Gabriel Bocángel y Unzueta (1603-1658)



Menú de poemas por TÍTULO y primer verso



Ana Francisca Abarca de Bolea autores Salvador Jacinto Polo de Medina




A UN RUISEÑOR QUE SE LE MURIÓ A UNA DAMA EN INVIERNO

A UN SOLDADO DE QUIEN SE REFIERE QUE, MATÁNDOLE EN UN HECHO DE ARMAS, SE QUEDÓ UN RATO DE PIES DESPUÉS DE MUERTO

Abril volante, viva primavera

AL SERENÍSIMO SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA

Al viento su esperanza y su porfía

Alzad, Señor, vuestra Sión divina

Amante ruiseñor que das al viento

Aunque de Europa el robador divino

Bárbaro el Fénix a su fin aplica

Bruto feliz, venciste; ya se inclina

Cese ya de un engaño repetido

Cobrote el cielo en tu primer mañana

Como en estancia, que de mármol fino

Como enfermo que anhela en lecho ardiente

Crece el dolor y, en orden a su aumento

Creció el infierno aquí, Nilo violento

Crédito fue de la naturaleza

Creyó el Jordán que vez segunda oía

Culpa, Celia, tu error y no tu daño

¿De qué seno infernal, de cuyo seno

Del ya postrero sueño en que yacía

Detén, Jáuregui docto, el curso altivo

Dio el agua procurada sepultura

Dos naufragios se oponen igualmente

En vivas ondas de ofendida grana

Entonces vivo, porque muero, cuando

Escrito en Roma está, yo lo he notado

Ese de la amistad indicio raro

Ese reloj que mano soberana

Esta partida imagen de la vida

Este morir, esta postrera suerte

Este, que a voz en grito (¡oh Bulequino!)

Felice yo, si de mis sueños tiemplo

Fénix divino que en mortal oriente

Filis, en cuyo amante muerte fiera

Gerardo, quien su engaño repetido

Grandes los ojos son, la vista breve

Habla, bulto animado, no tu esquivo

HABLANDO CON SU DAMA YA DIFUNTA

Hasta cuándo esta tinta, dime, Fabio

Hasta que mueres tú, joven valiente

Hoy a tu brazo infiel, Hebreo esquivo

Hoy, Fabio, te casaste con Lisena

Hoy, Noroña, el sangriento Rey de fieras

Huésped, no yace aquí, falta severo

Huye del Sol, el Sol, y se deshace

Huye por minas de cristal y grana

Jacinta, aquel artífice violento

La voz a Italia, cuando el eco a España

Lloras, Filis, que el pueblo te murmura

Lloro, Filis, mas es sin apariencia

Mendoza prodigioso, a quien la fama

Miré un laurel, cuyo desdén sagrado

No donde plumas de oro el Tajo baña

No puede ser; y miente el sentimiento

No se debió a la bala tu caída

Noble ciudad, de reyes coronada

Ocios son de un afán que yo escribía

Oh tú, que el polvo amado mudamente

OYENDO EN EL MAR, AL ANOCHECER, UN CLARÍN QUE TOCABA UN FORZADO

¿Qué engaños, Celia, qué locuras mueve

¿Qué importa al Mongibelo estar nevado

¿Qué son los celos? El mayor tormento

¿Quién es, Gaspar ilustre, el que fallece

Recoge el temerario lino alado

RETRATO DE SU MAJESTAD POR MARTÍNEZ MONTAÑÉS, ESCULPIDO EN BARRO

Róguete, oh Lisi, que tu edad florida

Sabio Marqués, con quien Apolo parte

Sceva, después de la postrera herida

Señor, estoy de vos tan alcanzado

¡Señor, que viera un pedernal helado

Tu obstinado cadáver nos advierte

Un tirano formó de bronce ardiente

Venciste, Filis. Ya en el pecho mío

Venganza fue de amor, flechada en vano

Viendo España la pérdida temprana

Vivo de amor tan libre, y he vivido

Vuestra carrera creo y la imagino

Ya de puro dolor, dolor no siento

Ya el polvo no es ruina, sino aliento

Ya falta el sol, que quieto el mar y el cielo

Yo aquel que un tiempo con semblante ledo

Yo cantaré de amor tan dulcemente