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        CUARTA JORNADA

    LA AMISTAD, ORDENADORA

Retrasábase el sol y un alba abierta
se deslizó por pájaros y fuentes
trinando desde el campo de tu piel.
Y como el día se extravió en mi sueño
se orientaron por ti los girasoles.
Los arroyos se habían detenido,
pero tú les dijiste: andad, cachorros,
me bañaré en las aguas del primero
que descubra en el mar una sirena.
Y partieron corriendo aguas abajo
con una buena voluntad de trenes.
Desordenaba el viento los limones
maduros de la luz en los cercados,
pero tu voz, tu gesto, tu figura
los devolvía a límites profundos
en el torso de nieve de tu frente.
Entraba sin temor por las tormentas
tu alta seguridad y retocabas
el crujiente peinado de los árboles
como si fueses brisa de otro modo.
Y toda cosa que la noche había
puesto sobre las ascuas del desvelo
—domadora gentil de lo difícil
con el látigo azul del horizonte—
se modeló en el sitio destinado
a servir perspectivas de amistad.
Ya no era el día arriba, alto, muy alto,
altísimo, trepador de palmeras.
Para que tu garganta no llegase,
evadida jirafa, hasta las nubes,
con los cometas y los rascacielos,
y escaparan, abiertos, por sus puntas,
tu catedral, los vidrios de tu sangre,
y quedase tu vuelo acurrucado
como una curva más de tus espaldas,
el día se hizo anchísimo, muy bajo,
pegó su oído a tierra, se dispuso
a ras de confidencias, con su cinco
de oros desgavillado por el suelo.
Tan sólo te llegaba a las rodillas.
Alcanzabas su cielo con la mano.
El viento había arriado sus columpios
y se tomó doméstico, reptante,
deshuesado de ráfagas las sienes.
Y ni rizaba el rizo en tus cabellos
para que las distancias no pudieran
tenderte sus escalas y ascenderte
y subirte hacia arriba, hacia el recuerdo,
al mundo que está encima de los pájaros.
Muy ancho, sí, cubría la llanura,
nivelaba los valles, enrasaba
con tu presencia todos los espejos
—balizado mensaje de ternura
surgiendo en espiral de tus caderas—.
Oh el día sin andamios, a tus plantas,
tendida boca arriba, a flor de lago,
en su quietud extraplana de horizonte,
para que unificases con tus luces
hombros desiertos y andariegos ríos.
Ahora te presentas con un júbilo nuevo
—no de mi sirte, de tus propios nardos—
victoriosa de alas, renacida
detrás de las espaldas del amor,
sobre un amanecer de madreselvas.
Se adivina que acabas de llegar.
Nieblas rosadas de ninguna parte,
que podían ser nieblas o alto arrullo,
y que viajaban ya buscando el sino
de una henchida existencia perdurable,
compartían tu olimpo, todavía
con un pudor de vírgenes celestes.
Olas que aún no habían comenzado
en el agua a vivir y que esperaban
el lúcido diafragma de la brisa.
Confidencias de un destino de nadie.
Estepas de un azar deshabitado
estrenaban tu intimidad, zagueras
de tus fluyentes mayos circulares.
Y así te conjugabas en ti misma,
en tu tiempo de sangre impetuosa,
por trigos, y amapolas, y viñedos;
por la mejilla de tambor del aire
y las velas y aviones de la ausencia;
por la cornisa de mi pensamiento,
ya en tu cielo, en mi cielo, en nuestro cielo,
sobre los pies en punta del prodigio.
Esencias de tus puros manantiales
te sacaban melódicas honduras
hasta tus propios límites en flor.
Y era sombra tu voz cuando callabas,
y era tierra mojada si llovías,
y siempre de amistad globo cautivo.
Tu boca estaba en ti, ya era la tuya,
no a través de alambiques espectrales,
sino en el rojo injerto de ti misma.
En ella tus palabras no eran ecos,
meras ideaciones de las cosas,
sino testimoniales superficies
trasminadoras de húmedas luciérnagas.
Si decías clavel articulabas
pétalos de sonidos y perfumes
en el florido caracol del aire.
Pensabas decir hora  y se veía
nacer la leve hojita del silencio
en las dos manecillas de la h,
girar la o del mar y el horizonte
y habitarse de números romanos
el reloj de pulsera de la luna.
Querías decir miel  y apacentabas
el blanco corderito de la m,
las aguas dulces de la i del río,
la e de tus ojeras y la erguida
l de un chopo verde en la llanura.
Palpábamos llegar la primavera,
le tomabas el pulso y los instantes,
te dejaba el corpiño de su aroma.
Y las aguas del tiempo se esculpían,
ya ordenado el tictac de nuestras sienes,
en zócalos de frescos arroyuelos.
Otras veces quería nuestra angustia
romper el cielo azul de una pedrada.
Es cuando pasan con la frente herida
los mapas, desangrándose en colores,
y el odio con sus botas de cien leguas.
Las arterias, entonces, son estrías
que han de lanzar más ágiles que nunca
el proyectil del sueño a la batalla.
El alma se nos parte entre los filos
de los dientes del lobo, ella, tan leve,
caperucita íntima y desnuda
con su hielo y su llama, a la defensa
del cuerpo en nuestra sangre atrincherado.
Tiempos de lunas de metal, de lirios
que florecen espuelas, de huracanes
crecidos entre ortigas. Tiempos donde
la primavera del rencor arrastra
el cadáver del viento asesinado.
