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        LA CABEZA

El pelo crespo inicia
la verdad humana.
Por allí ardiera un día,
y aún sigue delatándose aquí el fuego.
La terraza que asoma,
frente humana ante el mundo,
guarda estricto, acaso ignorado, ¿quién lo ha visto vivir?,
el laberinto más noble de la materia.

Desciende aún la masa triste.
Dudó un momento, se adelantó: inquiría.
Facultad del olor. Nariz humana.
Allí la materia del mundo, invisible, irradiante,
se concentra, y embriaga.
Es una nube solo
el mundo, y lo aspiramos.
¡Material! Los sentidos,
o el espíritu puro.
¿La verdad? Solo es una.

Pero desciende lento su perfil y se escinde:
oh boca que aquí oímos.
Boca que besa sola toda entera la vida,
boca que guarda solo ese músculo puro
que hace el son que no vemos.

Boca que de repente como un fruto se abre,
roja o madura, pulpa para unos labios ávidos.
Boca donde el silencio un día, final, abre su pausa,
y la boca se cierra.

Todo como una flor queda aquí erguido,
por ti, cuello delgado que sostienes los pétalos.
Testa o materia humana que da olor y en la luz se distingue.
Porque no se disuelve. En la luz, obstinada, mineral,
reservas el mañana: el futuro guareces.
Señal tú la más alta del vivir de los hombres,
prenda tú la más cierta de su quehacer sin fin.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. I. Primera incorporación