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            ESCENA V: LA BOFETADA

«Oh, quisiera decirte...» Es un susurro.
«¡Oh, cuán hermosa estás, Matilde bella!
Son tus hombros redondos dulces mieles...»
«¡Caballero!» Ha sonado. ¿Llaman, pegan?
Oh, qué dulce mentís le dan los ojos.
«¿No lo ves? ¡Está Paco! Oh, disimula».
Oh, disimula, joven golpeado,
joven querido que en tu gabinete
besas a las condesas tumefactas,
mientras sus elegantes desposados,
condes lejanos en sus «confidentes»,
empinado el bigote, fuman, fuman.

«¡Oh, Matilde, Matilde!» «¡Repórtate!» Y sonríe
vasta de amor en el diván, echada
como un río de plumas movedizas,
seno volante que se detuviese
para los labios justos, sí, justísimos.
«¡Oh, perverso, me matas!» Sí, afluidas
aguas que pasan enfangadamente.
Cabecea el quinqué, lengua de fuego.
Tiemblan los cortinones y empañados
están los vidrios por el vaho silente
que hace el agua al crujir. Condesa, ruede,
ruede por ese cauce conocido
hasta dar en el mar que es el vivir,
que es el gozar,
que es el morir.
«Muerte chiquita», solo, sí, condesa.
Mientras que por las calles pasa el frío
con forma de mujer, con forma humana,
suena contra las puertas verdaderas
y golpea, amenaza, gime, impreca,
cae en sombras. Ciudad de los helados
días, entre la niebla sin ventura.
Ciudad de sombra muerta, entre la música.
Mientras suena un pasar de pies desnudos.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. III. Ciudad viva, ciudad muerta