Oíamos cruzar por nuestras venas
un sollozo de bosques y ciudades,
un recuerdo de muros y cipreses,
un martirio de nubes y montañas.
Pero aún están verdes las colinas,
y con su aroma en alto de rosales
y calan bayonetas las piteras,
y se orquestan los hombres rebeldías,
y levanta su trémolo acosado
el pecho varonil del violoncelo.
Mas ni la libertad perdió su estrella
ni el mar ha renunciado a su destino
ni es el silencio mármol todavía.
Y sobre todo, donde el río nace,
en los muslos del agua, en la garganta
de tus valles, allí donde la niebla
no equivoca con zarzas los caminos,
donde tú eres concordia sin remedio,
allí donde tu sombra se madura,
eleva la amistad sü mano blanca
—sedienta nieve y ademán de espiga—
para poner en hora las alondras
que arranquen los amargos continentes
del dormido sollozo de sus noches.
Y así, cuando despliegas tu arcoíris,
tu selva en llamas, tu verdad de fuente,
todo recobra su apretado empeño
de justicia solar sobre los campos,
de alisios de razón sobre los mares,
de relieve de mundo a ras de tierra
e incógnitas ternuras de manzana.
En la meseta de tu pensamiento
una fuente de nieves ascendidas
giraba de perfil: era un molino.
Y en el rumor sellado de mis sienes,
un pájaro despierto: era una isla.
Y con frases al sesgo, con sintaxis
de amapola y coral, con ademanes
huidos de basaltos y alboradas,
así hablaron la Isla y el Molino.
—Soy rosa en la solapa de la brisa.
—Yo, corazón de piedra sobre el mar.
—A mí, me ciñe el aire mariposas.
—A mí me borda el agua zapatillas
con náufragos, espumas y delfines.
—El viento a veces duerme entre mis brazos.
—Yo abandono a las olas mis arenas
para que luzcan todos sus corpiños.
—Luz de estrella dormida son mis hombros.
—Yo existo en la expresión de mi silencio
con una firme voluntad de roca.
—En éxtasis contempla la llanura
mi vientre boreal de bailarina.
—Yo soy reflejo de mi propio sueño,
fruto de soledad, gacela echada
sobre una teoría de cristales.
—Mi acento es dulce y mi palabra harina.
—En el oasis de mi mano abierta
mi lenguaje es de pájaros y nidos.
—Yo quisiera tener el pie en el agua.
—Y yo el arrullo de tu amor en vuelo.
—Pero tú eres la roca y yo el molino.
—Pero tú el movimiento y yo el reposo.
—Pero te ofrezco mi amistad de rueca.
—Y yo la intimidad de mi silencio.
Alguna que otra vez nos asomábamos
al balcón del callar. Y parecía
como si ya no nos quedase nada
que decirnos. Entonces, nuestro afecto,
de tan cerca, llegaba lejanísimo
con la ternura al hombro. De tan alto
lo veíamos llegar, que su hondura
quedaba al lado de nosotros mismos,
desentrañado en nuestra superficie,
firme revés nosotros de su vuelo.
¡Oh su bella verdad crecida adrede!
Ella ya vive nuestra propia alondra,
se divisa segura en los extremos
de nuestro propio espacio desnudado,
ángel liberto ya de cielo y sombra,
mullido clima de entreabierto gozo
en la conciencia líquida del tiempo.
Todavía es posible recordarla
en su niñez de anécdota o paloma
equivocando calles y tranvías,
peregrinando colas de cerveza
y curándole llantos a los niños.
La ciudad nos calaba en nuestro mundo
su larga galería de sucesos.
Éramos todos péndulo y compás,
mas sus frutas se habían desprendido
del follaje del hombre, sacudidas
por una tempestad de sangre y fuego.
Le raptaron las lunas de sus sienes
y le habían dejado entre los brazos
sanatorios de histéricas muñecas,
hoteles con los huéspedes del miedo,
parques trazados a cordel de angustia,
estatuas con su yeso en cabestrillo,
bruscos escaparates de sollozos,
corazón de volcán. Los habitaba
tan sólo el suplemento del instinto,
sus poderosos rieles iracundos,
ese ángel salvador que nos suplanta
desde su oscuro sótano de olvido,
cuando la inteligencia deja fuera
del agua de las hondas comprensiones
sus infecundas hélices dementes.
Y huíamos al campo, donde tiene
la intimidad sus diáfanas salidas,
saciándose de símbolos reales,
viendo crecer la libertad del árbol,
acuchillando mieses y volviendo
a su origen de juego de colores
el hoy fantasma abstracto del trabajo.
Pero ese era el envés de soledades
de la bella verdad crecida adrede,
pues dentro de nosotros nos sentíamos
siempre a la verde sombra de su flor.
¡En la flor de la sombra! No tendida
en la delgada piel de la indolencia,
no corte transversal de la frescura,
no derramado rostro ni planicie,
sino viva emergencia llenadora
del alto barandal de la delicia.
Podados la distancia y los adverbios
no había ya ni izquierdá ni derecha,
ni cenit ni nadir ni dimensiones,
ni nada que no fuera la sustancia
de un infinito de color de rosa.
Y al recorrer los altos de esa sombra
—tocando casi el corazón del viaje—
encontré a tus palabras que ascendían
desde la vena última hasta el río
que cruza por el arco de mis sienes.
De allí cogía el cielo con la mano.
Estaba en la meseta de tu voz.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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