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        FÉLIX

Los ojos eran azules,
insertos en un rostro muy oscuro,
quemado por los soles del verano, atezado
por los cierzos de enero. El pelo allí estallaba,
erizado de súbito, sin pavor, mientras los ojos dulces casi sonreían.
Su estatura, pequeña. Se diría
que, cuadrado y compacto, surgido de la tierra, no distinto del todo,
no deseara alejarse de su origen,
tierra alzada un instante cortamente;
fuerte, eso sí, y resuelto.

Cuando se le miraba, era el blanco en los dientes
y los lavados ojos azulinos
lo que brillaba, en medio
de la masa continua, tierra pura
—pero, humana, ay, latiendo.

En aquel pueblecillo, sierra tenaz, roqueña,
Félix era su nombre,
impuesto en esa iglesia envejecida
que se levanta aún, en piedra muerta,
y penumbra hace en plaza.


Cuando Félix creció salió a la calle,
si calle es esa senda pisada de algún puerco o una vaca,
pero más por los hombres.
Entre piedras echaba
pulgadas a su sombra, pies a su crecimiento,
y en una fuente que en el poblado había
— aún se lee su fecha: 1791—,
más que barcos de papel que arrojar desde un borde,
en sus manos el niño lleva un ronzal, y se abreva un jumento.

¿Deletreó? Pronto fue requerido
por la azada y alquiló el brazo joven,
y se arrendó para la siega luego,
y sobre el trillo arreó el mulo,
y aireó el tamo, y condujo al almiar la espiga de otros.

En la Fiesta tenía
—cuando una vez al año el poblado hace fiesta—
una camisa limpia, minuciosamente rehecha,
una chaqueta conservada siempre,
fuertes botas de cuero
y una voluta de humo ante sus ojos tristes.

Azules ojos siempre,
lo mismo bajo el sudor del rostro
que al mirar a la luz antes del tajo.
Manos cortas, uñas casi de hueso, duras, con mucha tierra en ellas,
arbóreas cuando alcanzan
ese mango y lo empuñan, y cavan, y algo buscan.

¿Qué buscan? Tumba o cielo.
Cielo en lo hondo. Una esperanza humana.
Buscan encarnizadamente, no tierra,
luz, un rayo de luz que le dé al rostro.

Buscan con furia. Se diría cavan
para llegar al fondo,
como si oyesen otra azada dura, del otro lado de la tierra,
que también aspirase, que también esperase,
hasta encontrarse, descansar la herramienta
y estrecharse las manos de los cabos del mundo.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. II. El pueblo está en la ladera