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    SALMO DEL AGUA QUE DUERME COMO UN OJO

Con el brío del tiempo, marcada va mi lengua.
Y digo:
      —casa de espejos es el día
y el sol me pudre un pino de remordimientos
Nada ha quedado de la noche,
y cuando nadie aún despierta, voy a cosechar
lo que sembraron las estrellas.
Me inclino tan sencillamente, que el cielo puede reflejar
esta espalda tatuada de hábitos terrestres.
Camino, camino
y mis ojos, de nuevo al unir la semilla con el agua,
cabalgan sobre la vasta llanura de las cosas
hasta que al fin, plenarios y vistos bien sus rostros,
el sueño secular humea de nuevo en la mirada
y quedo balbuciendo:
        —¡ávido estoy de costumbres divinas!
Varias veces con extendidos brazos mido la magnitud del hombre;
mis dedos quieren hilar el lino de mi alma,
pero vuelve la mano a pesar sobre el gemido.

Allá voy, allá voy, allá voy,
repito en la puerta de mi apoyo, siguiendo al silencio
y a la noche
cuando al alba terminan en ponderoso canto.

(¿Hasta cuándo mi corazón será una espalda de suicidios?)

Sabemos decir: Terrible señor de mi Odio Santo,
¿en dónde quedaron los gritos de mi año?
Sabe preguntar la roca: ¿con piel de piedra he estado,
como un cocuyo oscuro?
Murmura el mar: mi vientre sólo lleva un infinito
        de edad meciendo náufragos.
Y así, todo lo que se ha dicho
queda brillando en una estrella.
        Padre, Maese del Grito.
        Señor, el Mayor de todos,
déjame ser sed para el agua, y agua para todos;
corvo, como la esteva del arado, hazme para la obediencia.
¡Ay! Ronco, ronco
como reunión de obreros cansados de pedir su real
salario, quedo.
Quedo como una cáscara.
(¡Ay, que pudiera decir cosas semejantes a las verdaderas!)

Ya los ojos se han callado y se han ensordecido
        de húmedas tinieblas.
Caen las sombras: ciego avanzo. Voy a pasar el resto de la noche
oyendo el canto de los astros cuando nace la hierba.
Al brillar la aurora, podré ver
cómo una paloma bebe el rocío que baña las alas de un águila.

autógrafo

Juan Bañuelos


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