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        PASTOR HACIA EL PUERTO

Bendito sea
el labio silencioso
y también el que emite un sonido que es solamente humano.
A veces el cielo está azul y hay monte vasto.
Allá lejos el confín detenido,
y en medio la llanura, con sus indecisiones, lomas, bosquecillo,
la mancha verde, la violeta, la amarilla larga.
Allá el sombrajo movedizo al aire.
La cañada y sus ráfagas,
el son del río, del pequeño río que ha nacido en el puerto
y reciente, espumeante llega a las manos frescas,
como un arroyo aún, sin presunción del Tajo donde muere viejo de días.

El pastor... Era joven. O era viejo. Su figura conforme
se levantaba en pana, quizá solo en corteza.
Una rama de fresno. Una boina de tierra más que de paño.
Y una mano aviando
las concretas ovejas acarradas,
hacia un eje, en la orilla.
Pardas como el terrón reseco
destripado a su paso,

rizosas a veces como la misma brisa que en voluta se vuelve.
Y él aviando, sonando:
«¡Oveee... jas!» Y cimbreando la vara,
tundiendo el aire, hendiendo
su fina claridad con verdes signos.

El pie se sostenía
sobre la roca gris, granito áspero
con manchas minuciosas, fungáceas, que a escala reducida,
vegetales, como una inmensa rosa verde destruida
muestran.

El pie allí se afirmaba
La pierna prometía solo materia dura hasta allá al cabo.
Y un relámpago ocre
se rompía y rehacía, hasta finar en mata,
pelo o humo veraz que de otro fuego
era fiel testimonio.

El labio un instante desmentía la masa
constante o ígnea, si es que algún día esa masa fue ardiente.
Y era un húmedo trazo,
boca capaz de respirar, de emitir
no solo el aire hondo.

Un hombre bajo el cielo,
solitario entre lana, entre los bajos robles hace poco plantados,
cerca del río joven,
sintiendo allí el azul del cielo nuevo,
luego la noche prima y sus ciertas estrellas,
y con el pie pidiendo verdad, mientras los brazos abren
o cruz o grito para solo bestias.

Solo el hombre, con tela,
tela más que vivida, casi ya herrín o terrón burdo,
burdo, grato a los dedos
como los desmigados terrones que ellos ciernen.

Subiendo está a la altura. Está el ejido
cerca del puerto. Llámanlo
Morcuera. La barranca allí cruje,
y cuando la noche llega
la manada se acoge, el hato duerme,
y a su vez, como a un calor único,
el sumido pastor al suelo ríndese.

La noche dura. Rueda libre,
casi inhumana, sobre los accidentes de la tierra.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. II. El pueblo está en la ladera