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        PRIMER PAR
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Óleo

Ese que veis ahí fue un hombre triste,
mas hermoso. Fue amado acaso y flojamente supo
durar, con indolencia soberana.
Dio besos como quien da monedas,
con ese mismo ademán complacido,
pero quizá no próximo, y se asomó al mirador natural de
un campo en luz caída —o campo o luz, o historia—
y en su ojo castaño aún dudó un sol de poniente,
que allí alcanzó templado, casi ya no visible.

De muchacho corrió por estos jardines
entre las fuentes turbias del polvo de los jinetes,
y miró estas estatuas: unas desnudas, bellas, con sus súbitos brazos,
su repentina cabellera dura;
otra, la pierna adelantada, cubierto el busto con la piel salvaje
y una aljaba en el hombro.
Guerreros ahí había, nunca dolor, esbeltas sombras,
y a veces esos pechos de mármol rozara el «árbol del amor»,
sus flores cárdenas, o pasara otra sombra unos dedos sutiles,

incorpóreos, que se agitan con algo, como al viento unas ramas.

Debajo del ropaje esto que aquí miráis fue carne viva.
Quizá el dolor la reconoció e hizo su marca.
Como signo de fuego, un cuchillo en el hombro dejó el trazo.
En el pecho una daga, que algo erró y aún dio un signo.
Y en el muslo el furor se clavó, y aquí su rastro hasta el fin fue constante.
Porque, si no de amor, de la fidelidad todo es prueba ahí ardiente.

Sus sienes plateadas dicen quizá de vigilias ardidas.
Ahí al lado, en el estante míranse
libros graves, la torcida que alumbró los ojos tercos,
y un lienzo que él dejó cuando puso su mano
pálida cual la hoja sobre otras hojas blancas.

Si guerreó, si amó, si habló, su garganta está muda.
No menos clara ahí entre negros tranquilos
o grises imprecisos, casi polvo en los hombros.
No llueve el tiempo, que un instante es su hora,
dure ya cuatro siglos o ahora mismo su sonrisa anúnciese
desde ese grave gesto que ahí ofrece.

Si lo miráis podéis dudar de casi todo
menos de su presencia ante esa puerta.
Detrás el tiempo va a girar despacio,
empujando ese quicio, y una luz blanca va a brillar despierta.
La ropa cierta podéis tentar, esa cadena
dorada, la tibieza del rostro. Oh, sí, mirad, empujad
y romped ahí ese muro del aire, y entrad dentro.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. VI. Retratos anónimos