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        PÓRTICO

Tengo dos hijos, tierra, tengo dos hijos, cielo;
el andar que buscaba para el último paso,
las alas que pedía para el último vuelo;

tengo mis dos pastores, igual que Garcilaso,
para imitar sus quejas cuando le entregue al viento
mis últimos carneros: las nubes del ocaso.

Seis años cuenta ahora mi charro turbulento,
ocho mi niño tácito, mi sabio taciturno;
aquél hice de chispa y éste de pensamiento.

De éste los pies reclaman descansado coturno,
de aquél la fantasía pide para su mano
a Berenice un bucle y un anillo a Saturno.

Son de parto cesáreo —no es parto cesariano;
cesáreo es de cortar y en la matriz el corte—
con la etimología que da Plinio el Anciano.

Del Este al Mediodía y al Poniente y al Norte
los dos son la girándula de amor que regalara
al Girasol orondo Giraluna consorte.

Nuestro amor mira y mira, como si preguntara:
—Y antes de que ellos fueran, ¿qué era lo que era
y qué, además de lágrimas, los ojos de mi cara?

¿Con qué voz caminaba la obligación casera,
con qué pies se bajaba la escalera del sueño,
de qué mano venía la canción costurera?

¡Cómo logró el cariño su doble desempeño,
que al elogiar proclama!: —¡Ya me alcanza de alto!
y al defender alega: —¡Pero si es tan pequeño!

Mientras mil hombres quieren disgregar el cobalto,
matar con el uranio, deshacer con el torio,
yo entrego mis dos hijos al mundo en sobresalto

y digo que es infame y es vil y es proditorio
que en el jacal invente vidas el aldeano
y el sabio asesinatos en el laboratorio;

y digo al estadista miope y presbiteriano
que el que con sangre y muerte llenó su presbiterio
no merece ni un hijo que le bese la mano:

digo al Adicto rojo del nuevo falansterio
que con la luz del día la libertad, dialoga
y el bien esté en ser libres del odio y del misterio;

y digo al pretoriano que se robó la toga,
que a él y al apóstol que se robó la cena
les crece el mismo cuello para la misma soga;

y digo que mis hijos son un grito que ordena
en el nombre del Padre, de la Madre y del Hijo
respeto al alma propia sobre la carne ajena,

respeto al bien de todos en el pan y el cobijo,
respeto a la plegaria y al credo que la reza
y a la palabra atea y al labio que la dijo.

Mis hijos son el llanto de la Naturaleza,
mis hijos son el modo de protestar la aurora
por el sol traicionado de la vida que empieza.

Son los niños del mundo, todo el que ríe y llora
el derecho a la vida, la dignidad del sueño,
la bondad que anticipa su voz gobernadora;

mis hijos, paz del triste, grandeza del pequeño,
la fe que pide sitio, la voz que pide cancha,
la humanidad que cuelga de sus manos sin mancha
el alma innumerable de la lira sin dueño.



Andrés Eloy Blanco


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