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        CASTILLO DE MANZANARES EL REAL

A José Ángel y Emilia Valente,
en Manzanares.

Estos tres, una mujer, dos hombres,
visitan el castillo o piedras duras.
Son piedras permanentes. Acaso en esa suave eminencia de tierra,
otero suave frente a cerros lueñes,
estas piedras se armaron, sin fecha, como expulsadas de un hondón, ardiendo,
y ahí están, ahí quedaron, y estos pies las visitan.
Pero no. Estos tres cuerpos verdaderos
ven de frente estos muros, recias murallas graves, troneras y, en seguida,
la enorme masa delicada irguiéndose:
castillo y sus almenas. Un castillo-palacio,
gótico en sus arranques, dorado y lento, firme,
apenas distraído, no, fijado,
en las fisuras justas, respiraderos cautos para el arma presta,
y luego muro y más
muro total: pared sin límites.
Tan extensa, tan alta: una ola insigne.

Allá arriba, en lo alto, ¿se ve? Son torres claras:
la gracia y fortaleza coronan, como ardiendo,
casi con lenguas finas. O espumas casi,
si fuerza y gracia salpicaran juntas.
En ese reino superior quedose
lejos el basamento
formidable, la penetrante roca
en tierra hundida,
ancha, extendida en masa y levantando
todo el poder a un cielo que se ajusta.
Casi lo tocan esas torres lícitas.
Casi diríase que lo alzado flamea
y ese movimiento, de pronto —la Edad Media quedose abajo pétrea—
sorprende entre las lumbres las columnillas, fustes,
las gracias agitadas de un plateresco dulce que halla formas,
Todo son llamas vivas hacia lo alto.
Y así esta antorcha ilustre
llameará en las noches infinitas.
Quizá por quien la alzó. Su nombre dure.

Ellos, los visitantes, lo están ahora mentando.
Aquí el marqués de Santillana puso
su voluntad. Aquí agitado dijo
palabras para el rey. Pero quizá dijo aún aquí palabras
para después, por siempre, y para todos.

Los visitantes pisan el patio de armas, hueco,
y la higuera salvaje, el espino erizado,
ese fragor de vida anonadante
se enrosca en piedras rotas, las derriba, las atropella y salva.
Los arcos dolorosos no sostienen techumbre: ramas verdes
salen y palio dan al altar ido.
Qué profusión de vida y muerte mata
y resucita, despide y cita, y triunfa y llama.
Con impudicia y esplendor el todo gime.
¿Profanación? Una unidad no humana, y más que humana,
casi espanta. El hombre ha vuelto el rostro
aquí dentro. ¿Hay un dentro? Oh, ya es selva.

Una escala provisional como sobre lianas aún propone
la comunicación con piedras vivas,
estables, donde el esfuerzo humano aún no es derrota.
El visitante puede
posar su pie sin riesgo en tablas muelles
y saltar. Ah, cuán firme la piedra está ahí erguida.
He aquí la galería. Los tres que la visitan ponen planta
sobre las losas. Aquí el Renacimiento,
anticipado, como un montón de tiempo sucedido,
abre su galería, sus cresterías lúcidas, su tracería, y lento
ofrece a damas su pasaje claro.

Aquí hubiera coloquios. Aquí las hijas de Santillana
subieran después que allá en otro jardín pudieron
ser vistas del marqués. ¡Aquí cantadas!

Los visitantes reconocen las huellas
de esa tan dulce mano que descorrió cortinas para estas mismas luces.
Para estos montes esos verdes ojos
se abrieron puros, y estas rocas grises
ofrecieron su límite, y ahí quedan.

Los visitantes hoy contemplan mudos
el esplendor de aquel poniente hundiéndose.
Allí está, violeta,
la masa enorme de esta sierra aguda,
pedriza fuerza no gastada, y nunca
del hombre. Mas no: inmortal la mira.
Y la sigue mirando. Y aún, humana.

La noche cae o avanza.
Oh, sí, avanza ligera casi en sigilo hacia el castillo, y salen
los visitantes. Uno joven contempla la puerta frágil que hoy imita al roble.
Guardián un viejo campesino mira a su pie, y espera.
Son tablas rotas. Cual si la historia hablara, con tiza escrita está una triste letra:
«Propina».

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. IV. Incorporación temporal