada plenitud de una primavera estallada,
corristeis, arrasasteis de vuestra hermosura los silenciosos prados,
los festivales bosques
y las umbrías florestas donde el sol se aplastaba con un frenético beso prematuro de estío.

Toda la superficie del planeta se henchía
precisamente allí bajo vuestras plantas desnudas.
Hombres plenos, muchachas de insinuado escorzo lúcido,
niños como vilanos leves,
mujeres cuya hermosa rotundidad solar
pesaba gravemente sobre la tarde augusta.

Las muchachas más jóvenes, bajo las hojas de los álamos agitados,
sentían la planta vegetal como risa impaciente,
ramas gayas y frescas de un amor que oreaba
su ternura a la brisa de los ríos cantantes.

Los niños, oro rubio, creciente hacia el puro carmín de la aurora,
tendían sus brazos a los primeros rayos solares.
Y unos pájaros leves instantáneos brotaban,
hacia el aire hechizado, desde sus manos tiernas.

¡Inocencia del día! Cuerpos robustos, cálidos,
se amaban plenamente bajo los cielos libres.
Todo el azul vibraba de estremecida espuma
y la tierra se alzaba con esperanza hermosa.

El mar... No es que naciese el mar. Intacto, eterno,
el mar solo era el mar. Cada mañana, estaba.
Hijo del mar, el mundo nacía siempre arrojado
nocturnamente de su brillante espuma.

Ebrios de luz los seres mojaban sus pies
en aquel hirviente resplandor, y sentían sus cuerpos destellar,
y tendidos se amaban sobre las playas vividas.

Hasta la orilla misma descendían los tigres,
que llevaban en su pupila el fuego elástico de los bosques,
y con su lengua bebían luz, y su larga cola arrastraba
sobre un pecho desnudo de mujer que dormía.

Esa corza esbeltísima sobre la que todavía ninguna mano puso su amor tranquilo.
miraba el mar, radiosa de estremecidas íugas,
y de un salto se deshacía en la blanda floresta,
y en el aire había solo un bramido de dicha.

Si brotaba la noche, ios hombres, sobre las lomas estremecidas.

bajo el súbito beso lunar, derramaban sus cuerpos
y alzaban a los cielos sus encendidos brazos,
hijos también de la dulce sorpresa.

Vosotras, trémulas apariencias del amor, mujeres lúcidas
que brillabais amontonadas bajo la suave lumbre,
embriagabais a la tierra con vuestra carne agolpada,
cúmulo del amor, muda pirámide de temblor hacia el cielo.

¿Qué rayo súbito, qué grito celeste descendía a la tierra
desde los cielos mágicos, donde un brazo desnudo
ceñía repentino vuestras cinturas ardientes,
mientras el mundo se deshacía como en un beso del amor entregándose?

El nacimiento de la aurora era el imperio del niño.
Su pura mano extendía sagradamente su palma
y allí todo el fuego nocturno se vertía en sosiego,
en fervor, en mudas luces límpidas
de otros labios rientes que la vida aclarasen.

Todavía os contemplo, hálito permanente de la tierra bellísima,
os diviso en el aliento de las muchachas fugaces,
en el brillo menudo de los inocentes bucles ligeros
y en la sombra tangible de las mujeres que aman como montes tranquilos.

Y puedo tocar la invicta onda, brillo inestable de un eterno pie fugitivo,
y acercar mis labios pasados por la vida
y sentir el fuego sin edad de lo que nunca naciera,
a cuya orilla vida y muerte son un beso, una espuma.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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